Mostrando las entradas con la etiqueta manuel guerrero ceballos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta manuel guerrero ceballos. Mostrar todas las entradas

26 marzo 2012

Algo sobre mi padre #29deMarzo

Mi padre Manuel Leonidas Guerrero Ceballos nació el 25 de junio de 1948. Cuarto hijo de una familia modesta de ocho hermanos, de pequeño participó en los viajes que realizaba mi abuelo, Manuel Guerrero Rodríguez, periodista y escritor autodidacta, con ocasión de la venta directa de los libros de su autoría. Por medio de ellos conoció desde niño las precarias condiciones de vida del proletariado urbano y rural de Chile, las que eran aliviadas por la tierna compañía de mi abuela costurera, Herminda Ceballos. Un personaje fundamental en el crecimiento de mi papá fue su abuelo, el zapatero Manuel Jesús, quien había sido miembro activo de la Sociedad de Artesanos “La Unión” y de la Federación Obrera de Chile en los años veinte.


En una ocasión, cuando mi viejo era un niño de apenas seis años, se trasladó con su padre donde unos parientes campesinos quienes ensacaban granos de paja trillada para trasladarlos, en carreta, hasta la bodega de una casa. Mi papá entusiasmado ofreció su hombro para que se le cargara un saco. Los campesinos sonrieron y Rosario del Carmen, la dueña de casa, para no desanimar los deseos de colaborar del niño, le confeccionó un pequeño saco que llenó con granos. Él, entonces, entre las risas y congratulaciones de los campesinos pobres, corrió saco al hombro junto a los cargadores simulando un gran peso en su espalda, serio y feliz a la vez.

En otra oportunidad, la familia de mi papá ocupó una casaquinta en Bulnes, donde mi abuelo, conocido como “Don Manuel” se encargaba de preparar y publicar ediciones especiales para el diario “La Discusión” de Chillán, mientras mi abuelita Herminda criaba gallinas ponedoras, cerdos, pavos y gansos para asegurar el alimento. Mis tíos Libertad y Máximo, hermanos mayores del pequeño Mañungo, asumieron la tarea de salir a vender el semanario “El campesino” que editaban los trabajadores del agro de la zona. Mi papá era aún tan chico que no estaba ni siquiera en condiciones de darles de comer a los habitantes del gallinero y del chiquero, sin embargo, ya se sentía preparado para salir a la calle a gritar “¡El Campesinooooo!”. Tal fue su insistencia, que pronto se le pudo ver en noches de lluvia intensa corriendo entre sus hermanos, portando el farol que iluminaba el camino de la pareja infantil que repartía el diario entre los hogares de los trabajadores rurales.

Luego de completar su instrucción primaria en Valparaíso, mi padre ingresó a estudiar para profesor en la Escuela Normal “José Abelardo Núñez” de Santiago. Su personalidad, que es recordada por sus amigos como carismática, y su conducta siempre consecuente le valieron pronto ser elegido presidente de la Federación Nacional de Estudiantes Normalistas.

Ambas actividades, estudiar y dirigir al movimiento estudiantil, las asumió con total entrega y sentido de responsabilidad. Sin embargo, los continuos viajes a las distintas regiones del país donde había Escuelas Normales le significó llegar al fin del penúltimo año académico con un alto número de inasistencias, antecedente que fue utilizado por la dirección del establecimiento para tratar de obligarlo a repetir algunos cursos, a pesar que presentaba excelentes notas.

Mi Tata, Don Manuel, fue mandado a llamar para comunicarle que el hijo no se conformaba con tal decisión. Sorprendido, le solicitó a Manuel Leonidas -mi papá- ante el superior de la Escuela, que le contara si era o no verdad el asunto de las inasistencias. Mi viejo entonces afirmó haber recabado autorización escrita de cada viaje que había efectuado. Por ello, ante el asombro del director, mi abuelo dio fe de que la versión de su hijo era la que se ajustaba a lo sucedido, reclamando la revisión de los libros de clases y el archivo de justificativos de las inasistencias. El Director irritado pidió llamar al Secretario General de la Escuela, quien delante de los tres revisó y comparó fechas, mientras el directivo alegaba que mi abuelo mejor haría en preocuparse de las actividades de agitación que realizaba su hijo en todas las Escuelas Normales del país en vez de poner en duda a una autoridad. “En votación libre y directa esos estudiantes en todas las Normales le eligieron su presidente, señor, y sin que él les agitara”, le contestó mi abuelo. El Secretario General, finalmente, solicitó permiso para hablar y manifestó que todas las justificaciones coincidían con las inasistencias. Al señor Director, entonces, no le quedó más que disculparse por “el involuntario error”. Mi papá abrazó a mi abuelo, quien en uno de sus escritos recuerda que el hijo le comentó: “Toda verdad es indestructible, siempre. Por ello es que debe ser defendida en todo momento. Cuidé las notas de mis ramos para tener en qué apoyarme ante una emergencia. Gracias, papá. ¡Un buen dirigente estudiantil, un mejor alumno!”.

Siendo aún adolescente, a los 16 años de edad mi papá fue elegido miembro del Comité Central de las Juventudes Comunistas de Chile (JJCC) a las que había entrado a militar a los 14 años. Se recibió como profesor primario a los 18 años de edad, momento en que fue elegido, además, como el miembro más joven de la Comisión Ejecutiva de las JJCC y nombrado Encargado Nacional de Estudiantes Secundarios de esa organización.

Las dotes de líder de masas de mi viejo sería una característica que lo identificaría a lo largo de toda su vida. Muy joven aún, fue invitado a un encuentro mapuche en la zona precordillerana de Osorno. Los hulliches habían constituido un poblado con vista al lago Puyehue e iban a inaugurar una escuela para los niños de la zona. En una gran sala, que era toda la infraestructura de aquella nueva escuela, se reunieron los profesores preescolares que habían sido seleccionados de entre los miembros de la comunidad. Mi papá se dirigió entonces a los profesores y el espíritu animoso y sensible de sus palabras conmovió a los jóvenes huilliches que le solicitaron narrarles asuntos del país y de otros continentes. Mi padre destacó aspectos de su escuela, las enseñanzas surgidas de la historia patria, les recitó versos de autores nacionales, les sintetizó biografías de hombres ilustres. Les compartió historias de las luchas sociales de los trabajadores.

El entusiasmo de quienes lo escucharon desbordó la escuelita, y jóvenes a caballo partieron a otros poblados y reducciones de hasta seis u ocho leguas de distancia para traer más gente al encuentro. A las dos noches siguientes, mi papá, ante un nutrido conglomerado de jóvenes indígenas, les contestó las preguntas más diversas hasta el amanecer. Luego hubo abrazos, guitarras, cultrunes, bailes. Promesas de amistad permanente. Lágrimas de felicidad. Asentamiento de su verdad étnica.

Pocos meses antes del triunfo presidencial de Salvador Allende, mi papá se casó con la futura profesora Verónica Antequera, mi madre, con quien, al poco tiempo, tuvo a su primer hijo, que soy yo, Manuel Eduardo. La joven pareja se descubrió al calor de las actividades políticas que se realizaban a fines de los años sesenta con ocasión de las protestas contra las guerras imperialistas, contra los latifundistas, y a favor de la causa de los trabajadores. Mi padre, viniendo de una familia de extracción proletaria con profunda conciencia social, no tuvo inconvenientes en acercarse a la Vero, cuya familia era de clase media acomodada.

Tal diferencia de clase, sin embargo, dio pie para más de alguna sorpresa que mis abuelos maternos tuvieron que aceptar por amor al nuevo yerno. A la fecha del matrimonio, los microbuseros de Santiago se habían lanzado en huelga general, y mi papá debía cruzar, desde la popular comuna de Maipú, todo Santiago para llegar al registro civil de la comuna de Independencia, donde se realizaría la boda. Muy elegantemente vestido, de camisa y corbata, mi papá intentó avanzar algo caminando, pero la distancia era mucha como para recorrerla a pie y llegar a tiempo. De pronto, un camión de la basura se detuvo en la esquina en la que mi viejo esperaba que apareciera algún vehículo de locomoción colectiva que lo pudiera llevar. El copiloto del camión le preguntó a gritos que porqué iba tan pintoso y mi papá le respondió la verdad, que se iba a casar y no tenía como llegar al registro civil. Acto seguido, entre risas y bromas, los trabajadores lo invitaron a subirse al camión y se lo llevaron, sin detenerse en el camino, hasta al lugar mismo de la boda, donde lo vieron llegar mi mamá junto a su familia.

Durante el Gobierno de la Unidad Popular, el Ministerio de Educación designó a mi papá a cargo de la Organización Nacional de los Trabajos Voluntarios, desde donde coordinó, junto al Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, el general Carlos Prats, el viaje de 55.000 jóvenes voluntarios al sur del país, que ayudaron a construir y levantar, entre otras obras, la línea férrea de Cabildo. Desde tal posición directiva, mi viejo lideró, junto a otros compañeros, la democratización de la alta cultura en Chile, esto es, logró que el Teatro Municipal de Santiago, símbolo de distinción de la alta aristocracia criolla, abriera sus puertas a los sectores populares para que pudieran disfrutar del ballet, y consiguió que los representantes de la Nueva Canción Chilena -como Victor Jara, Inti Illimani y Quilapayún-, junto a los de la Nueva Trova Cubana –como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés-, cantaran por primera vez en las elegantes salas para un público repleto de entusiastas jóvenes trabajadores.

Tras el golpe militar de 1973, mi papá vivió en la clandestinidad, asumiendo la dirección nacional de las JJCC tras el asilo forzado de la secretaria general de dicha organización, Gladys Marín, y de la desaparición, en Marzo de 1976, del cuñado de mi viejo, mi tío artesano mueblista José Weibel Navarrete. A pesar de la vida bajo tierra, mi padre no dejó de hacer clases y de mantenerse junto a nosotros. Si bien, como medida de seguridad, nos vimos obligados a cambiarnos de comuna constantemente, lo que implicó el cambio de varios mis colegios en primero básico, mi viejo siempre se las jugó para mantener a su familia unida. Ávido lector de Neruda, aprovechó cada momento de descanso en que podía detener su intenso trabajo político, en aquellos años de terror en los que mes a mes iban desapareciendo los amigos de su generación, para continuar cultivándose y no dejarse desfallecer. Mi padre era un convencido de la importancia del estudio constante para poder comprender las cada vez más cambiantes circunstancias de la historia, y era de una firmeza de principios inclaudicable.

En la mañana del 14 de junio de 1976 mi papá fue secuestrado en plena vía pública, luego que de una renoleta color celeste se bajaran dos jóvenes que lo golpearon y balearon en el tórax ante los gritos de mi mamá que estaba embarazada de la que luego sería mi hermana América. Desesperada, esa misma tarde mi mamá llegó hasta las oficinas del presidente de la Corte Suprema, José María Eyzaguirre, quien luego de oír impactado su relato, se comunicó en su presencia con el coronel Manuel Contreras para investigar si la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) había sido la autora de la detención de mi padre. Al conocer la negativa de éste, José María Eyzaguirre se comunicó con el Ministro del Interior, teniendo el mismo resultado. En aquellos mismos días se efectuaba una reunión de la Organización de Estados Americanos, en la que los representantes del régimen militar insistieron que no existían recintos secretos de detención.

