26 marzo 2012

Algo sobre mi padre #29deMarzo

Mi padre Manuel Leonidas Guerrero Ceballos nació el 25 de junio de 1948. Cuarto hijo de una familia modesta de ocho hermanos, de pequeño participó en los viajes que realizaba mi abuelo, Manuel Guerrero Rodríguez, periodista y escritor autodidacta, con ocasión de la venta directa de los libros de su autoría. Por medio de ellos conoció desde niño las precarias condiciones de vida del proletariado urbano y rural de Chile, las que eran aliviadas por la tierna compañía de mi abuela costurera, Herminda Ceballos. Un personaje fundamental en el crecimiento de mi papá fue su abuelo, el zapatero Manuel Jesús, quien había sido miembro activo de la Sociedad de Artesanos “La Unión” y de la Federación Obrera de Chile en los años veinte.


En una ocasión, cuando mi viejo era un niño de apenas seis años, se trasladó con su padre donde unos parientes campesinos quienes ensacaban granos de paja trillada para trasladarlos, en carreta, hasta la bodega de una casa. Mi papá entusiasmado ofreció su hombro para que se le cargara un saco. Los campesinos sonrieron y Rosario del Carmen, la dueña de casa, para no desanimar los deseos de colaborar del niño, le confeccionó un pequeño saco que llenó con granos. Él, entonces, entre las risas y congratulaciones de los campesinos pobres, corrió saco al hombro junto a los cargadores simulando un gran peso en su espalda, serio y feliz a la vez.

En otra oportunidad, la familia de mi papá ocupó una casaquinta en Bulnes, donde mi abuelo, conocido como “Don Manuel” se encargaba de preparar y publicar ediciones especiales para el diario “La Discusión” de Chillán, mientras mi abuelita Herminda criaba gallinas ponedoras, cerdos, pavos y gansos para asegurar el alimento. Mis tíos Libertad y Máximo, hermanos mayores del pequeño Mañungo, asumieron la tarea de salir a vender el semanario “El campesino” que editaban los trabajadores del agro de la zona. Mi papá era aún tan chico que no estaba ni siquiera en condiciones de darles de comer a los habitantes del gallinero y del chiquero, sin embargo, ya se sentía preparado para salir a la calle a gritar “¡El Campesinooooo!”. Tal fue su insistencia, que pronto se le pudo ver en noches de lluvia intensa corriendo entre sus hermanos, portando el farol que iluminaba el camino de la pareja infantil que repartía el diario entre los hogares de los trabajadores rurales.

Luego de completar su instrucción primaria en Valparaíso, mi padre ingresó a estudiar para profesor en la Escuela Normal “José Abelardo Núñez” de Santiago. Su personalidad, que es recordada por sus amigos como carismática, y su conducta siempre consecuente le valieron pronto ser elegido presidente de la Federación Nacional de Estudiantes Normalistas.

Ambas actividades, estudiar y dirigir al movimiento estudiantil, las asumió con total entrega y sentido de responsabilidad. Sin embargo, los continuos viajes a las distintas regiones del país donde había Escuelas Normales le significó llegar al fin del penúltimo año académico con un alto número de inasistencias, antecedente que fue utilizado por la dirección del establecimiento para tratar de obligarlo a repetir algunos cursos, a pesar que presentaba excelentes notas.

Mi Tata, Don Manuel, fue mandado a llamar para comunicarle que el hijo no se conformaba con tal decisión. Sorprendido, le solicitó a Manuel Leonidas -mi papá- ante el superior de la Escuela, que le contara si era o no verdad el asunto de las inasistencias. Mi viejo entonces afirmó haber recabado autorización escrita de cada viaje que había efectuado. Por ello, ante el asombro del director, mi abuelo dio fe de que la versión de su hijo era la que se ajustaba a lo sucedido, reclamando la revisión de los libros de clases y el archivo de justificativos de las inasistencias. El Director irritado pidió llamar al Secretario General de la Escuela, quien delante de los tres revisó y comparó fechas, mientras el directivo alegaba que mi abuelo mejor haría en preocuparse de las actividades de agitación que realizaba su hijo en todas las Escuelas Normales del país en vez de poner en duda a una autoridad. “En votación libre y directa esos estudiantes en todas las Normales le eligieron su presidente, señor, y sin que él les agitara”, le contestó mi abuelo. El Secretario General, finalmente, solicitó permiso para hablar y manifestó que todas las justificaciones coincidían con las inasistencias. Al señor Director, entonces, no le quedó más que disculparse por “el involuntario error”. Mi papá abrazó a mi abuelo, quien en uno de sus escritos recuerda que el hijo le comentó: “Toda verdad es indestructible, siempre. Por ello es que debe ser defendida en todo momento. Cuidé las notas de mis ramos para tener en qué apoyarme ante una emergencia. Gracias, papá. ¡Un buen dirigente estudiantil, un mejor alumno!”.

