06 junio 2013

Mi sentir ante la iniciativa legal que busca amnistiar a condenados por violaciones a DDHH

Días atrás, cuando supe del proyecto que amnistiaba a condenados y procesados por violaciones a los Derechos Humanos me sentí lesionado moralmente. Podría decir indignado, dolido, molesto, pero sería poco. Me volví a sentir, como en otras ocasiones, pasado a llevar por un Estado, país e historia que pareciera que siempre consigue la manera de humillar, ofender, violentar. Volví a la angustia de vivir en un territorio donde la memoria se difumina y ni siquiera nuestros muertos están a salvo. 

Son muchos años de luchas cotidianas para mantener la cordura, la razón, la ternura, el asombro por lo bello, el amor a la vida, a pesar de lo ocurrido. Con la impunidad todo pierde sentido. El mundo deja de ser. Se abre nuevamente un abismo, un vacío de sentido que te fija en el horror. Se repite la violación que hemos intentando trascender, en un horizonte en que hemos hecho esfuerzos y toda una elaboración para reconstruirnos como personas, ciudadanos miembros de una comunidad.

Me conforta hoy saber que se haya declarado inconstitucional ese cobarde proyecto de ley. 

Sin duda hay mucho por perfeccionar, cambiar, construir en nuestra sociedad. Y podemos tener, y que bueno que así sea, diferencias de enfoques, miradas, definiciones acerca del bien y la felicidad. 

Pero no es dable convivir en una sociedad que no es capaz de dar justicia y castigo a quienes utilizaron el Estado y el uniforme de las Fuerzas Armadas para masacrar a sus compatriotas civiles, sometiéndolos a vejámenes, torturas y tratos indescriptibles. En esa dimensión no debiéramos tener disenso. Nadie debiera sentirse excluido de la responsabilidad de hacer justicia. Incluyendo a los propios perpetradores de estos horrendos crímenes. Cumplan sus condenas. 

No hay reparación que devuelva a nuestros familiares a la vida. Pero hay un mínimo de decencia que espero de la condición humana y de las instituciones: que no nos humillen, que nos respeten como miembros de una sociedad a la cual pertenecemos, que no nos quiten el mínimo espacio que hemos conquistado para seguir viviendo. Con nuestras historias, empeños, identidad, proyectos. Con nuestros vivos y muertos. Seguir viviendo, poder respirar, estudiar, trabajar sin toparme con el asesino de mi padre. 

Cumplan sus condenas. Y que la justicia llegue para los miles de casos en proceso. No hay atajos. Es el único camino para, en la diferencia, volver a sentir alguna vez que hay algo así como un "nosotros". 

Paz.

31 marzo 2013

Volver a la vida. Tomar la muerte, mirarla a la cara, acogerla y sacarle la lengua

Volver a la vida. Tomar la muerte, mirarla a la cara, acogerla y sacarle la lengua. Historizar los procesos, poner los sucesos en contexto y tomar de ellos lo que tienen de vigente para proyectarlos, por encima o atravesando lo que nos quiso fijar en el dolor infinito. Y abrazar la vida en toda su magnitud de ternura y espanto.

A pesar de todo, o con todo, persistimos en esta aventura de ser. Con nuestros muertos, nuestros vivos y los que aún no han nacido y vendrán. Morir, pero a la vida, bullente, sin silencios autoimpuestos. Quedar atados al terror no rompe nada, pues no se yergue nada de la nada. Hacen falta voces, oídos, ruidos, sonidos, música, llantos y carcajadas para darle cabida a la vida. De esa tropa me siento parte, de los que invitan a vivir la vida intensamente. De ahí invito cada año a volvernos a colgar de la ternura compartida de a poco, letra a letra, caricia a caricia, para recargar los motores de ternura y pasión, porque convicciones las tenemos de sobra.

De a poco, piano piano vuelve a salir la voz aunque sea en sordina, como en la trompeta de Miles Davis, como en la voz quebrada de Bob Dylan, como en los rasgueos de Victor o el metal tranquilo de Allende.

Hay otros caminos posibles, sí. Muchos. Entre ellos el cultivar la estética y política de la rabia. Legítima, tal como el dolor. La respeto. Pero conocido es, para mis conocidos, que no es mi opción. No la comparto. Soy menos heroico que eso. Y cada vez menos, y menos, y crece en mí otra magnitud del compromiso militante, que tiene que ver con que la sociedad soñada no es una estación de llegada en un más allá utópico: en lo que creemos y hacemos, está lo que somos. No concibo una transformación social que en su propia práctica reproduce aquello, aunque sea en alguna dimensión, que critica. Y así como soy crítico del autoritarismo del color que sea, desde esa convicción comunista libertario que es amor compartido, desde la materialidad del amor hecho social, para producir la vida de modo distinto, trabajo en mi para que no gane el dolor, no gane la locura -cercana, muy cercana, casi amiga-, y la rabia, el odio ciego, retroceda. En mi, desde mi. Sin exigencias a nadie, porque cada quien emprende sus opciones y decisiones.

Dispuesto a dar la vida, sí. Pero sobre todo a conquistarla desde ella. Recuperarla, recobrarla. Despertarla. Despeinarla.