Durante los días en que estuvo detenido desaparecido, mi papá fue duramente interrogado en el centro de torturas que hoy conocemos como “La Firma” –en calle dieciocho, en el centro de Santiago- y en el Hospital de Carabineros. Luego, permaneció siete días incomunicado en el campo de reclusión “Cuatro Álamos”. Fue el único que salvó con vida de las manos del ahora conocido “Comando Conjunto” debido, en parte, a rencillas internas de los aparatos represivos de la dictadura. Cuando el coronel Manuel Contreras supo, a través de la llamada del presidente de la Corte Suprema, que uno de los principales dirigentes de las JJCC, a quien sus hombres buscaban intensamente, se encontraba en poder de un Comando que no estaba bajo su mando –el Ejército- sino de la Fuerza Área, la Armada y Carabineros –de ahí el nombre “Comando Conjunto”-, enfureció y movió todos sus contactos y exigió que el director de la Dirección de Inteligencia de la Fuerza Área (DIFA), general Enrique Ruiz Bunguer, y el director de la Dirección de Inteligencia de Carabineros (DICAR), le entregaran a Guerrero. La presión pública, generada por mi mamá y mis abuelos, y la propia desarrollada por Contreras, se hizo insostenible hasta que la DICAR debió asumir su detención. Por ello el 18 de junio de 1976, estando mi papá en el Hospital de Carabineros con la bala aún enterrada en la axila, el general Romero debió entregarlo a la DINA.

Sin embargo, de nada de esto sabían mi mamá y mi abuelo, quienes recorrieron todos los centros de información de detenidos, hasta que, sorpresivamente, el 26 de junio de 1976, mi mamá recibió una llamada telefónica del campo de concentración “Cuatro Álamos”, en la que una voz anónima le comunicó que mi padre había aparecido en ese lugar. Al día siguiente visitamos a mi papá, quien aún tenía la bala en el cuerpo. Ahí, en el patio del campo de concentración, junto a mis abuelos, pudimos conocer los detalles de las horrendas torturas a las que había sido sometido, de las cuales yo en ese momento no es mucho lo que pude retener –tenía seis años y mi papá se cuidaba de hablar delante de mí con detalle-. Más adelante fui conociendo, de a poco, el infierno por el que había pasado papá, sobre todo cuando le consultaba a mamá porqué papá saltaba tanto y gemía estando dormido.

El lunes 28 de junio de 1976, mi padre, prisionero, fue examinado por los doctores Alfredo Montiglio Espinger, asesor sanitario del Servicio Nacional de Detenidos, y el doctor Cesáreo Roa Muñoz, del Hospital de Carabineros, quienes determinaron que debía ser trasladado al hospital de la FACH para extirpar el proyectil. A su regreso al Tres Álamos, se le notificó que estaba detenido en calidad de activista comunista. Durante su secuestro y todo el período de desaparición nunca, hasta el día de hoy, se le presentó un cargo en contra, ni orden judicial, nada.

El 28 de julio de 1976, el presidente de la Corte Suprema, José María Eyzaguirre, apareció en el campo de prisioneros políticos de “Tres Álamos” como parte de su tradicional visita anual a las cárceles. Allí pudo conocer personalmente al hombre por el cual había intervenido aparentemente sin resultado. En esa ocasión, mi papá, corriendo riesgo para su vida, le relató -ante los militares que lo custodiaban y las demás personas que estaban ese día de visita- en detalle la tortura, las referencias que sus captores habían hecho sobre los detenidos desaparecidos José Weibel y Luis Maturana, y acerca del centro secreto de detención, hoy conocido como “La Firma”. Pidió incluso una investigación por el posible delito de homicidio frustrado y apremios ilegítimos.

Como consecuencia de aquella interpelación pública, el presidente de la Corte Suprema se vio obligado a oficializar el inicio de una investigación inédita en dictadura, en la que, apoyándose en el relato detallado de mi padre, y contra lo que señalaba públicamente el régimen militar ante los organismos internacionales, afirmó la existencia de lugares de tortura que no habían sido declarados y que los desaparecidos se encontraban en algunos de ellos. Producto de esa investigación se supo que quienes habían detenido a mi padre la mañana del 14 de junio de 1976 habían sido agentes del Servicio de Inteligencia Naval y que luego fue puesto a disposición de la DINA, es decir del Ejército, de conformidad con la Orden Secreta N°35-F-330, del 22 de noviembre de 1975, de los Ministerios del Interior y de Defensa Nacional. De este modo supimos que padre, durante su detención y tortura, había pasado por las manos de agentes del conjunto de las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden del país.

Debido a que la Marina fue mencionada como autora de la detención, la Fiscalía Naval de Valparaíso pidió el traslado de la investigación iniciada a su jurisdicción, por lo que mi padre, en vez de ser liberado como ocurrió con la mayoría de los presos políticos como un gesto de la dictadura a los organismos internacionales, fue trasladado en secreto, la madrugada del 17 de noviembre de 1976, de “Tres Álamos” al Campo de Prisioneros de Puchuncaví. Ese mismo día el Ministerio del Interior le había concedido la libertad junto a otros 129 prisioneros.

Sus familiares nuevamente tuvimos la angustia de que estaba detenido desaparecido y comenzamos su búsqueda sin resultado, hasta que una llamada anónima le comunicó a mamá sobre el mencionado traslado. Eso fue de madrugada, e inmediatamente mi madre me tomó de la mano, y junto a mi abuela materna y mi recién nacida hermana América de un mes de edad, viajamos a Puchuncaví, pero sólo encontramos un campamento vacío y buses que se llevaban a todos los prisioneros para su liberación. Pero de mi padre nadie sabía nada. En la desesperación mi mamá nos tomó a mi hermana y a mi y se enfrentó a un Jeep que salía a toda velocidad del campo de prisioneros repleto de uniformados armados. Mi madre estaba dispuesta a que muriéramos atropellados y solo nos dijo que no nos iríamos sin mi padre de allí.

Por fortuna el Jeep se detuvo ante nosotros, y en una especie de milagro, en la parte trasera del vehículo pudimos divisar la silueta de mi papá. Corrimos a ver y efectivamente ahí estaba papá rodeado de marinos armados. Cuando los marinos supieron que se trataba de los familiares del detenido, nos comunicaron que se lo llevaban al Fuerte Silva Palma de Valparaíso. Mi madre le mostró a quien estaba a cargo del Jeep la publicación del Diario Oficial en que el nombre de mi padre aparecía entre quienes debían ser puestos en libertad, a lo que le contestaron que debía tratarse de una equivocación, por que a él se le seguía un sumario en la fiscalía militar en Valparaíso, pues se le acusaba del delito de calumnia por denunciar que había sido torturado.

Así es que, como ahora nosotros éramos testigos de su irregular traslado, nos subieron a todos al Jeep y quedamos detenidos en un calabozo en el Fuerte Silva Palma. A mi padre lo pusieron en una celda solo, y nosotros –mi madre, mi abuela, mi hermanita América y yo de seis años- estuvimos durante dos días y una noche en un calabozo que estaba repleto de jóvenes marinos que habían sido convertidos en prisioneros por negarse a colaborar con el golpe militar y la represión. Muchos de ellos hoy están detenidos desaparecidos y yo considero que son Héroes de la Patria.

Sólo el día 19 de noviembre de 1976 mi padre pudo finalmente salir libre cuando el Juzgado Naval de Valparaíso certificó que no había cargos en su contra.

Del período de detención, mi padre me contó –y luego dejó registro escrito de todo ello en su libro “Desde el túnel”- que durante el tiempo que estuvo incomunicado en “Cuatro Álamos”, estuvo encerrado en una pequeña celda con piso de baldosa y para no decaer y superar la incertidumbre de una próxima tortura o ejecución, se auto impuso un estricto programa de trabajo que consistió en levantarse cuando consideraba que probablemente era de mañana, hacer su cama, simular que se lavaba la cara y los dientes –no tenía implemento alguno, por lo que solo hacía la mímica-, arreglarse el pelo, obligarse a hacer algo de ejercicio –aun estaba con la bala en el cuerpo-, y luego ponerse a cantar. Debo reconocer que mi padre nunca fue un muy buen cantor, pero le tenía un profundo amor a la música, particularmente la popular. Entonces, en voz alta, ante la mirada atónita de sus vigilantes, entonó cada día la “Internacional”, canciones de la Guerra Civil española, y toda melodía que se le viniera a la mente. Acto seguido, se dedicaba a limpiar, de modo minucioso, cada baldosa del piso. Una de las cosas que le causó mayor impresión fue encontrar, en las paredes de la celda, algunos mensajes de personas que habían estado ahí antes que él. Él sabía que muchos de los autores de aquellas letras garrapateadas eran compañeros que estaban desaparecidos.

Para mi estos relatos tienen una carga de vida incuantificable. Imaginarlo limpiando cada baldosa como una forma de aferrarse a la vida, luego de cantar las canciones que le reafirmaban su pertenencia a su militancia, organización y compromiso, son una muestra de amor y entrega frente a la cual cualquier represión será siempre infructuosa. Como decía tiempo después el filósofo francés Michel Foucault, te pueden someter a la fuerza, pero siempre tienes la opción de no dejarte domesticar por el poder. Mi padre resistió todos estos embates porque creía firmemente en la justeza de la causa que lo animaba desde pequeño, la causa de la libertad y la justicia social.

Cuando luego fue finalmente reconocido como preso político, y fue trasladado al campo de concentración de “Tres Álamos”, mi padre se incorporó a los talleres de artesanía y en ellos pudo enseñar a los demás presos todas las técnicas que había aprendido en los tiempos de la Escuela Normal. Los bolsos de cuero, de distintos tamaños y diseños, que salieron de sus manos eran entregados, durante las visitas, a mi madre Verónica, y una vez recibidos en casa, yo con seis años de edad, en pleno estado de sitio, salía asumió la a venderlos en el barrio para juntar algo de dinero para la familia. En mi mente tengo absolutamente nítidas las conversaciones que tuve con la gente que salían abrirme la puerta y miraban atentas los hermosos bolsos de cuero, muy distintos a los de la cultura consumista que estaba instalando en Chile con esa estética sin identidad. Estoy seguro que en mis ojos veían que los artefactos de cuero eran un pedazo de mí, que venían de alguien muy querido, pues los pude vender todos, sin excepción. Hay mucha gente desconocida por ahí que me regaló una moneda incluso sin aceptarme los bolsos. A todos ellos les guardo un amor tremendo. La condición humana puede ser muy pérfida, como tuve ocasión de comprobar más de alguna vez. Pero también tiene estos destellos de solidaridad anónima que la dignifican y animan la lucha de quienes, como los revolucionarios, se juegan el pellejo por la emancipación.

A fines de noviembre de 1976, finalmente pudimos salir, junto a mi padre, madre y hermanita, rumbo a Suecia, bajo el amparo del Comité de Migraciones Europeas. En el trayecto, el avión hizo escala en un país africano y se detuvo por algunas horas para cargar combustible. Bajé del avión junto a papá para estirar un poco el cuerpo. Ahí nos topamos, en el hall central del aeropuerto, con un hombre alto, de tez negra, que vendía productos típicos de su país. Mi padre se le acercó curioso, pero se vio frenado por mi mano de niño que se resistía a ir con él. Yo nunca había visto a un hombre negro en toda mi vida. El vendedor, que se dio cuenta de la situación, entretenido me extendió su mano en señal de amistad, pero yo escondí asustado la mía. Ante eso, mi papá pacientemente me explicó que todos los hombres somos lo mismo, seres humanos, y aunque cada uno sea diferente en su aspecto y costumbres, siempre hay que tener presente que el otro es un igual. Para darle mayor énfasis pedagógico a estas ideas, mi papá le guiñó el ojo al vendedor y se tomaron de la mano como viejos amigos. Luego de ello me invitó a que hiciera lo mismo. Ya estimulado por el ejemplo de papá, le di la mano al vendedor, pero no pude evitar mirarme luego la mía para comprobar si se había manchado. El vendedor, mi papá y la gente que se había agolpado a observar esta pequeña escena no pudieron reprimir la risa.