Siendo aún adolescente, a los 16 años de edad mi papá fue elegido miembro del Comité Central de las Juventudes Comunistas de Chile (JJCC) a las que había entrado a militar a los 14 años. Se recibió como profesor primario a los 18 años de edad, momento en que fue elegido, además, como el miembro más joven de la Comisión Ejecutiva de las JJCC y nombrado Encargado Nacional de Estudiantes Secundarios de esa organización.

Las dotes de líder de masas de mi viejo sería una característica que lo identificaría a lo largo de toda su vida. Muy joven aún, fue invitado a un encuentro mapuche en la zona precordillerana de Osorno. Los hulliches habían constituido un poblado con vista al lago Puyehue e iban a inaugurar una escuela para los niños de la zona. En una gran sala, que era toda la infraestructura de aquella nueva escuela, se reunieron los profesores preescolares que habían sido seleccionados de entre los miembros de la comunidad. Mi papá se dirigió entonces a los profesores y el espíritu animoso y sensible de sus palabras conmovió a los jóvenes huilliches que le solicitaron narrarles asuntos del país y de otros continentes. Mi padre destacó aspectos de su escuela, las enseñanzas surgidas de la historia patria, les recitó versos de autores nacionales, les sintetizó biografías de hombres ilustres. Les compartió historias de las luchas sociales de los trabajadores.

El entusiasmo de quienes lo escucharon desbordó la escuelita, y jóvenes a caballo partieron a otros poblados y reducciones de hasta seis u ocho leguas de distancia para traer más gente al encuentro. A las dos noches siguientes, mi papá, ante un nutrido conglomerado de jóvenes indígenas, les contestó las preguntas más diversas hasta el amanecer. Luego hubo abrazos, guitarras, cultrunes, bailes. Promesas de amistad permanente. Lágrimas de felicidad. Asentamiento de su verdad étnica.

Pocos meses antes del triunfo presidencial de Salvador Allende, mi papá se casó con la futura profesora Verónica Antequera, mi madre, con quien, al poco tiempo, tuvo a su primer hijo, que soy yo, Manuel Eduardo. La joven pareja se descubrió al calor de las actividades políticas que se realizaban a fines de los años sesenta con ocasión de las protestas contra las guerras imperialistas, contra los latifundistas, y a favor de la causa de los trabajadores. Mi padre, viniendo de una familia de extracción proletaria con profunda conciencia social, no tuvo inconvenientes en acercarse a la Vero, cuya familia era de clase media acomodada.

Tal diferencia de clase, sin embargo, dio pie para más de alguna sorpresa que mis abuelos maternos tuvieron que aceptar por amor al nuevo yerno. A la fecha del matrimonio, los microbuseros de Santiago se habían lanzado en huelga general, y mi papá debía cruzar, desde la popular comuna de Maipú, todo Santiago para llegar al registro civil de la comuna de Independencia, donde se realizaría la boda. Muy elegantemente vestido, de camisa y corbata, mi papá intentó avanzar algo caminando, pero la distancia era mucha como para recorrerla a pie y llegar a tiempo. De pronto, un camión de la basura se detuvo en la esquina en la que mi viejo esperaba que apareciera algún vehículo de locomoción colectiva que lo pudiera llevar. El copiloto del camión le preguntó a gritos que porqué iba tan pintoso y mi papá le respondió la verdad, que se iba a casar y no tenía como llegar al registro civil. Acto seguido, entre risas y bromas, los trabajadores lo invitaron a subirse al camión y se lo llevaron, sin detenerse en el camino, hasta al lugar mismo de la boda, donde lo vieron llegar mi mamá junto a su familia.

Durante el Gobierno de la Unidad Popular, el Ministerio de Educación designó a mi papá a cargo de la Organización Nacional de los Trabajos Voluntarios, desde donde coordinó, junto al Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, el general Carlos Prats, el viaje de 55.000 jóvenes voluntarios al sur del país, que ayudaron a construir y levantar, entre otras obras, la línea férrea de Cabildo. Desde tal posición directiva, mi viejo lideró, junto a otros compañeros, la democratización de la alta cultura en Chile, esto es, logró que el Teatro Municipal de Santiago, símbolo de distinción de la alta aristocracia criolla, abriera sus puertas a los sectores populares para que pudieran disfrutar del ballet, y consiguió que los representantes de la Nueva Canción Chilena -como Victor Jara, Inti Illimani y Quilapayún-, junto a los de la Nueva Trova Cubana –como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés-, cantaran por primera vez en las elegantes salas para un público repleto de entusiastas jóvenes trabajadores.