En el exilio, mi padre se dedicó fundamentalmente a denunciar los atropellos a los derechos humanos en Chile, y a coordinar actividades de solidaridad mundial desde su cargo de encargado internacional de las Juventudes Comunistas. Publicó, además, el libro testimonial “Desde el túnel”, que narra la detención que sufrió en 1976, y en forma diaria se dirigió a los jóvenes de Chile a través de la señal de Radio Moscú infundiéndoles valor y esperanza en la capacidad del pueblo trabajador para retomar la lucha por sus derechos.

En 1982, tras haberse separado de mi madre, retornó a su querido país, haciéndose inmediatamente parte del movimiento gremialista del magisterio. Sin embargo, junto a su nueva compañera, Owana Madera, tuvo que hacer frente a continuas órdenes de detención y seguimientos. Participó de la creación del Movimiento Democrático Popular y asumió con liderazgo indiscutido la presidencia del Consejo Metropolitano de la Asociación Gremial de Educadores de Chile, AGECH. Esta vez tampoco, sin embargo, dejó de lado su actividad favorita de profesor primario, trabajando primero en un liceo de Conchalí y luego en el Colegio Latinoamericano de Integración, donde pude compartir con él como alumno y conocer otra faceta de su actividad.

Con Owana se habían conocido durante el exilio en Budapest, Hungría. Los ojos intensos de esta joven chilena de origen nortino -hermana del Pato Madera, uno de los muralistas fundadores de las Brigadas Ramona Parra y yunta con mi padre- así como el entusiasmo con que ella asumía el trabajo con los niños, lo cautivaron y enamoraron. Muchos fueron los poemas de amor que le escribió mi padre a Owana, y siempre se les pudo ver juntos, acompañándose, incluso bajo Estado de Sitio.

Yo había conocido a Owana también en Hungría, cuando ella era la encargada de pioneros de la comuna donde yo vivía. Muy atractiva, todos los preadolescentes chilenos que hacíamos actividades con ella la mirábamos fascinados, que es como aún hoy miro a la bella Owana. Ella, como mi mamá, toca guitarra, canta y es muy buena para reírse. Los años que mi padre estuvo junto a ella siempre lo vi feliz, profundamente enamorado, por lo que junto a América siempre le estuvimos agradecidos a Owana y le tomamos muchísimo cariño.

En 1984 mi padre fue contactado, junto a su antiguo amigo y camarada José Manuel Parada, por la periodista Mónica González, quien tenía en su poder un largo testimonio de Andrés Valenzuela, alias “el Papudo”, un ex agente del Comando Conjunto que había participado en la detención de mi padre en 1976. Papá y José Manuel venían trabajando hacía años en la recopilación de testimonios de personas que habían sido víctimas de la represión, mi padre desde el exterior y José Manuel con base en el centro de Documentación de la Vicaría de la Solidaridad. Por lo mismo, ambos fueron uno de los primeros en darse cuenta que existía un organismo represor transversal que integraba a agentes de todas las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden, el “Comando Conjunto”. El testimonio de Andrés Valenzuela requería ser verificado, razón por la cual Mónica González les pidió a ambos que lo validaran. El relato resultó verídico, y en él no sólo se señalaban los nombres de los agentes del Comando, sino que por primera vez se conocía el destino final de muchos detenidos desaparecidos, compañeros de juventud de ambos.

En octubre de 1984, Mónica González, mi papá y José Manuel decidieron publicar el relato apenas Valenzuela estuviera fuera del país. Sin embargo, el régimen militar decretó Estado de Sitio y prohibió la circulación de las revistas de oposición Cauce, Análisis, Apsi y Hoy. Si bien Andrés Valenzuela logró salir del país, la publicación de su testimonio se produjo en forma no programada, lo que puso en alerta a los agentes activos del “Comando Conjunto” quienes iniciaron la búsqueda del único sobreviviente del mismo, Manuel Guerrero Ceballos. En una extraña coincidencia, por orden directa del Augusto Pinochet, el Ministro del Interior –Sergio Onofre Jarpa- decretó una orden de captura contra mi papá, quien junto a Owana, nuevamente se vio obligado a vivir en la clandestinidad.

A esa fecha yo estudiaba en el Instituto de Estudios Secundarios de la Universidad de Chile, ISUCH, un colegio vinculado a la Facultad de Arte de la Universidad de Chile que estaba dirigido a estudiantes con talentos y dedicación a la música y la danza clásica. Yo desde los ocho años de edad estudiaba guitarra clásica, por lo que cuando llegamos a Chile junto a mi madre y hermana siguiendo a mi padre en 1982, di el examen y me incorporé al ISUCH y al “Conservatorio”.

Como todo estudiante de música “docta” le dedicaba varias horas al día a practicar la guitarra y estudiar solfeo y armonía. A eso me quería dedicar para toda la vida y, mi maestro, Ernesto Quezada, me alentaba, pues estaba convencido que tenía especial talento para las seis cuerdas.
Mi padre era el encargado de conseguirme las fotocopias para las partituras que eran carísimas y escasas. Sin ellas era imposible estudiar, por lo que no podía fallar, de lo contrario se debía enfrentar a mi desazón y a las penas del infierno de mi madre! A último minuto, con escasas horas de anticipación a mis clases mi padre llegaba con las fotocopias y yo me encerraba a practicar de cabeza. Lo divertido de la situación es que las fotocopias eran de pésima factura, pues mi padre contaba con nada de recursos, de hecho no almorzaba, decía que “como loro, pasaba por el alambre”. El pentagrama, los sostenidos y bemoles, las notas musicales, los fortes y los crescendo se confundían en unas fotocopias donde la tinta apenas se había fijado por la mala calidad de la hoja. Así es que ahí me encontraba como Champoleon descifrando las obras de Carcassi y Mauro Giuliani e inventando versiones propias de los pasajes que no lograba leer… Mi maestro me miraba y movía su cabeza, pero me tenía tal cariño y fe que amablemente repasaba con su lápiz grafito las partituras para que las piezas sonaran como debían. ¿Dónde diablos imprimía mi padre tan malas fotocopias? ¡Ya me imagino a mi padre pidiéndole a los compañeros de su Partido que en las imprentas que editaban clandestinamente miles de miles de panfletos llamando al Paro Nacional por favor le imprimieran una partitura de guitarra clásica!

Sin embargo, la historia familiar, así como la propia situación nacional que estaba muy convulsionada en los esfuerzos del pueblo chileno de derrotar la dictadura, me llevaron a entrar a militar desde los 14 años –igual que mi padre en su época- en las Jota, como le decíamos cariñosamente a las Juventudes Comunistas de Chile. La misión era democratizar los Centros de Alumnos que habían sido prohibidos por el régimen. Las largas asambleas, marchas, concentraciones y reuniones comenzaron a mermar mi desempeño en el Conservatorio. Mi maestro, con mucha preocupación y cariño, nos planteó a mi madre y a mi: “Manolito tiene que optar, tiene que darse cuenta que se tiene que casar con la guitarra”. La verdad es que yo amo la guitarra, hasta hoy, pero el compromiso social y político era la opción que creí que debía tomar en ese momento. Ello implicó, no obstante, que me salí de una carrera profesional que se comienza de muy pequeñito y que no admite interrupciones.

En diciembre de 1984, estando en pleno Estado de Sitio, las distintas generaciones de la familia Guerrero Ceballos nos reunimos en la antigua casa de Maipú a celebrar la llegada del nuevo año. Ahí estuvo mi Tata, Don Manuel, con la abuelita Herminda, rodeados de sus hijos y nietos, entre ellos América y yo. Si bien todos teníamos profundos deseos de sentirse felices por estar reunidos, faltaba el Checho que estaba desaparecido, Máximo y Pablo que estaban en el exilio, y mi papá que vivía de casa en casa, escondido. La fuerza de esta familia había sido puesta a prueba durante toda su existencia, pero esta incertidumbre por la vida de mi padre para todos era muy difícil de sobrellevar. Sin embargo, de pronto un vehículo conducido por el menor de los Guerrero Ceballos, mi tío Pancho, entró hasta el fondo de la casa, lo que no era su costumbre habitual. Se bajó un poco nervioso del auto y abrió la maletera. Los que pudieron se acercaron a ver qué regalo o sorpresa traía dentro. Sólo se vieron frazadas, pero estas se comenzaron a mover y por debajo de ellas apareció un rostro dulce, muy conocido por todos: era mi padre. Arriesgando su vida había venido a abrazarnos a sus hijos, padres y hermanos que no veía hace meses. Aquellas fueron horas hermosas, que en medio del espanto y el horror, abrieron un espacio de ternura en nuestro hogar, y la familia reunida, de abuelos, padres, hermanos, hijos, nietos y sobrinos nos abrazamos emocionados deseando que el año que comenzaba fuera el año de conquista de la democracia por parte de los trabajadores.

En aquella ocasión con mi hermana América no dejamos de aferrarnos a las piernas, cintura, brazos y cara de mi papá. Cantamos, como de costumbre, junto a Owana y luego lavé con mi papá decenas de decenas de platos mientras nos contaba de sus peripecias. Estaba muy sereno. Lo queríamos un montón. Fue el último año nuevo que pasamos juntos.

En enero de 1985, la Vicaría de la Solidaridad presentó el testimonio de Andrés Valenzuela, debidamente protocolizado, ante los tribunales de Justicia, pidiendo la designación de un ministro en visita para que investigara los hechos allí relatados, solicitud que, sin embargo, como era la práctica habitual, fue rechazada.

A principios de marzo de 1985, el Ministerio del Interior alzó la orden de aprehensión contra mi padre, quien inmediatamente se reincorporó a sus actividades docentes en el Colegio Latinoamericano de Integración y a la actividad gremial en la AGECH.

Sin embargo, desde ese establecimiento educacional, las puertas de mi colegio, el día 29 de marzo del mismo año, luego de conversar cortito conmigo y darme un beso como acostumbraba hacer, mi papá fue secuestrado junto a José Manuel Parada, quien iba a dejar al colegio a su hija Javiera. El día anterior, varios dirigentes de la AGECH habían sido raptados y luego interrogados en “La Firma”, el antiguo cuartel del Comando Conjunto, convertido ahora en central de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (DICOMCAR). El publicista y artista plástico Santiago Nattino también había sido secuestrado horas antes.

Luego de 24 horas de intensa búsqueda y manifestaciones masivas para que sus raptores nos devolvieran con vida a José Manuel y Santiago Nattino y a mi padre, el 30 de marzo de 1985 aparecieron sus cadáveres degollados y desangrados, con marcas de tortura, en las cercanías del aeropuerto internacional de Santiago, en la comuna de Quilicura. En el triple secuestro y homicidio, conocido como el “caso degollados”, participaron varios de los mismos agentes del “Comando Conjunto” que habían secuestrado, baleado y torturado a mi padre el año 1976. Hoy la mayoría de ellos cumple condena en la cárcel de Punta Peuco, más no así los autores intelectuales del crimen que gozan de impunidad.

En esos días tristes pude comprobar el grado de conmoción que tuvo el pueblo chileno y la comunidad internacional ante esta pesadilla hecha realidad. Manifestaciones masivas por todo el globo recorrieron las calles asumiendo una de las frases que mi papá había pronunciado en una ocasión en un discurso ante los profesores: “¡Revanchismo jamás! Queremos Justicia, nada más, pero tampoco nada menos.” Muchos fueron los jóvenes patriotas que a raíz de este acontecimiento se hicieron parte de la lucha antidictatorial, y la romería y el entierro multitudinario fue una muestra rotunda de que la unidad del movimiento opositor a la dictadura era posible. De este modo, creo, la muerte de mi padre, José Manuel y Santiago, trajo vida: la caída de la dictadura debía ser inminente.

Al poco tiempo del asesinato de mi padre, Owana dio a luz a Manuela Libertad, mi nueva hermanita, hija póstuma, símbolo de vida, del joven luchador, el Mañungo, que no estando nos sigue acompañando, dando luz, fuerza, corazón y razón para cada una de nuestras pequeñas vidas.

17 noviembre 2011

A propósito de Tortura, mi padre acusa: La víspera


Este texto que comparto a continuación, fue escrito en un cuaderno escolar que mi padre, Manuel Guerrero Ceballos, llenaba durante su "estadía" en el campo de prisioneros de Tres Álamos, probablemente en noviembre de 1976. En esa fecha tenía 28 años.
-----------

Acompañado con un libro de Neruda, algunos discos de la joven música chilena, radio Moscú, mi compañera y mi hijo me dispuse a someterme a un obligado reposo hasta curar el rebelde resfrío que por semanas me perturbaba.

Eran días fríos y duros de principios de junio de 1976. Santiago mostraba la crisis.

Los últimos días otoñales habían graficado, una vez más, la situación económica angustiosa. La lluvia desnudó la miseria, impulsando a centenares de niños y mujeres - preferentemente - a recorrer casa tras casa implorando un mendrugo de pan. La venta de los más inverosímiles productos en los microbuses, tales como elásticos, botones, dulces, ganchos para la ropa, hilos y agujas, parches sanitarios, lápices y cuadernos, mostraba la amplia participación popular en la "economía social de mercado". Chile había ingresado a la economía del Candy. La cesantía era disfrazada con variados oficios y subempleos. Más de las tres cuartas partes de la población trataba de vender algo a la restante porción de habitantes, transformando cada lugar en un mercado persa.

La limosna, los pordioseros, la disputa de los tarros de basura con los perros era la nueva geografía humana del país.

La Asamblea General de la Organización de Estados Americanos sesionaba en Santiago. Los trabajadores del plan empleo mínimo, formado por cesantes, que laboraban en las municipalidades sin imposiciones ni leyes sociales y con salarios de hambre, eran ocupados en sacarle lustre a la ciudad, pintando paredes, tapando basurales con improvisados jardines, borrando propaganda antijuntista, erradicando campamentos de familias miserables a lugares menos visibles.

Radio, televisión y diarios convocaban majaderamente a los jóvenes a una "espontánea" manifestación de apoyo a los dictadores que denominaron “respuesta al mundo”.

El tema del momento era el debate sobre la situación de los derechos humanos del país, que la OEA examinaba, así, mientras los tiranos adobaban, pulían e intentaban limpiar el país de opositores y detenían a niños menesterosos para exhibir una nación ordenada y sin miseria a gusto de observadores de salón, el pueblo expresaba su opinión. El río subterráneo de la oposición antijuntista se movilizaba. El terror policiaco no paralizó la pujante, audaz y heroica voz de los trabajadores, las mujeres, los jóvenes, los profesionales que decían: "esta es la realidad de Chile, si desea conocerla véala; este país no es una taza de leche, no obstante la muerte que reina por las calles existe y se manifiesta la resistencia patriótica de los antifascistas".

Mujeres con sus hijos, niños con sus padres, jóvenes con sus pololas, obreros con sus choqueros, transportaban la verdad de Chile.

La Junta volvía a ser el centro de las denuncias y a diario debía responder a uno u otro cargo, que por mil senderos llegaban a manos de los periodistas y diplomáticos. La Central Única de Trabajadores hacía en un amplio documento la radiografía del mundo de los trabajadores y exigía una respuesta sobre decenas de dirigentes sindicales desaparecidos. Un grupo de juristas denunciaba cada uno de los derechos fundamentales del hombre conculcados. Las mujeres indicaban como se desintegraba la familia con la miseria y el hambre que obligaba a los niños a ausentarse de las escuelas y acudir a comer a comedores infantiles -verdaderas ollas comunes-, el marido que deambulaba ciudad en ciudad y emigraba al extranjero en busca de trabajo y con los estragos del alcoholismo, la vagancia, la delincuencia, la drogadicción frecuente y la prostitución juvenil. Los jóvenes repudiaban la universidad selectivamente aristocrática, la deserción escolar, la falta de fuentes productivas que frustraba las posibilidades de trabajo, recreación e incluso de matrimonio a millares de muchachos.

La multitudinaria voluntad popular expresada esos días mostró el ánimo del pueblo chileno, su espíritu de pelea, la inteligencia en el desarrollo de múltiples formas de lucha, su arrojo en las acciones de masas.

Me emocionó ver en las calles volantes y rayados excelentes hechos por los jóvenes antifascistas. En la calle Pajaritos, en la comuna de Maipú, nos detuvimos, con un compañero, a leer el periódico "Unidad Antifascista" que por decenas estaba en las veredas. Pensamos, en aquel instante, todo el esfuerzo, ansiedad, riesgo, amor y convicción puestos en cada letra del diario clandestino, que veía la luz para hacerse carne en los lectores, que con apariencia distraída se detenían, leían y se marchaban con una nueva esperanza en sus rostros. Ese periódico siendo clandestino, era un espejo de lo que sufría, sentía y aspiraba el pueblo chileno.

Explosiva alegría sentimos cuando en la televisión personeros juntistas mostraron un manifiesto del frente juvenil patriótico antifascista que llegó a las manos de los diplomáticos entregado por las propias secretarias del cuartel fascista - el edificio Diego Portales - que no dudaron en distribuir profusamente un elegante sobre con membrete de Pro Chile (Departamento de Exportaciones de la dictadura) y que íntegramente fue confeccionado por los jóvenes patriotas.

El combate del pueblo no se detenía. Una voluntad indominable daba fuerzas para seguir capeando la represión, organizándose en cada lugar, impulsar la unidad.
Leía a Neruda. Era un libro en prosa donde el gran poeta narra sus viajes dentro y fuera del terruño natal. Cuenta de esa larga tradición internacionalista de los trabajadores chilenos. Allí recuerda Lota, donde los mineros del carbón saludaron en una oportunidad en el silencio y oscuridad de la noche austral con sus lámparas encendidas, cual luciérnagas por el campo, a un barco soviético que atravesaba sin detenerse en el litoral chileno porque el tirano de la época prohibió que atracara en los puertos nacionales.

Neruda narra sus viajes con Lafferte por la pampa y la entrañable camaradería de los trabajadores del salitre, que alzaban la lucha contra las compañías que los explotaban despiadadamente. Cuenta que, en una ocasión, en la vastedad del desierto chileno una palabra se unió a la otra y un conmovedor himno surgió de las gargantas de esos hombres que ya conocían a los comunistas desde tiempos de don Reca, y cómo esos paupérrimos trabajadores aparentemente tan distantes de la emancipación tenían la convicción del futuro que conquistarían.

Pablo Neruda recorre en su libro los países socialistas y cuenta cuánto aprendió de los hombres que construyen la nueva sociedad sin clases. El poeta cuenta cómo atravesó las regiones del mundo para regresar al sur de Chile y en la soledad infinita de los bosques centenarios descubrió el valor de la hermandad cuando debió huir de la persecución del traidor González Videla, hecho al que más tarde hizo referencia al recibir el Premio Novel de Literatura.

¡Cuánto bien me hizo este libro!

Reflexionaba sobre la unidad cósmica de los trabajadores de ayer y hoy, de mi Patria y de otras tierras. Sus objetivos comunes, las aspiraciones tronchadas, sus realizaciones afines. Me surgió, nuevamente, el convencimiento de que no habría poder capaz de extirpar la conciencia de nuestro pueblo. Nada de lo obtenido le fue concedido gratuitamente y si tantas veces peleó, sufrió derrotas y volvió a triunfar, lo volveríamos a hacer.

Impulsado por su lectura, entré al Estadio Nacional repleto de jóvenes enarbolando banderas chilenas y rojas, clausurando el Congreso de la Jota; volví a Puerto Ibáñez en la distante provincia de Aysén, a reunirme con los jóvenes comunistas que venían de tierras ignotas, a conversar sobre los problemas y realizaciones del Gobierno Popular en torno a las sopaipillas y el mate, mientras afuera llovía a chuzos; regresé, al interior de Ovalle donde los compañeros se comunicaban con el sonido de un riel que al golpearlo vibraba para anunciar a las familias que sus hijos iban en camino a sus casas después de discutir la lucha de los campesinos por sus tierras, sólo alumbrados por las estrellas del límpido cielo nortino; recorrí Entrelagos, a orillas del lago Puyehue y el Rupanco bailando corridos mexicanos con las muchachas Campesinas que deseaban integrarse a la lucha.

En mi imaginación estuve y recorrí tantas partes que este ejercicio me dio nuevos bríos y optimismos.

También en esos días de enfermedad escudriñé, como tantas veces, el dial de la radio, escuchando las noticias de mi Patria que daban las emisoras del exterior. Paradójico hecho, que para conocer la realidad de la propia tierra, haya que atravesar el globo.

En ese tiempo estaban muy en boga las encuestas de sintonía en las radios chilenas, que realizaban empresas publicitarias bajo contrato de las propias emisoras, que para asegurarse buena ubicación en el sondeo, previamente repartían, gratuitamente, productos en los hogares para que las mencionaran al encuestador como su radio favorita. La libertad de prensa funcionaba. Si el sondeo hubiese sido auténtico y las gentes hubiesen podido responder libremente - sin temor a la represión - la emisora de primera sintonía en Chile era entonces Radio Moscú, que como es de suponer no distribuía ningún regalo, excepto el más preciado, la verdadera información.

Los chilenos nos dábamos cabalmente cuenta del papel que jugaba Radio Moscú. Cuando el país aparente mente dormía o amanecía, millares de compatriotas se pegaban a la radio escuchando las noticias de su país, de la solidaridad internacional, del pueblo organizado que crecía en el combate.

En las poblaciones, industrias, escuelas, campos de concentración y en los propios cuarteles siempre surgía quién oía Radio Moscú. En todas partes se grababan, escribían a máquina o a mano las noticias y se distribuían como pancartas. A pesar de la proscripción y los cargos fascistas de detener por escuchar Radio Moscú la cadena funcionaba.

El contraste brutal del patrullaje en las calles, disparos en la noche, la incertidumbre permanente con el mensaje que al tiempo entregaba la radio, la hacía querida al pueblo.

En mi hogar familiar el abrazo de Año Nuevo, en medio de las lágrimas por nuestros muertos, el recuerdo de los presos y ausentes y el brindis por el futuro, lo hacíamos en torno de Radio Moscú, que estaba al centro de la mesa, mientras alguno vigilaba.

Cuando nuestro pueblo supere la pesadilla fascista, quedará inscrita la página de auténtica expresión internacionalista del pueblo soviético por todo lo que ha hecho por nosotros los chilenos.

Los tiempos son distintos, pero las situaciones similares.

En la constitución de las primeras células y bases comunistas en nuestro país se apretaban las gargantas de los militantes cuando un compañero expresaba "escuché la radio y oí con claridad: Atención, Habla Moscú."