Tras el golpe militar de 1973, mi papá vivió en la clandestinidad, asumiendo la dirección nacional de las JJCC tras el asilo forzado de la secretaria general de dicha organización, Gladys Marín, y de la desaparición, en Marzo de 1976, del cuñado de mi viejo, mi tío artesano mueblista José Weibel Navarrete. A pesar de la vida bajo tierra, mi padre no dejó de hacer clases y de mantenerse junto a nosotros. Si bien, como medida de seguridad, nos vimos obligados a cambiarnos de comuna constantemente, lo que implicó el cambio de varios mis colegios en primero básico, mi viejo siempre se las jugó para mantener a su familia unida. Ávido lector de Neruda, aprovechó cada momento de descanso en que podía detener su intenso trabajo político, en aquellos años de terror en los que mes a mes iban desapareciendo los amigos de su generación, para continuar cultivándose y no dejarse desfallecer. Mi padre era un convencido de la importancia del estudio constante para poder comprender las cada vez más cambiantes circunstancias de la historia, y era de una firmeza de principios inclaudicable.

En la mañana del 14 de junio de 1976 mi papá fue secuestrado en plena vía pública, luego que de una renoleta color celeste se bajaran dos jóvenes que lo golpearon y balearon en el tórax ante los gritos de mi mamá que estaba embarazada de la que luego sería mi hermana América. Desesperada, esa misma tarde mi mamá llegó hasta las oficinas del presidente de la Corte Suprema, José María Eyzaguirre, quien luego de oír impactado su relato, se comunicó en su presencia con el coronel Manuel Contreras para investigar si la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) había sido la autora de la detención de mi padre. Al conocer la negativa de éste, José María Eyzaguirre se comunicó con el Ministro del Interior, teniendo el mismo resultado. En aquellos mismos días se efectuaba una reunión de la Organización de Estados Americanos, en la que los representantes del régimen militar insistieron que no existían recintos secretos de detención.

Durante los días en que estuvo detenido desaparecido, mi papá fue duramente interrogado en el centro de torturas que hoy conocemos como “La Firma” –en calle dieciocho, en el centro de Santiago- y en el Hospital de Carabineros. Luego, permaneció siete días incomunicado en el campo de reclusión “Cuatro Álamos”. Fue el único que salvó con vida de las manos del ahora conocido “Comando Conjunto” debido, en parte, a rencillas internas de los aparatos represivos de la dictadura. Cuando el coronel Manuel Contreras supo, a través de la llamada del presidente de la Corte Suprema, que uno de los principales dirigentes de las JJCC, a quien sus hombres buscaban intensamente, se encontraba en poder de un Comando que no estaba bajo su mando –el Ejército- sino de la Fuerza Área, la Armada y Carabineros –de ahí el nombre “Comando Conjunto”-, enfureció y movió todos sus contactos y exigió que el director de la Dirección de Inteligencia de la Fuerza Área (DIFA), general Enrique Ruiz Bunguer, y el director de la Dirección de Inteligencia de Carabineros (DICAR), le entregaran a Guerrero. La presión pública, generada por mi mamá y mis abuelos, y la propia desarrollada por Contreras, se hizo insostenible hasta que la DICAR debió asumir su detención. Por ello el 18 de junio de 1976, estando mi papá en el Hospital de Carabineros con la bala aún enterrada en la axila, el general Romero debió entregarlo a la DINA.

Sin embargo, de nada de esto sabían mi mamá y mi abuelo, quienes recorrieron todos los centros de información de detenidos, hasta que, sorpresivamente, el 26 de junio de 1976, mi mamá recibió una llamada telefónica del campo de concentración “Cuatro Álamos”, en la que una voz anónima le comunicó que mi padre había aparecido en ese lugar. Al día siguiente visitamos a mi papá, quien aún tenía la bala en el cuerpo. Ahí, en el patio del campo de concentración, junto a mis abuelos, pudimos conocer los detalles de las horrendas torturas a las que había sido sometido, de las cuales yo en ese momento no es mucho lo que pude retener –tenía seis años y mi papá se cuidaba de hablar delante de mí con detalle-. Más adelante fui conociendo, de a poco, el infierno por el que había pasado papá, sobre todo cuando le consultaba a mamá porqué papá saltaba tanto y gemía estando dormido.

El lunes 28 de junio de 1976, mi padre, prisionero, fue examinado por los doctores Alfredo Montiglio Espinger, asesor sanitario del Servicio Nacional de Detenidos, y el doctor Cesáreo Roa Muñoz, del Hospital de Carabineros, quienes determinaron que debía ser trasladado al hospital de la FACH para extirpar el proyectil. A su regreso al Tres Álamos, se le notificó que estaba detenido en calidad de activista comunista. Durante su secuestro y todo el período de desaparición nunca, hasta el día de hoy, se le presentó un cargo en contra, ni orden judicial, nada.