El rescate y la difusión de los valores culturales propios y latinoamericanos, siempre ha sido una de las principales reivindicaciones del movimiento popular.
El potente nacimiento de la música folklórica, de la canción comprometida y nueva canción chilena dieron lugar al florecimiento de conjuntos y artistas de destacada calidad que jugaron un valioso papel en la conquista y defensa del Gobierno Popular. La canción, el joven y la guitarra estuvieron en la mina, fábrica, escuela y campo llamando a la unidad y a la lucha, a respaldar el Gobierno del Presidente Allende, en el trabajo voluntario y en cada transformación revolucionaria.

La junta fascista desató la razzia cultural y declaró al bombo, la quena y la guitarra "elementos subversivos".

Como el alma de un pueblo no muere, renació la música y la canción folklórica. Centenares de conjuntos nacieron y hacían de las jornadas de solidaridad su conservatorio musical. La juventud se identificaba en especial, con la música andina, y las guitarras, quenas y bombos eran acompañados por tarkas, zampoñas, pinquillos, rondadores, matracas y otros instrumentos para desesperación de los fascistas.

Algunas de estas agrupaciones folklóricas grabaron discos y las que no podían hacerlo, la mayoría, grababan cintas que circulaban profusamente. Este era un canto abierto y público, y a pesar de los esfuerzos juntistas no lograron manipularlo.
Durante los días que narro, escuché discos y grabaciones de esta joven canción chilena, alguno de cuyos autores e intérpretes habían ido a parar a las cárceles por cantar a viva voz y hablar de Pablo Neruda, Violeta Parra, Víctor Jara, Héctor Pavéz y Rolando Alarcón como elementos consustanciales de nuestra cultura.

Otra cosa - aunque confluyente - es lo que realizaban los jóvenes como expresión de la resistencia. A la par de los periódicos juveniles clandestinos, "Liberación", "Pica Pica", "Dulce Patria", "El cabro Pérez", "El grito", "El deportista" y decenas de otros, nacieron "Cantar Juvenil", dedicado a la poesía combatiente; "Canción de la Resistencia", con cantos y posturas para guitarra, y "Grabados antifascistas" que incluía xilografías de jóvenes artistas.
Verdaderas obras de arte popular nacían de la lucha contra el fascismo.

Estaba en casa, esos días de junio, con mi compañera que se encontraba embarazada de cuatro meses y medio, y mi pequeño hijo de 6 años, con estos pensamientos y sabores.
Mi hogar era como el de tantos en Chile. Buscaba ser un oasis en medio del desierto. Las privaciones y sobresaltos los suplíamos con entendimiento y amor. En nuestra medida aportábamos al combate antifascista.

Esto ocurría, mientras afuera merodeaban los gangsters de Pinochet.

Sigue leyendo continuación de este relato La noche más negra

14 diciembre 2010

El amor es más fuerte: Se inauguró Jardín Infantil Manuel Guerrero Ceballos!!

Y se inauguró el Jardín en el corazón de la población, en la calle Kilimanjaro en la comuna de Quilicura. Y lo más bello fueron los propios niños con sus padres y madres, apropiándose de un bellísimo espacio, de excelente factura y gratuito. Donde ayer hubo muerte, en parte de lo que era una plaza, hoy 54 niños/as de escasos recursos comenzarán sus primeros pasos en la Sala Cuna y Jardín Infantil Manuel Guerrero Ceballos. Con memoria y alegría, adelante por la vida!!!

29 marzo 2009

Estarás siempre con nosotros

Un regalo que me hizo un profesor que participó en un encuentro de la Asociación Gremial de Educadores de Chile, AGECH, en Punta de Tralca en 1984, donde interviene mi padre. Este es un material inédito que comparto con ustedes en este nuevo 29 de Marzo. Saludos, Manuel.

05 enero 2009

En La Nación: "Una década antes del caso degollados"


Una década antes del caso degollados

Por Gabriel Bahamondes / La Nación

Publican libro con las memorias de Manuel Guerrero, detenido por el Comando Conjunto
Una década antes del caso degollados

“Desde el túnel. Diario de vida de un detenido desaparecido” rescata las trágicas vivencias del profesor y militante comunista cautivo y torturado en 1976, y secuestrado y degollado en 1985, por agentes de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros de Chile.

Manuel Guerrero Ceballos colaboraba en forma activa con el Gobierno del Presidente Salvador Allende y formaba parte de la comisión ejecutiva de las Juventudes Comunistas. Tras el golpe de Estado de 1973, pasa junto a su familia a vivir en la clandestinidad. En junio de 1976, en la comuna de La Florida, cae en manos del Comando Conjunto, siendo detenido por cuatro meses.

Es en ese período, Guerrero escribe una especie de diario de vida sobre su tormentosa etapa en cautiverio que hoy, gracias a LOM Ediciones y la labor de recolección de manuscritos de su hijo Manuel Guerrero Antequera (concejal por Ñuñoa), se convierte en el libro "Desde el túnel. Diario de vida de un detenido desaparecido".

"Mi padre trata de reconstruir lo que le sucede y de eso trata este libro. Ésta es la vida en plena muerte, en el infierno de lo que implicaba la tortura y el estar detenido y desaparecido. De una víctima que logró sobrevivir, por el fuerte trabajo de mi madre, por presiones internacionales y por la rivalidad de los organismos represores", cuenta Manuel Guerrero hijo.

FIN DE UN CICLO

Pero los días del dirigente comunista estaban contados. Tras volver de un largo exilio y después de retomar su compromiso con la lucha social, el 29 de marzo de 1985, Manuel Guerrero Ceballos es tomado detenido por agentes de Carabineros de Chile a la salida del Colegio Latinoamericano de Integración.

Al día siguiente, su cuerpo junto al de José Manuel Parada y Santiago Nattino (ambos miembros del Partido Comunista) son encontrados camino a Quilicura frente al fundo El Retiro, dando origen al llamado caso Degollados.

"Esto fue perpetrado por agentes de Carabineros de Chile vestidos de civil, entre ellos Miguel Estay Reyno alias el ‘Fanta’, un militante comunista que se volvió agente del Comando Conjunto. El libro tiene un capítulo que se llama ‘La mano del traidor’, donde Manuel Guerrero reconoce al ‘Fanta’ estando detenido, mientras lo interroga y tortura. El asesinato de mi padre fue una especie de venganza, porque fue el único que sobrevivió al Comando Conjunto y con su muerte se cerraba un ciclo", agrega Guerrero.

MEMORIA DE TORTURA

Después de la muerte de su padre y movido por la indignación, Manuel Guerrero Antequera se convierte en dirigente estudiantil. Durante 1986, con 15 años de edad, es detenido por agentes de la CNI, quienes en señal de advertencia le quiebran la nariz.

Nuevamente debe dejar Chile, amenazado por los organismos de represión, pero en este nuevo exilio se encontró con una sorpresa. En Hungría, cuando visitó los lugares donde trabajó su padre, encontró este texto autobiográfico que ahora se convierte en libro.

"Éste es un trabajo a la memoria de mi padre. El texto cuenta a qué se dedicaba mientras resistía a la tortura, qué pensaba en esos momentos. Y ahí aparecen su generación, su partido y su familia. Mi papá no fue un héroe de bronce, sino un ser humano y como tal, fue capaz de decidir entregarse. Ahí para mí, se llena de sentido su propia muerte". LN

26 marzo 2008

Profesores de Valparaíso rinden homenaje a Guerrero, Parada y Nattino


Se cumplen veintitrés años de los alevosos asesinatos de tres profesionales comunistas: Santiago Nattino, José Manuel Parada y Manuel Guerrero Ceballos, como profesores de Valparaíso queremos señalar a la opinión pública nuestro sentir, que se renueva cada aniversario y que clama porque se haga justicia.

Nuestro homenaje central es para el dirigente del Magisterio, Manuel Guerrero Ceballos, quien fuera presidente metropolitano de la AGECH. Maestro de juventudes, patriota ejemplar. Su calidad humana se alimentaba de su amor al pueblo, de su entrega a sus niños. Sabía los riesgos. Con sus 36 años él decía que amaba la vida, pero no temía a la muerte porque entendía que no sería en vano. El informe de autopsia N° 969/85 indica que fue asesinado por la espalda, arrodillado, con las manos a la espalda, a golpe de corvo militar que se hundió en su cuello en un corte de 14 cms. de largo y 5 cms. de profundidad; previamente fue horriblemente golpeado, luxados sus dedos, rotos sus dientes.

Los profesores no hemos olvidado y no olvidaremos tan infamante crimen, es posible que sus asesinos gocen de buena salud y libertad, pero la conciencia colectiva de los maestros seguirá persiguiendo castigo para los cobardes malhechores. Fuimos blanco de la represión en forma sistemática durante los años de la dictadura porque nos involucramos a fondo en la lucha por reconquistar la Democracia, la Justicia y la Libertad y no claudicaremos: no habrá crimen por nefasto y bestial que nos amedrente en la tarea de buscar castigo para los asesinos y justicia para nuestros mártires.

Manuel Guerrero Ceballos, tu vida, tu lucha es un ejemplo para los que seguimos tu senda y para los miles de niños y jóvenes que conocen tu historia y tu trágica muerte. Honor y gloria a tu recuerdo. Desde Valparaíso, la Célula Félix Figueras de Profesores.

12 marzo 2008

Invitación: Un nuevo 29 de marzo con memoria y alegría

Hace 23 años, el 29 de marzo de 1985, mi padre, el profesor Manuel Guerrero Ceballos, junto al sociólogo José Manuel Parada y el artista plástico Santiago Nattino, fueron secuestrados de las puertas de mi colegio, hechos desaparecer por un día, para luego aparecer degollados en un camino rural de la comuna de Quilicura a las afueras de Santiago. Sus captores y asesinos eran funcionarios públicos. El pecado que habían cometido era investigar, en plena dictadura, el actuar del Comando Conjunto, con el objetivo no de cobrar venganza sobre sus funcionarios, sino de dar con el paradero de miles de detenidos desaparecidos. Era la época del terrorismo de Estado, en la que las fuerzas públicas en vez de defender a sus ciudadanos los maltrataban atrapados en una máquina de exterminio que duró 17 años.

Cada 29 de marzo los recordamos, junto a las vidas de los jóvenes hermanos Vergara, asesinados aquel mismo día en Villa Francia, y tantos y tantas que entregaron todo por una sociedad más justa, equitativa y amable. Todos ellos son mártires de la sociedad chilena, no solo de una fracción de ella, sino de todos los chilenos y chilenas, que gracias al arrojo amoroso e incondicional de seres humanos sencillos, pudo terminar con una tiranía que parecía eterna. Sin duda aún quedan muchos de sus lastres incrustados en nuestra sociedad, fundamentalmente a nivel de la vergonzosa distribución del ingreso en la población, pero no cabe duda tampoco que el sacrificio de los Manueles y don Santiago ha permitido que germine nueva vida, para continuar proyectándonos en forma colectiva e individual hasta alcanzar niveles más dignos de existencia.

En este marco, comparto con ustedes una invitación amplia, sin exclusión, para junto a nuestros hijos y mayores, en familia, compartamos una jornada de memoria colectiva el próximo 29 de marzo. Para vernos las caras, disfrutar de la música de destacados artistas, poetas y animadores nacionales; apoyar la labor que realiza Amnistía Internacional y muchos otros movimientos sociales que estarán con sus stands. Las jornada será transmitida por Radio Tierra para quienes vivan en el exterior.

La invitación es a ser parte de una jornada artística el día sábado 29 de marzo:

· PLAZA BRASIL
La memoria en el corazón de la ciudad: Llevaremos el recuerdo al centro de Santiago, para llenar la memoria de nuevas miradas. Acto artístico- cultural, reunirá música, literatura y actividades para niños. Se llevará a cabo en Plaza Brasil en la Comuna de Santiago Centro a partir de las 13 y hasta las 17 horas. Participarán, entre otros, las bandas y artistas nacionales Akinetón Retard, Mauricio Redolés, Pedro Lemebel, Compañía de Danza Espiral, Saiko, Chico Trujillo o Juana Fe.
Luego nos trasladamos en MicroMemorias al ex frontis del Colegio Latinoamericano de Integración.

· EX FRONTIS COLEGIO LATINOAMERICANO (Los Leones con El Vergel)
En el corazón de la memoria: Acto artístico cultural en El Vergel con Av. Los Leones desde las 18:00 horas. En este lugar, donde fueron secuestrados los Manueles presentaremos el proyecto de memorial en su homenaje, y la propuesta de declaratoria de sitio histórico de la esquina donde se les vio vivos por última vez.

El día terminará con una velatón por la memoria, aproximadamente a las 20 horas.

¡Pura vida!, como dicen nuestros hermanos Costa Ricenses. Vale la pena recordar estas vidas para que no perdamos jamás la brújula de nuestra sangre y nuestro rumbo, dicen los uruguayos. Cultivemos la memoria hacia el futuro, como hacen nuestros hermanos mapuche con el canto del ñankucheu y las aguas añil del lago Budi. Y porque como cantan nuestros hermanos cubanos, si deshecha en menudos pedazos, llega a ser mi bandera algún día...,¡Nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavía!

Compartamos con las nuevas generaciones el recuerdo de quienes nos abrieron al presente, ¡sigamos con memoria y alegría, siempre adelante por la vida!

Abrazos, y los espero
Manuel Guerrero Antequera.

(Más información en Ciudad Elefante. Quienes deseen hacer llegar un Bono de Cooperación para cubrir los gastos de escenario y luces -todos los artistas y animadores trabajarán gratis- lo pueden hacer a la cuenta a nombre de Mauricio Andrés Vásquez Morales, Rut: 14.425.207-1, Banco Edwards, Cuenta 018-61-433793. Gracias!)

Pincha en la siguiente foto para agrandarla. Imprímela y ayúdanos a difundirla:

20 marzo 2006

MI PADRE: Conversando con las paredes

El siguiente más que un texto es un rito. Rito en cual se vio sumergido mi padre estando el soledad más absolta en una celda del campo de prisioneros de Cuatro Álamos. Sin embargo, la historia y la memoria lo arrastraron, de una forma dulce y mágica, hacia la comunidad, hacia al colectivo al que pertenecía. Voces y caricias llegaron a él para demostrarle que formamos parte de una cadena viva que resiste, no calla.

Ahora es mi turno el continuar este rito. Y es lo que hoy hago contigo: a través de tu lectura te entrego el mensaje de humanidad que dejó grabado mi padre en las paredes de nuestra historia. Tómalo, ahora es tuyo también.

Manuel Guerrero Antequera.
-------------
Conversando con las paredes

Mirando por la ventana, mi vista distraídamente se posó en un marco. La masilla estaba reblandecida. Hundí un dedo y quedó media marcada mi huella digital. Se puede escribir, pensé. Escribir qué y con qué. No sé, pero escribir, comunicarme, sentirse pensando, vivo, escri­bir.

Me di a la tarea de buscar una herramienta que hiciera las veces de lápiz. Así descubrí un trozo de pa­pel de envolver, totalmente arrugado, una hilacha que podía agrandarse al sacar el remache de la frazada, y una aguja, enrrollada en un borde de la sucia cortina. Con ella lo primero que hice en la masilla, fue poner la fecha y mi nombre. ¿Por qué fue eso lo primero que se me ocurrió? Debe haber sido por el deseo íntimo, consubstancial, primitivo de sentirse identificado, y dejar un vestigio, un yo estuve aquí, si tú lo ves ya sabes, dilo.

Al escribir me acerqué al borde de la ventana y descubrí otros nombres, otras palabras y otras fraces. Empecé golosa, atropelladamente a mirar y por todas partes se me revelaron decenas, cientos de nombres, fechas llamados, invocaciones, re­ cuerdos, emociones iras dolores. Las paredes, los muros, las maderas, los fierros de los camarotes, todo por donde fuera posible poner una letra, signo o palabra, tenía una señal, una idea. Escritas en las formas más increíbles, pero estaban allí,me acompañaban, se comunal caban conmigo,con el pasado que otros vivieron como yo y con el futuro que aún tendrían, por desgracia nuevas víctimas.

Las paredes conversaban. Era sobrecogedor, emocionante, sencillamente humano y por ello quizás más trascendental.

Me senté an la cama abrumado, convulcionado, atónito.

- "María, te amo y recuerdo" Mario

- "Dios, gracias por acompañarme" Rosa

- "Estuve aquí 27 días" Rubén

- "La lucha continúa"

- "No podrán los fusiles acallarnos"

- "Por aquí pasó Sergio" 12-II-75

- "Junto conmigo desaparecieron Rodrigo y Darío" José 31-IV-76

- "Mañana 21 de Agosto, es nuestro aniversario, te quiero" Pedro

- "Hijo, tu padre te quiere" Daniel

- "Allende es nuestro ejemplo"

- "El Partido siempre vive" J.

Y así, por todas partes. Una de las cosas más impactantes eran las cuentas de los días de prisión, ordenadas en filas de a cinco, diez, quince, veinte días o más. Habían algunos que, de tiempo en tiempo, hacían balan­ces:

-"Llevo aquí 71 días incomunicado"

Esta cadena de los presos políticos me ató, se me metió muy dentro. Demostraba, una vez más, saciedad de saciedades, que nunca nadie está solo si ha unido su vida a la suerte de los otros.

Estuve todo el día leyendo las frases, muchas de las cuales, a lo mejor las más hermosas, hoy no recuerdo con exactitud. Por mi parte contribuí al correo de los desaparecidos, poniendo trosos de canciones y poe­mas, frases o simplemente mi nombre y fecha.

Con el tiempo, me topé una vez, en un lejano país, con un compañero que después de presentarnos, se quedó en silencio un momento, para al rato decirme:

- A tí te conocía, tu nombre lo vi en Cuatro Ala­mos. Yo también estuve ahí.

Nos quedamos en silencio y sin decirnos nada, de seguro que ambos pensábamos en los otros nombres, que son seres reales, quizás los mejores,que no estaban físicamente con nosotros.


Manuel Guerrero Ceballos, 1976.
[Sigue leyendo El sol del Choño]

17 marzo 2006

MI PADRE: Nueva residencia


Estos relatos que comparto contigo son el testimonio de mi padre de cuando era trasladado entre distintos lugares de reclusión, en calidad de detenido desaparecido, esto es, con identidad falsa, como "Pedro González Rocha", con su rostro cubierto, y en manos de efectivos armados que no cesaban de interrogarlo, sin que se le informara donde estaba, ni quienes lo tenían. Hoy sabemos que el lugar donde pasó más tiempo fue en "La Firma", en calle Dieciocho, donde operaba el Comando Conjunto, y que luego fue trasladado, para volverlo a la vida y continuar interrogándolo, al Hospital de Carabineros. Desde ahí tuvo un nuevo cambio de destino, con la bala en su cuerpo, del cual da noticias en "Viaje en silla de ruedas" y "Visión de Santiago". ¿A donde lo llevaban esta vez? ¿Se asomaría la luz al final de este largo y angustioso túnel?

Gracias, una vez mas, por abrir tu tiempo a esta memoria herida, pero digna y profundamente humana de un muchacho de 27 años de edad en aquel 1976, que a través de tu amable lectura, hoy se contacta con su país y la vida.

Amor, razón y fuerza,
Manuel Guerrero Antequera.
------------------------
Nueva residencia

Con la cabeza entre las piernas se ve distinto el mundo. Yo lo veía oscuro, achatado, ridículo, ab­surdo. Cómo no haber percibido antes que con nosotros convivían seres de otro planeta, o más bien de este, pero de otra dimensión, la dimensión del placer del dolor, del apetito de padecimiento, de la felicidad de la tragedia. Los fascistas no eran seres de las pelícu­las, o de otras latitudes, también se llamaban Guzmánes, Pérez, Montero, Merino o si queremos también con apellidos que suenan extranjeros pero ya son chilenos, Pinochet, Leigh, Ewing y otros. Con ellos nos podíamos topar en la calle, en un acto o recepción, o viendo el fútbol los domingos. Pero tras su faz escondían odio, ferocidad, sed de venganza, revanchismo de clase, ser­vilismo, doble codicia.

De tanto decir, “aquí en Chile no pasan esas cosas”, frase que acuñó la burguesía y no el pueblo, porque a éste siempre le pasan cosas, nos anduvimos convenciendo. Y nos faltó vigilancia, fuerza, ductibilidad en algunas cosas e intransigencia en otras. Cómo no haber evitado tanto dolor, desamparo, padecimiento.

(Y aquí voy como un bulto, vuelto a feto por involución propia. Ovillado por obligación y autorrecogido por protección. Lo que tengo más cerca de mí es el pi­so del auto, linda vista, ¿no es cierto?, y si quiero recrearme, puedo percibir el olor a mierda de estos cabrones, pijes, hijos de su papá, burgueses de la gran puta que juegan a los jovencitos con seres reales, que acaban al poder disparar, que se masturban con el olor a sangre, que llevan cuentas de las violaciones habi­das, "yo me culié una cristiana, y yo dos comunistas, y qué, y yo me tiré a una mirista").

La risa de los agentes de la DINA era estruendosa y sólo se apagaba por los chillidos de los neumáticos producidos al girar bruscamente, corrían uno al lado del otro, adelantándose, en mortal carrera, al estilo de "Rebelde Sin Causa."

De vez en cuando un golpe en la cabeza o en la espalda me hacía recordar, como si pudiera olvidarlo aunque fuera por un segundo, su compañía:

-¡Afírmate Pelluco!

Frenaron bruscamente y hablaron con alguien que estaba afuera. Lo único que logré oír fue: "tienen que esperar, hay visita".

Bastó eso para que empezara a especular: esperar, visita, qué visita, dónde estaremos, tengo que lograr mirar, si me pegan una vez más que va a pasar, por lo demás ya estoy harto adolorido. En el ínter tanto, uno de los agentes me preguntó: “Dime, ¿y puede ser comunis­ta un cristiano?”. Desde el piso le respondí. Escuchó en silencio, para después de mi explicación exclamar: "Harto rara la huevá".

Fue largo el momento que hubo que esperar. Después ingresamos a un recinto, se notó que cruzábamos una entrada y sonó, al cerrarse, una pesada puerta.

Los autos circunvalaron un lugar en el que se es­cuchaban voces coloquiales, ritmos de vida corriente. Traté de levantarme y un pie me aplastó la cabeza al suelo. Me fue imposible mirar y hablar. Envuelto en la frazada me sacaron e introdujeron en un recinto. Allí me descubrieron.

Los recién llegados y los allí presentes se saludaron amigablemente:

- Traen más pega por lo que veo.

- Así es, es que estos "nachos" no se cabrean nunca, y con lo de la OEA andan muy activos, pero ya va a pa­sar este huevéo y ahí veremos.

- A este se lo traemos con una "píldora".

-¿Se la metieron por el poto o por dónde?

Grandes risotadas celebraron la salida del sujeto que con pistola al cinto estaba tras un escritorio frente a una máquina de escribir.

Se despidieron y se fueron, no antes de gritarme riendo:

-¡Chao Pedro, quedái en buenas manos!