El 28 de julio de 1976, el presidente de la Corte Suprema, José María Eyzaguirre, apareció en el campo de prisioneros políticos de “Tres Álamos” como parte de su tradicional visita anual a las cárceles. Allí pudo conocer personalmente al hombre por el cual había intervenido aparentemente sin resultado. En esa ocasión, mi papá, corriendo riesgo para su vida, le relató -ante los militares que lo custodiaban y las demás personas que estaban ese día de visita- en detalle la tortura, las referencias que sus captores habían hecho sobre los detenidos desaparecidos José Weibel y Luis Maturana, y acerca del centro secreto de detención, hoy conocido como “La Firma”. Pidió incluso una investigación por el posible delito de homicidio frustrado y apremios ilegítimos.

Como consecuencia de aquella interpelación pública, el presidente de la Corte Suprema se vio obligado a oficializar el inicio de una investigación inédita en dictadura, en la que, apoyándose en el relato detallado de mi padre, y contra lo que señalaba públicamente el régimen militar ante los organismos internacionales, afirmó la existencia de lugares de tortura que no habían sido declarados y que los desaparecidos se encontraban en algunos de ellos. Producto de esa investigación se supo que quienes habían detenido a mi padre la mañana del 14 de junio de 1976 habían sido agentes del Servicio de Inteligencia Naval y que luego fue puesto a disposición de la DINA, es decir del Ejército, de conformidad con la Orden Secreta N°35-F-330, del 22 de noviembre de 1975, de los Ministerios del Interior y de Defensa Nacional. De este modo supimos que padre, durante su detención y tortura, había pasado por las manos de agentes del conjunto de las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden del país.

Debido a que la Marina fue mencionada como autora de la detención, la Fiscalía Naval de Valparaíso pidió el traslado de la investigación iniciada a su jurisdicción, por lo que mi padre, en vez de ser liberado como ocurrió con la mayoría de los presos políticos como un gesto de la dictadura a los organismos internacionales, fue trasladado en secreto, la madrugada del 17 de noviembre de 1976, de “Tres Álamos” al Campo de Prisioneros de Puchuncaví. Ese mismo día el Ministerio del Interior le había concedido la libertad junto a otros 129 prisioneros.

Sus familiares nuevamente tuvimos la angustia de que estaba detenido desaparecido y comenzamos su búsqueda sin resultado, hasta que una llamada anónima le comunicó a mamá sobre el mencionado traslado. Eso fue de madrugada, e inmediatamente mi madre me tomó de la mano, y junto a mi abuela materna y mi recién nacida hermana América de un mes de edad, viajamos a Puchuncaví, pero sólo encontramos un campamento vacío y buses que se llevaban a todos los prisioneros para su liberación. Pero de mi padre nadie sabía nada. En la desesperación mi mamá nos tomó a mi hermana y a mi y se enfrentó a un Jeep que salía a toda velocidad del campo de prisioneros repleto de uniformados armados. Mi madre estaba dispuesta a que muriéramos atropellados y solo nos dijo que no nos iríamos sin mi padre de allí.

Por fortuna el Jeep se detuvo ante nosotros, y en una especie de milagro, en la parte trasera del vehículo pudimos divisar la silueta de mi papá. Corrimos a ver y efectivamente ahí estaba papá rodeado de marinos armados. Cuando los marinos supieron que se trataba de los familiares del detenido, nos comunicaron que se lo llevaban al Fuerte Silva Palma de Valparaíso. Mi madre le mostró a quien estaba a cargo del Jeep la publicación del Diario Oficial en que el nombre de mi padre aparecía entre quienes debían ser puestos en libertad, a lo que le contestaron que debía tratarse de una equivocación, por que a él se le seguía un sumario en la fiscalía militar en Valparaíso, pues se le acusaba del delito de calumnia por denunciar que había sido torturado.

Así es que, como ahora nosotros éramos testigos de su irregular traslado, nos subieron a todos al Jeep y quedamos detenidos en un calabozo en el Fuerte Silva Palma. A mi padre lo pusieron en una celda solo, y nosotros –mi madre, mi abuela, mi hermanita América y yo de seis años- estuvimos durante dos días y una noche en un calabozo que estaba repleto de jóvenes marinos que habían sido convertidos en prisioneros por negarse a colaborar con el golpe militar y la represión. Muchos de ellos hoy están detenidos desaparecidos y yo considero que son Héroes de la Patria.

Sólo el día 19 de noviembre de 1976 mi padre pudo finalmente salir libre cuando el Juzgado Naval de Valparaíso certificó que no había cargos en su contra.