El funcionario empezó a hacer preguntas como si fuera aquella una oficina pública que atiende de 10 a 12 y de 14 a 16 horas, intentando aparentar prescindencia de su oficio de carcelero-torturador.

Me condujo por un largo pasillo y me arrojó a un cuarto que tenía dos camarotes de dos camas cada uno y nada más. Todo era desolado, frío horrorosamente aban­donado.

Cansado me tiré en una cama.

Sonó un teléfono y el guardián respondió:

-¡Sí está aquí, claro, se llama Manuel Guerrero Ceballos!

Otra vez escuché mi nombre. Hacía varios días que no sucedía. Me gusto oírlo, era como que venía más (ideas de uno), era como si yo me avenía más con este nombre y no con otro, tenía indumentaria para éste y no para otro, menos para el de Pedro González.

Una vez más esperé agazapado.

Al rato sonó un portón metálico y por el largo pasadizo se oyó una voz:

- Tráiganlo.

Esperé por si podía ser otra persona, pero los pasos se encaminaron y se detuvieron frente a mi puerta y abrieron el cerrojo que se cerraba, como es de imagi­nar, por fuera.

Otra vez me sonaban los oídos, la cabeza me daba vueltas, sentía ganas de vomitar, temblaba entero, deseaba orinar.

Un par de sujetos estaban allí. Uno tendría unos cincuenta años, parecía un capitán o algo así, pero vestido de civil, y el otro era más joven y se paró detrás del primero.

- Su nombre, dirección, edad, profesión, por qué está aquí, de qué se le acusa, tiene armas, por qué le dispararon, a cuantos hirió Usted, qué responsabilidad política tiene, cuál chapa usa, etc., etc., fueron sus preguntas iniciales que buscaban mostrar el mayor carácter técnico-profesional al interrogatorio.

Cuando había pasado la avalancha pregunté:

- Quisiera saber dónde me encuentro y bajo qué institución estoy detenido.

Como para tranquilizarme, después de grandes aspavientos y con voz presuntuosa dijo:

- Usted está en Cuatro Álamos, bajo jurisdicción de la Dirección de Inteligencia Nacional.

"Con tal credencial, pensé, puedo estar tranquilo".

Como respondí muy en general y solo lo que era menester, el agente dejó sus buenos modales y entró al terreno directo de sus aptitudes. Me golpearon y empe­zaron a proferir amenazas para mí y mi familia.

Como yo no me retenía en pie y caí al suelo me trasladaron a la celda y se marcharon.

Allí quedé echado en semioscuridad. Traté de oír más movimiento en el recinto para saber si a otros presos también los tendrían ahí. No escuché nada.

Mucho después me volvieron a sacar, y un pseudodoctor empezó a examinarme haciendo el resto de las pre­guntas que le había encomendado su jefe. Me aplicó una inyección, me dio unos calmantes, hizo algunas amenazas y terminó la consulta médica.

A solas en mi cuarto me atacó un dolor muy grande y perdí, no sé por cuanto tiempo, el conocimiento. Desperté aterido de frío, gateando fui tirando frazada por frazada que había en los otros camarotes y me cubrí con todas ellas. Serían unas doce, pero aún así temblaba. No podía conciliar el sueño, quería dormir, descansar, prepararme para lo que seguiría.

En el silencio de la noche escuché, a lo lejos, trozos de melodías que llegaban a mí y se esfumaban.

No pude dormir nada. Empezó a aclarar y me levanté.

Hacía mucho frío. Ese mes de junio fue duro en Santiago.

Había una ventanuca por la que entraba luz. A través de los vidrios protegidos por gruesos barrotes, se veía un muro plomizo con alambradas de púas. Era todo muy triste y lúgubre. Lo único que denotaba vida era un solitario naranjo que por sus medios había sobrevivido a las inclemencias de la naturaleza y humanas.

Observé cada rama y hoja de ese arbolito. Me pareció descubrir la nervadura de sus hojas y sentir su aroma.

En eso estaba cuando se abrió la puerta y un guardia me entregó un tazón de té y un pan. Pedí permiso para ir al baño. Me acompañó. Junto con orinar me lavé la cara y descubrí un espejo. Sentí curiosidad por verme. Me miré y me sorprendí de lo albo que estaba, des­ordenado, ojeroso, acabado. Como hablando para mí, medije en silencio:

-¡Pero seguí vivo Manuel Guerrero!

Empecé a convertir en ritual cada comida, era un contacto con la civilización. Puse el jarro en la cama con el pan al lado, sorbía un poco y comía un trozo de pan, y así, cada vez, lo más lentamente posible. Muchas veces no tenía apetito, sobre todo por mi salud, pero la ceremonia siempre se celebraba.

Al avanzar la mañana otra vez no tenía nada que hacer. Dormité y desperté con el canto de los pájaros. Me paré presuroso a la ventana. En el naranjo había dos gorriones, que revoloteaban en torno suyo. Los miré con franca algarabía. Los encontré bellos, ágiles y, sobre todo, libres.

Mirándolos recordé la reproducción de una pintura rusa que teníamos en nuestra casa, que mostraba a unos campesinos presos mirando unos pájaros por la ventana de su celda y que tenía por similar nombre, La Libertad. De esa pintura sobre todo me gustaba la cara del campesino ruso que, con gran fuerza y tranquilidad, ob­servaba a las aves, como si estuviera convencido que luego las acompañaría.

Por asociación, pensé en otros cuadros. Uno soviético también, que se llamaba La Maestra Primavera, que mostraba a una joven de la república asiática, que por solitarios senderos se encaminaba, seguramente hacia su escuela. También recordé los grabados de autores chilenos que teníamos; Lautaro, de Santos Chávez, otro de Vilches, uno de Ginés Contreras y uno de Ampuero. Cada uno mostraba algo de la vida de los trabajadores o el ansia de libertad.

¿Estarían aún esos grabados en casa o los habrían destruido?

Manuel Guerrero Ceballos, 1976.
[Sigue leyendo Conversando con las paredes]

16 marzo 2006

MI PADRE: Visión de Santiago


Entre dos individuos en la parte de atrás del auto, agachado hacia adelante me llevaron.

El vehículo estaba en el pasillo mismo del hospital.

(Sí, ya no me cabe duda que era en el Hospital de Carabineros, ubicado entre Manuel Montt y Antonio Varas, en Ñuñoa, donde me tuvieron esos días. Allí estuve bajo la responsabilidad, complicidad del director de este establecimiento, con nombre falso, sin ficha médica, con el encargo de ocultarme, recuperarme para no morir, vivir para ser torturado o interrogado, para arrancar, de ser posible, la confesión. Cuántos médicos de los que me vieron fueron cómplices no lo sé, pero de lo que no me cabe dudas es que varios sa­bían lo que hacían, para qué se prestaban, por convicción fascista, por cobardía o quizás qué razón.

¿De cuántos casos más no serán cómplices o cuántos otros no se les fueron y se murieron en el juego de mante­nerlos "sanos", para que puedan percibir en plenitud la tortura?

De las observaciones hechas cuando me hacían re­correr en camilla cubierto como un cadáver esos pasadizos de la infamia, y de lo que escuché a retazos en palabras sueltas o frases truncas, puedo colegir donde me tuvieron, lo que se confirmó cuando el vehículo salió por una entrada de auto en forma semicircular, del tipo de la que tiene el Hospital de Carabineros).

-Sí, va bien, lo vestimos con su ropa, está como pantruca, pero se ve bien. Le quisimos regalar choco­late; pero como es orgulloso no quiso, tú sabí como son estos "rojos". Sí, adelántate, abre camino, no hay que parar en ninguna parte.

Me levantaron y me sacaron la frazada. Quedé como un tranquilo pasajero más en un automóvil. Miré de inmediato hacia afuera. Siguiendo un Austin Mini, el vehículo en que íbamos corría a toda velocidad por Irarrázaval al llegar a Vicuña Mackena, por donde dobló hacia el sur a pesar de tener luz roja el semáforo. Corrían como en una alocada película gansteril. Atrás venía otro vehículo escoltándonos. El trío de interrogadores iba conmigo, sonrientes amigables, bonachones.
Miré hacia la calle con la falsa ilusión que al­guien, un alma conocida me viera, pero todo era muy rápido y enseguida me volvieron a meter bajo el asiento.

Vi Santiago sólo por algunos segundos. No hacía tantos días que había andado por allí, recordaba que venía de casa de un amigo donde me convidaron sopai­pillas y nos reímos con ganas de chascarros juveniles. Ahora eso me parecía una eternidad, era como si perteneciera a otra época, siglo o década, a otra dimensión.

Me dolía la normalidad de la vida que observaba y la tremenda anormalidad de la que yo era objeto. Pensé en tantas veces que yo también miré indiferente; los vehículos que transitaban sin saber que quizás también en alguno de ellos iba un preso desaparecido, un secuestrado por la DINA, que con su mirada clamara socorro, ser reconocido, deseando dejar aunque fuera un vestigio de su vida. Me sentía extraño en ese pai­saje, era como un objeto inserto a la fuerza en un cuadro. Pero ¡qué ganas de haber estado esperando mi­cro en Diez de Julio con Vicuña Mackenna!

Manuel Guerrero Ceballos, 1976.
[Sigue leyendo Nueva residencia]

15 marzo 2006

MI PADRE: Viaje en silla de ruedas


¿Cómo vive un detenido desaparecido? ¿Es dable hablar en estos términos de aquel "estado, que es peor que la muerte", como le llamaba mi padre? Los escritos que ustedes tienen ante los ojos son una especie de diario de vida, o más bien bitácora de la muerte en vida de un sobreviviente, temporal, de la realidad de los detenidos desaparecidos en 1976 en Chile. Pues mientras papá era trasladado del cuartel "La Firma", en la céntrica calle Dieciocho, al Hospital de Carabineros y de ahí a otros centros de reclusión, nosotros lo buscábamos frenéticamente día y noche sin que ninguna autoridad reconociera su calidad de detenido.

Este año 2006 se cumplen 30 años de aquella operación rastrillo que llevó adelante la DINA y el Comando Conjunto para acabar con la esctructura organizacional del Partido y las Juventudes Comunistas de Chile, con un saldo enorme de muertos y detenidos desaparecidos. Nosotros, los hijos e hijas, que para tal entonces teníamos con suerte entre seis a diez años de edad, hoy somos mayores que nuestros propios padres. En efecto, yo estoy por cumplir 36 años, mientras que papá tenía apenas 27 años cuando lo secuestraron en 1976. Y en marzo 1985, cuando finalmente fue ejecutado, él tenía 36 años de edad. ¿Surrealista, no? He alcanzado la edad de papá, y aún lo observo con "ojos de luna" de niño, como él solía decir, con un eterno ¿porqué? ¿dónde? ¿quiénes? ¿cuándo? ¿cómo?, permanente.

La prisión política, la tortura, la ejecución y la desaparición forzada de personas tienen efectos psicosociales y sociopolíticos que transcienden los tiempos breves de los cambios de gobierno. No hay que confundirse: que hoy operen, con mediana estabilidad y libertad, las instituciones públicas principales del país, no implica que las biografías de los sujetos sociales concretos, cuyos cuerpos y derechos fueron violentados por las mismas instituciones públicas del propio Estado a través de sus agentes, estén en condiciones de abrirse a la reconciliación sin más. ¿Porqué habríamos de hacerlo? ¿Reconciliarnos con quién? ¿Estábamos conciliados antes, que ahora nos podemos re-conciliar?

Creo que no. Jamás me voy a reconciliar con los asesinos, pues en virtud del propio Estado de derecho democrático, alcanzado gracias el sacrificio generoso de generaciones de luchadores sociales, ellos merecen el castigo que establezcan nuestras leyes, para que las nuevas generaciones estén prevenidas de que tomar recursos humanos, financieros y de infraestructura del Estado para maltratar a sus propios ciudadanos simplemente no se puede cometer, porque si lo haces, vas a la cárcel. No es ánimo de venganza, es aplicación simple, transparente, tranquila, de justicia. Y no es, nuevamente, un mensaje referido al pasado, sino que es una medida que asegura el futuro del propio país.

No, la reconcialiación no es posible con los asesinos, sino sólo con y hacia las instituciones sociales que abandonaron, traicionaron su misión, y cuyo normal funcionamiento requerimos para tener un mínimo de certeza social de que podemos convivir con confianza en sociedad. Yo me puedo reconciliar con los Tribunales de Justicia, con el Colegio Médico, con las Fuerzas Armadas y de Orden, con los Medios de Comunicación que desinformaron, en fin, con la Nación chilena, sólo si veo que estas instituciones permanentes toman medidas concretas para facilitar que la Justicia opere, para que quienes hayan abusado de su condición de miembros de tales instituciones sean investigados, con debido proceso, y sean castigados por las penas que nuestros cuerpos normativos establezcan. Todos ellos y ellas deben ser castigados sin excepción.

Al mismo tiempo, si observo que la Nación chilena, esto es, el conjunto de instituciones y órganos que la componen, reparan el daño causado, e incorporan a su funcionamiento regular la memoria de lo sucedido, y crean instancias de control social permanente para que conductas de esta naturaleza no se vuelvan a repetir.

Cuando ello ocurra, podré estar reconciliado con Chile: Fuerzas Armadas y de Orden democráticas, así como todas las instituciones sociales del país al servicio del pueblo de Chile bajo el marco regulatorio de los derechos humanos. De lo que se trata, entonces, es de refundar a Nación sobre bases nuevas.

Creo que todo esto es posible, y por ello, por el bien del país, y en defensa de la Humanidad, pido y seguiré pidiendo ad infinitum, Juicio y Castigo. Nada más, pero tampoco nada menos.

Un abrazo,
Manuel Guerrero Antequera.
-------------

Viaje en silla de ruedas

Las voces resonaban altas y distantes alcanzando ecos sucesivos que se perdían en prolongados silencios.

En el esfuerzo de oír, lo que se escuchaban eran los latidos propios, de adentro hacia afuera, de los sinuosos caminos del alma, del dolor, la incertidumbre. Cada fibra de mi ser marcaba el tiempo ausente, la pregunta lacerante. Era la espera desesperada que se des­usaba sorda y traicionera para, en un recodo del devenir, atraparme, succionándome para siempre.

Manos bruscas me alzaron en vilo y rudamente me hicieron sentarme en una tosca silla que rechinó al soportar mi peso.

Sacudí la cabeza para intentar escaparme de la frazada que hacía las veces de capuchón o escafandra y aislaba mi rostro y ojos del mundo. Fue imposible que cayera, la afirmaban ásperamente.

Una sensación de soledad empezó nuevamente a posesionarse de mí. Era como si los cimientos de mi exis­tencia se extraviaran en los espacios limitados por donde empezó a avanzar la silla. Perdí contacto con la tierra, con la fuerza que imana de nuestros cuerpos hacia ella. Flotaba en una atmósfera extraña, ajena, enrare­cida, donde nada tenía perfiles, sentido, lógica. Era una orfandad de todo. En ese camino se resumían, magnificaban, estrellaban, despedazaban, renacían, agoniza­ban, resurgían todas mis ilusiones, sensaciones, vibraciones.

(He quedado suspendido, sí en el aire, o si quie­res en la nada, siento que una vena cardinal, el esqueleto, las ramificaciones de mi sistema nervioso y sensorial son disecadas y con cuchillo de acerado filo son cortadas, provocándome la efusión de dolores, an­gustias, padecimiento, dejándome inerte en la impoten­cia, en la revisión de lo que he vivido, he sido, creído.

Cómo estar lúcido y ponderado cuando es la vida la que se escapa como arena entre los dedos y el dolor no es una abstracción sino lacerante realidad.

Estoy confundido, atacado por el garrote y los pensamientos contradictorios. Debo resistir, tengo un compromiso con tantos que creen en el valor y la consecuencia. A esta hora Claudio debe estar esperándome, tiene que haberse extrañado cuando no llegué a la hora, al correr del tiempo seguro que se ha inquietado).

- No se lo lleven - se oyó la voz de una mujer desesperada.

Sus sollozos traspasaron la oscuridad y la mortaja para penetrar en mi ser, transitar por mi do­liente cuerpo cuando, aunque fuese momentáneamente, mi pesar y un efluvio de calor, de satisfacción humana, de solidaridad enmudecida me llenó de esperanzas.

En la profundidad de ese hoyo, oculto por falsos nombres, subterfugios represivos, y la omnipotencia del poder, penetró un simple y modesto rayo de luz.

Junto a mi Iágrima había otra lágrima. Al lado de mi desesperación había otra angustia. Mi dolor llegaba a otros cuerpos.

¿Qué significaba todo aquello? ¿Era una pesadilla, realidad, una manifestación de humanidad entre tanta inhumanidad?

Quizás fuera una nueva trampa destinada a atraparme, tendida para llevar al despeñadero mi confusa resistencia.

Me negué a creerlo. Debía haber incluso entre los malvados, o entre sus sirvientes una persona, un verdadero ser humano. Parecía ser la misma voz de una de las enfermeras que me atendieron solícitamente.

El rechinar de las ruedas me hizo volver a la dramática situación.

Volví a penetrar en la boca del túnel. ¿Hacia dónde iríamos, qué vendría a continuación?
En el escenario de mis recuerdos aparecieron mis seres más queridos. Sufría por ellos. Su rememoración me alegraba y entristecía. Era seguro que ellos pade­cían por mí. Pensé en mi compañera y en mi hijo, que con sus ojos de luna buscaría a su padre en las penumbras de la noche.

Por ellos valía la pena vivir y luchar, resistir y no dejarse avasallar. También por mis camaradas. Por los que estaban y los ausentes. Luchábamos por hacer de la existencia una realización y no un tormento.

¿Y cómo era posible, que teniéndolos a todos ellos podía sentirme, aunque fuera transitoriamente, tan solo? Me avergoncé de mí.

Evoqué, otra vez, las banderas al viento, la fra­ternidad de los humildes que un día nos abrieron su casa para guarecernos, la emoción de la victoria y las esperanzas de la construcción de una nueva vida.

Eso éramos. No podrían destruirnos y destruirme.

Pero todo eso era muy lírico y romántico. La rea­lidad era más cruda y descarnada. No quería delatar y tampoco quería morir.

Antes, cuando hablábamos de la posibilidad de ser detenidos y torturados, esto lo percibíamos como una circunstancia muy distante, era una sombra que quería envolvernos en lo desconocido y que eludíamos rutina­riamente.

(De la abstracción a la realidad hay un trecho desconocido, erizado de sorpresas que brotan de la na­da. De lo único que uno está seguro es de adonde uno pisa en ese instante. Qué pasará al segundo siguiente es un misterio, que solo el transcurrir develará. La insegu­ridad y el pánico a lo desconocido es la compañía que se adhiere al alma, cubriéndola de confusos sentimien­tos, de interrogantes y pavores.

Cada hombre requiere tener metas, perspectivas, seguridades mínimas. Al cortarse ese elemento de sustentación vagamos a la deriva, expuestos a los avatares de lo ignorado).

Como manto protector me cubrí nuevamente en el recuerdo......

En Bulnes, en invierno, la lluvia caía inmisericorde, sin interrupción, formando lodazales que sólo las carretas tiradas por bueyes podían superar. Oscurecía temprano y los callejones eran escasamente alumbrados por la mortecina luz de uno que otro farol. Las noches eran negras y solitarias. Los campesinos se recogían temprano a sus moradas.

Transitando por esas calles, saltando charcos, empapados de agua invernal, iluminando el camino con un chonchón, caminaba de la mano de mi hermana Libertad, que con su edad adolescente desa­fiaba las inclemencias del tiempo y de la represión para distribuir casa por casa el diario "El Siglo" que llegaba de tarde en tarde a nuestra región campesina. Para espantar el susto y la soledad, Libertad me hablaba de múltiples cosas, canturreaba con su bella voz diversas canciones, reía de mis tropezones. Ella me llevaba, más que por la ayuda que le pudiera prestar, ya que más bien por mis cortos años debía protegerme, só­lo para sentirse acompañada. Penetrábamos en casas im­pregnadas de olor a humo, a azúcar quemada y mate que los campesinos consumían para combatir el hambre y el frío. Era una alegría inmensa cuando recibían el dia­rio, sus mudos rostros se iluminaban y nos agasajaban con sus escasos medios por ser portadores de la espe­ranza. Nuestra felicidad se colmaba cuando regresába­mos al hogar, que, por duros trances que pasara, siempre tenía, muchas veces por ingenio de mi madre, una tasa de té y pan amasado.

(La casona del viejo Bulnes, con sus paredes de adobe y su patio majestuoso en el centro del cual se encontraba el más maravilloso e imponente naranjo que he visto en mi vida, siempre ha sido un remanso, una parada de frescura en mis congojas. Algún día volveré a ella, y a pesar de que no quede huella de su estructura, estoy seguro de que la hallaré por el viejo naranjo y por el espacio que ocupa en mi memoria).

Entremezcladas con las voces de los campesinos de Bulnes que hablaban del titular de "El Siglo", llega­ban a mí otras voces. La de mi padre, que en su pere­grinar de escritor hacedor y vendedor de libros ha re­corrido Chile entero, llevando siempre consigo a uno de sus hijos. Por él conocimos el Partido, su historia y lucha; transmitió sensibilidad para conmovernos ante la injusticia y sobrecogernos ante la belleza. Un arco iris sureño nacido por arte de magia en esas tardes profundas, en que la tierra expele todos sus aromas, bastaba para que descendiéramos de un tren y nos quedáramos absortos mirándolo, debiendo resolver después, como fuera posible, la continuación del viaje.

Infinitas veces lo acompañé es sus coloquios con los campesinos, que a pesar de su habitual mutismo, abrían su corazón y pensamiento a este amado padre nuestro, escritor de sus pesares, luchas y sueños.

Un lazo de fuego me unía a ellos, y su flama ilu­minaba mi oscuridad. Era una cadena única y total de relación entre el Partido, mi hogar, mi esencia humana.

La silla giró bruscamente. Volví a sentir las ruedas que trepidaban en las baldosas. A mi alrededor se escuchaban retazos de palabras, trajín cotidiano.

Yo pensaba en las miradas de los curiosos con que tropezábamos. Les llamaría la atención ese bulto bajo vigilancia, o eso sería habitual en el tránsito de la muerte que circulaba por esos pasadizos del terror.

-"No se lo lleven, no se lo lleven"- seguía oyen­do, aunque eso debía haber sido hace rato, la voz de la mujer, que quizás venciendo el miedo dio paso a un oculto sentimiento de piedad y solidaridad.

La desesperanza desapareció momentáneamente y no sé porqué me sentí útil y valeroso. Ya no me sentía totalmente perdido, desaparecido. El recorrido llegó a su fin. Fui levantado como un paquete y arrojado a un vehículo, que partió rápidamente.

- Ya, Pedro González, continuamos el viaje.

Aunque no sabía hacia dónde, me sentí acompañado.

Manuel Guerrero Ceballos, 1976.
[Sigue leyendo Visión de Santiago]