Del período de detención, mi padre me contó –y luego dejó registro escrito de todo ello en su libro “Desde el túnel”- que durante el tiempo que estuvo incomunicado en “Cuatro Álamos”, estuvo encerrado en una pequeña celda con piso de baldosa y para no decaer y superar la incertidumbre de una próxima tortura o ejecución, se auto impuso un estricto programa de trabajo que consistió en levantarse cuando consideraba que probablemente era de mañana, hacer su cama, simular que se lavaba la cara y los dientes –no tenía implemento alguno, por lo que solo hacía la mímica-, arreglarse el pelo, obligarse a hacer algo de ejercicio –aun estaba con la bala en el cuerpo-, y luego ponerse a cantar. Debo reconocer que mi padre nunca fue un muy buen cantor, pero le tenía un profundo amor a la música, particularmente la popular. Entonces, en voz alta, ante la mirada atónita de sus vigilantes, entonó cada día la “Internacional”, canciones de la Guerra Civil española, y toda melodía que se le viniera a la mente. Acto seguido, se dedicaba a limpiar, de modo minucioso, cada baldosa del piso. Una de las cosas que le causó mayor impresión fue encontrar, en las paredes de la celda, algunos mensajes de personas que habían estado ahí antes que él. Él sabía que muchos de los autores de aquellas letras garrapateadas eran compañeros que estaban desaparecidos.

Para mi estos relatos tienen una carga de vida incuantificable. Imaginarlo limpiando cada baldosa como una forma de aferrarse a la vida, luego de cantar las canciones que le reafirmaban su pertenencia a su militancia, organización y compromiso, son una muestra de amor y entrega frente a la cual cualquier represión será siempre infructuosa. Como decía tiempo después el filósofo francés Michel Foucault, te pueden someter a la fuerza, pero siempre tienes la opción de no dejarte domesticar por el poder. Mi padre resistió todos estos embates porque creía firmemente en la justeza de la causa que lo animaba desde pequeño, la causa de la libertad y la justicia social.

Cuando luego fue finalmente reconocido como preso político, y fue trasladado al campo de concentración de “Tres Álamos”, mi padre se incorporó a los talleres de artesanía y en ellos pudo enseñar a los demás presos todas las técnicas que había aprendido en los tiempos de la Escuela Normal. Los bolsos de cuero, de distintos tamaños y diseños, que salieron de sus manos eran entregados, durante las visitas, a mi madre Verónica, y una vez recibidos en casa, yo con seis años de edad, en pleno estado de sitio, salía asumió la a venderlos en el barrio para juntar algo de dinero para la familia. En mi mente tengo absolutamente nítidas las conversaciones que tuve con la gente que salían abrirme la puerta y miraban atentas los hermosos bolsos de cuero, muy distintos a los de la cultura consumista que estaba instalando en Chile con esa estética sin identidad. Estoy seguro que en mis ojos veían que los artefactos de cuero eran un pedazo de mí, que venían de alguien muy querido, pues los pude vender todos, sin excepción. Hay mucha gente desconocida por ahí que me regaló una moneda incluso sin aceptarme los bolsos. A todos ellos les guardo un amor tremendo. La condición humana puede ser muy pérfida, como tuve ocasión de comprobar más de alguna vez. Pero también tiene estos destellos de solidaridad anónima que la dignifican y animan la lucha de quienes, como los revolucionarios, se juegan el pellejo por la emancipación.

A fines de noviembre de 1976, finalmente pudimos salir, junto a mi padre, madre y hermanita, rumbo a Suecia, bajo el amparo del Comité de Migraciones Europeas. En el trayecto, el avión hizo escala en un país africano y se detuvo por algunas horas para cargar combustible. Bajé del avión junto a papá para estirar un poco el cuerpo. Ahí nos topamos, en el hall central del aeropuerto, con un hombre alto, de tez negra, que vendía productos típicos de su país. Mi padre se le acercó curioso, pero se vio frenado por mi mano de niño que se resistía a ir con él. Yo nunca había visto a un hombre negro en toda mi vida. El vendedor, que se dio cuenta de la situación, entretenido me extendió su mano en señal de amistad, pero yo escondí asustado la mía. Ante eso, mi papá pacientemente me explicó que todos los hombres somos lo mismo, seres humanos, y aunque cada uno sea diferente en su aspecto y costumbres, siempre hay que tener presente que el otro es un igual. Para darle mayor énfasis pedagógico a estas ideas, mi papá le guiñó el ojo al vendedor y se tomaron de la mano como viejos amigos. Luego de ello me invitó a que hiciera lo mismo. Ya estimulado por el ejemplo de papá, le di la mano al vendedor, pero no pude evitar mirarme luego la mía para comprobar si se había manchado. El vendedor, mi papá y la gente que se había agolpado a observar esta pequeña escena no pudieron reprimir la risa.

En el exilio, mi padre se dedicó fundamentalmente a denunciar los atropellos a los derechos humanos en Chile, y a coordinar actividades de solidaridad mundial desde su cargo de encargado internacional de las Juventudes Comunistas. Publicó, además, el libro testimonial “Desde el túnel”, que narra la detención que sufrió en 1976, y en forma diaria se dirigió a los jóvenes de Chile a través de la señal de Radio Moscú infundiéndoles valor y esperanza en la capacidad del pueblo trabajador para retomar la lucha por sus derechos.

En 1982, tras haberse separado de mi madre, retornó a su querido país, haciéndose inmediatamente parte del movimiento gremialista del magisterio. Sin embargo, junto a su nueva compañera, Owana Madera, tuvo que hacer frente a continuas órdenes de detención y seguimientos. Participó de la creación del Movimiento Democrático Popular y asumió con liderazgo indiscutido la presidencia del Consejo Metropolitano de la Asociación Gremial de Educadores de Chile, AGECH. Esta vez tampoco, sin embargo, dejó de lado su actividad favorita de profesor primario, trabajando primero en un liceo de Conchalí y luego en el Colegio Latinoamericano de Integración, donde pude compartir con él como alumno y conocer otra faceta de su actividad.

Con Owana se habían conocido durante el exilio en Budapest, Hungría. Los ojos intensos de esta joven chilena de origen nortino -hermana del Pato Madera, uno de los muralistas fundadores de las Brigadas Ramona Parra y yunta con mi padre- así como el entusiasmo con que ella asumía el trabajo con los niños, lo cautivaron y enamoraron. Muchos fueron los poemas de amor que le escribió mi padre a Owana, y siempre se les pudo ver juntos, acompañándose, incluso bajo Estado de Sitio.

Yo había conocido a Owana también en Hungría, cuando ella era la encargada de pioneros de la comuna donde yo vivía. Muy atractiva, todos los preadolescentes chilenos que hacíamos actividades con ella la mirábamos fascinados, que es como aún hoy miro a la bella Owana. Ella, como mi mamá, toca guitarra, canta y es muy buena para reírse. Los años que mi padre estuvo junto a ella siempre lo vi feliz, profundamente enamorado, por lo que junto a América siempre le estuvimos agradecidos a Owana y le tomamos muchísimo cariño.

En 1984 mi padre fue contactado, junto a su antiguo amigo y camarada José Manuel Parada, por la periodista Mónica González, quien tenía en su poder un largo testimonio de Andrés Valenzuela, alias “el Papudo”, un ex agente del Comando Conjunto que había participado en la detención de mi padre en 1976. Papá y José Manuel venían trabajando hacía años en la recopilación de testimonios de personas que habían sido víctimas de la represión, mi padre desde el exterior y José Manuel con base en el centro de Documentación de la Vicaría de la Solidaridad. Por lo mismo, ambos fueron uno de los primeros en darse cuenta que existía un organismo represor transversal que integraba a agentes de todas las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden, el “Comando Conjunto”. El testimonio de Andrés Valenzuela requería ser verificado, razón por la cual Mónica González les pidió a ambos que lo validaran. El relato resultó verídico, y en él no sólo se señalaban los nombres de los agentes del Comando, sino que por primera vez se conocía el destino final de muchos detenidos desaparecidos, compañeros de juventud de ambos.

En octubre de 1984, Mónica González, mi papá y José Manuel decidieron publicar el relato apenas Valenzuela estuviera fuera del país. Sin embargo, el régimen militar decretó Estado de Sitio y prohibió la circulación de las revistas de oposición Cauce, Análisis, Apsi y Hoy. Si bien Andrés Valenzuela logró salir del país, la publicación de su testimonio se produjo en forma no programada, lo que puso en alerta a los agentes activos del “Comando Conjunto” quienes iniciaron la búsqueda del único sobreviviente del mismo, Manuel Guerrero Ceballos. En una extraña coincidencia, por orden directa del Augusto Pinochet, el Ministro del Interior –Sergio Onofre Jarpa- decretó una orden de captura contra mi papá, quien junto a Owana, nuevamente se vio obligado a vivir en la clandestinidad.

A esa fecha yo estudiaba en el Instituto de Estudios Secundarios de la Universidad de Chile, ISUCH, un colegio vinculado a la Facultad de Arte de la Universidad de Chile que estaba dirigido a estudiantes con talentos y dedicación a la música y la danza clásica. Yo desde los ocho años de edad estudiaba guitarra clásica, por lo que cuando llegamos a Chile junto a mi madre y hermana siguiendo a mi padre en 1982, di el examen y me incorporé al ISUCH y al “Conservatorio”.

Como todo estudiante de música “docta” le dedicaba varias horas al día a practicar la guitarra y estudiar solfeo y armonía. A eso me quería dedicar para toda la vida y, mi maestro, Ernesto Quezada, me alentaba, pues estaba convencido que tenía especial talento para las seis cuerdas.
Mi padre era el encargado de conseguirme las fotocopias para las partituras que eran carísimas y escasas. Sin ellas era imposible estudiar, por lo que no podía fallar, de lo contrario se debía enfrentar a mi desazón y a las penas del infierno de mi madre! A último minuto, con escasas horas de anticipación a mis clases mi padre llegaba con las fotocopias y yo me encerraba a practicar de cabeza. Lo divertido de la situación es que las fotocopias eran de pésima factura, pues mi padre contaba con nada de recursos, de hecho no almorzaba, decía que “como loro, pasaba por el alambre”. El pentagrama, los sostenidos y bemoles, las notas musicales, los fortes y los crescendo se confundían en unas fotocopias donde la tinta apenas se había fijado por la mala calidad de la hoja. Así es que ahí me encontraba como Champoleon descifrando las obras de Carcassi y Mauro Giuliani e inventando versiones propias de los pasajes que no lograba leer… Mi maestro me miraba y movía su cabeza, pero me tenía tal cariño y fe que amablemente repasaba con su lápiz grafito las partituras para que las piezas sonaran como debían. ¿Dónde diablos imprimía mi padre tan malas fotocopias? ¡Ya me imagino a mi padre pidiéndole a los compañeros de su Partido que en las imprentas que editaban clandestinamente miles de miles de panfletos llamando al Paro Nacional por favor le imprimieran una partitura de guitarra clásica!

Sin embargo, la historia familiar, así como la propia situación nacional que estaba muy convulsionada en los esfuerzos del pueblo chileno de derrotar la dictadura, me llevaron a entrar a militar desde los 14 años –igual que mi padre en su época- en las Jota, como le decíamos cariñosamente a las Juventudes Comunistas de Chile. La misión era democratizar los Centros de Alumnos que habían sido prohibidos por el régimen. Las largas asambleas, marchas, concentraciones y reuniones comenzaron a mermar mi desempeño en el Conservatorio. Mi maestro, con mucha preocupación y cariño, nos planteó a mi madre y a mi: “Manolito tiene que optar, tiene que darse cuenta que se tiene que casar con la guitarra”. La verdad es que yo amo la guitarra, hasta hoy, pero el compromiso social y político era la opción que creí que debía tomar en ese momento. Ello implicó, no obstante, que me salí de una carrera profesional que se comienza de muy pequeñito y que no admite interrupciones.

En diciembre de 1984, estando en pleno Estado de Sitio, las distintas generaciones de la familia Guerrero Ceballos nos reunimos en la antigua casa de Maipú a celebrar la llegada del nuevo año. Ahí estuvo mi Tata, Don Manuel, con la abuelita Herminda, rodeados de sus hijos y nietos, entre ellos América y yo. Si bien todos teníamos profundos deseos de sentirse felices por estar reunidos, faltaba el Checho que estaba desaparecido, Máximo y Pablo que estaban en el exilio, y mi papá que vivía de casa en casa, escondido. La fuerza de esta familia había sido puesta a prueba durante toda su existencia, pero esta incertidumbre por la vida de mi padre para todos era muy difícil de sobrellevar. Sin embargo, de pronto un vehículo conducido por el menor de los Guerrero Ceballos, mi tío Pancho, entró hasta el fondo de la casa, lo que no era su costumbre habitual. Se bajó un poco nervioso del auto y abrió la maletera. Los que pudieron se acercaron a ver qué regalo o sorpresa traía dentro. Sólo se vieron frazadas, pero estas se comenzaron a mover y por debajo de ellas apareció un rostro dulce, muy conocido por todos: era mi padre. Arriesgando su vida había venido a abrazarnos a sus hijos, padres y hermanos que no veía hace meses. Aquellas fueron horas hermosas, que en medio del espanto y el horror, abrieron un espacio de ternura en nuestro hogar, y la familia reunida, de abuelos, padres, hermanos, hijos, nietos y sobrinos nos abrazamos emocionados deseando que el año que comenzaba fuera el año de conquista de la democracia por parte de los trabajadores.

En aquella ocasión con mi hermana América no dejamos de aferrarnos a las piernas, cintura, brazos y cara de mi papá. Cantamos, como de costumbre, junto a Owana y luego lavé con mi papá decenas de decenas de platos mientras nos contaba de sus peripecias. Estaba muy sereno. Lo queríamos un montón. Fue el último año nuevo que pasamos juntos.

En enero de 1985, la Vicaría de la Solidaridad presentó el testimonio de Andrés Valenzuela, debidamente protocolizado, ante los tribunales de Justicia, pidiendo la designación de un ministro en visita para que investigara los hechos allí relatados, solicitud que, sin embargo, como era la práctica habitual, fue rechazada.

A principios de marzo de 1985, el Ministerio del Interior alzó la orden de aprehensión contra mi padre, quien inmediatamente se reincorporó a sus actividades docentes en el Colegio Latinoamericano de Integración y a la actividad gremial en la AGECH.

Sin embargo, desde ese establecimiento educacional, las puertas de mi colegio, el día 29 de marzo del mismo año, luego de conversar cortito conmigo y darme un beso como acostumbraba hacer, mi papá fue secuestrado junto a José Manuel Parada, quien iba a dejar al colegio a su hija Javiera. El día anterior, varios dirigentes de la AGECH habían sido raptados y luego interrogados en “La Firma”, el antiguo cuartel del Comando Conjunto, convertido ahora en central de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (DICOMCAR). El publicista y artista plástico Santiago Nattino también había sido secuestrado horas antes.

Luego de 24 horas de intensa búsqueda y manifestaciones masivas para que sus raptores nos devolvieran con vida a José Manuel y Santiago Nattino y a mi padre, el 30 de marzo de 1985 aparecieron sus cadáveres degollados y desangrados, con marcas de tortura, en las cercanías del aeropuerto internacional de Santiago, en la comuna de Quilicura. En el triple secuestro y homicidio, conocido como el “caso degollados”, participaron varios de los mismos agentes del “Comando Conjunto” que habían secuestrado, baleado y torturado a mi padre el año 1976. Hoy la mayoría de ellos cumple condena en la cárcel de Punta Peuco, más no así los autores intelectuales del crimen que gozan de impunidad.

En esos días tristes pude comprobar el grado de conmoción que tuvo el pueblo chileno y la comunidad internacional ante esta pesadilla hecha realidad. Manifestaciones masivas por todo el globo recorrieron las calles asumiendo una de las frases que mi papá había pronunciado en una ocasión en un discurso ante los profesores: “¡Revanchismo jamás! Queremos Justicia, nada más, pero tampoco nada menos.” Muchos fueron los jóvenes patriotas que a raíz de este acontecimiento se hicieron parte de la lucha antidictatorial, y la romería y el entierro multitudinario fue una muestra rotunda de que la unidad del movimiento opositor a la dictadura era posible. De este modo, creo, la muerte de mi padre, José Manuel y Santiago, trajo vida: la caída de la dictadura debía ser inminente.

Al poco tiempo del asesinato de mi padre, Owana dio a luz a Manuela Libertad, mi nueva hermanita, hija póstuma, símbolo de vida, del joven luchador, el Mañungo, que no estando nos sigue acompañando, dando luz, fuerza, corazón y razón para cada una de nuestras pequeñas vidas.

6 comentarios:

Simone dijo...

Al leer estas líneas siempre me acuerdo de ti en las clases q nos impartías en la Escuela de TS de la UC... Las ganas que le ponías y pones cuando haces clases abren paso para imaginar cómo era tu papá y lo parecido q eres a él.
Grande profe, grande Manuel(es) padre e hijo!

Pachi dijo...

Muy bonito Manuel. El relato se vive línea a línea. A pesar de yo haber sido muy chica en ese tiempo, tengo el recuerdo vivo de tu papá a la entrada del colegio. Un abrazo fuerte.

Anónimo dijo...

Excelente relato para que las nuevas generaciones de chilenos entiendan lo que significó vivir, sobrevivir y morir en busca de un camino que liberase a Chile de los genocidas que perpetraron el fatídico Golpe de Estado contra el presidente constitucional, Dr. Salvador Allende.
Al igual que Manuel Guerrero, Santiago Natiño y José Manuel Parada, cobardemente asesinados, otros miles de compatriotas pagaron con sus vidas el "pecado de pensar diferente".

Anónimo dijo...

MANUEL, GRACIAS POR COMPARTIR PARTE DE TUS VIVENCIAS CON NOSOTROS. POR LO LEIDO, AL ESCRIBIR SOBRE TUS ABUELOS POR PARTE DE MADRE, PUSISTES "PATERNOS TUVIERON QUE ACEPTAR POR AMOR AL NUEVO YERNO". UNA LETRA HACE QUE SUENE RARO. LA "M" EN VEZ DE LA "P". SALUDOS.

Manuel Guerrero dijo...

Muchas gracias por sus amables comentarios.
Saludos fraternos, Manuel.

Anónimo dijo...

Fui un alumno anonimo que vivio en carne propia lo que paso en el Colegio Latinoamericano, tengo un breve recuerdo de esos días, aun me afecta, admiro a tu Padre y lo que el representaba, fui exiliado en el 87 junto con mi familia por la terrible represion de la CNI a mi Padre y Abuelo... Nada mas te agrego que no hay justicia sin perdon ni perdon sin justicia.

Pense que ya lo habia superado, pero no puedo, te felicito por tu coraje y fortaleza

Joan Serra