El loco, un lúcido, nos habla:
"¿Qué es mejor para el alma,
sufrir insultos de Fortuna, golpes, dardos,
o levantarse en armas contra el océano del mal,
y oponerse a él y que así cesen? Morir, dormir...
Nada más; y decir así que con un sueño
damos fin a las llagas del corazón
y a todos los males, herencia de la carne,
y decir: ven, consumación, yo te deseo. Morir, dormir,
dormir... ¡Soñar acaso!".

Son las opciones que nos puso uno de los grandes. Pero hay otra más que estoy dispuesto a agregar: jugar. Afirmar la vida jugando y jugarse la vida. Enamorados de ella con todo lo que ella contiene. También con estos marzos que vuelven eternamente. Pero también con el día después y el día antes.

Hoy no estás. Como cada año. Pero abrazo a mis hijas, compañera, familia, amigos. Y con tu ausencia sigo. Pleno en todo lo que pueda. Maravillado de la creación humana en sus múltiples dimensiones. Indingando, lesionado por sus aberraciones. Reflexivo, movilizado y activo para cambiar esto. Es nuestra decisión y tarea hacerlo. Seguimos, papá querido, seguimos. Sin odio, pero sin pedida de disculpas. Puro amor y vida (y estas no son buenas palabras, un solo decir: es un modo de asumirse que es lucha).

A redoblar la esperanza activa, aquella que transforma y no pospone. Sí. Cien veces sí. Aquí y ahora, en nuestras propias prácticas. Revolución, evolución, transformación en acto. "El movimiento que niega el estado de cosas actual", le llamó Carlitos. Sí. Pero aún más que eso: el movimiento que AFIRMA la vida desde un sí a ella, le agregaría desde Nietzsche. Pensamiento y práctica afirmativa, desde el goce de la vida, padre.

Puedes decir que soy un soñador, pero no soy el único.

Gracias por el palmotazo en la espalda, amigos/as miles. Por el necesario aventón en estos días de homenaje; por la sonrisa, el cariño, la comunidad activa.

Porque el corazón no quiere, entonar más retiradas. Abrazo un árbol, te abrazo a tí, abrazo mi dolor, a ese niño de guerra que fui, a esos miles que somos, a ese por venir abierto lleno de dulzura comprometido que es un siempre ahora.

Con memoria y alegría, adelante por la vida.

Manuel.

27 febrero 2013

Sindicalista Juan Pablo Jiménez: Un fuego que enciende otro fuego

"Limpia como el fuego el cañón de mi fusil" cantaba Victor, dotando al fuego de un carácter veritativo, que deshace ilusiones, atraviesa la ideología, los autoconceptos, limpia y muestra la realidad tal como ella es, no como se la representa en falsas imágenes. Victor cantaba a un fuego que enciende otros fuegos, como en la figura que utilizara Alberto Hurtado en la era de la acción colectiva por mayor justicia social.

Pero hay otros fuegos que también develan. Hoy otro fuego pone de manifiesto la reacción ante la posibilidad de retomar la senda colectiva hacia mayor igualdad. Un fuego impune que exhibe en forma prístina el grado de riesgo al que en Chile está expuesto el movimiento sindical organizado de clase. Es el fuego del fusil o pistola que asesinó al sindicalista Juan Pablo Jiménez, que de un fogonazo desvela la verdad del Chile neoliberal: todo el sistema está estructurado para mantener al mundo del trabajador sometido (explotado, marginado, endeudado, atontado). Cuando parte de este mundo levanta cabeza, como Claudia López en La Pincoya, como Rodrigo Cisternas ante las forestales, como Jiménez ante las empresas eléctricas, surge el gatillo fácil, las "balas locas". De pronto toda esa seguridad aparente, de "paz social", "gobernabilidad", "cohesión social", se hace añicos sin pena ni asco ni leyes ni derechos humanos ni democracia ni "nunca más" ni consensos, y emerge la violencia que opera de fundamento del actual estado de cosas. Los violadores a los derechos humanos no se agotan en Punta Peuco, ni se terminan con la "transición democrática". Las violaciones a los derechos humanos son la base de la desigualdad social, cultural y económica, de un país rico en recursos pero ultrasegregado en su distribución y disfrute.

Esa bala que mató a Juan Pablo Jiménez limpia como fuego todo el manto de falsas ilusiones y fantasmagoría de una "transición democrática" que aún reproduce aquello que fue engendrado a sangre y fuego en dictadura: un sistema económico brutal, sin seguridad social, con dueños en pocas familias y transnacionales, administrado por un juego político que nunca pone en juego los fundamentos por el cierre institucional de una Constitución, con un Código del Trabajo maldito, que maltrata a los trabajadores de Chile como nunca en su historia.

Ante ese fuego se educó, organizó y rebeló Juan Pablo Jiménez, como parte de un sindicalismo de clase que ha de retomar el rumbo de las soluciones colectivas a los problemas colectivos. "Levántante y mírate las manos, para crecer estréchala a tu hermano". Chile necesita un sindicalismo vigoroso que se exprese en todos los espacios de incidencia, que reponga el lugar de los trabajadores organizados como actor social protagónico de la política.

Educación, organización y lucha social del mundo del trabajo por una democracia real. Como ayer, como hoy. Es la tarea, es el fuego que nos lega Juan Pablo. Que nos empuje, que nos encienda a la vida digna!

27 diciembre 2012

Felices fiestas amigo/a!

Querido/a amigo/a,

En el cierre de 2012 te envío un abrazo, con el deseo que el nuevo año que se aproxima avancemos individual y colectivamente en la conquista de una vida más simple, libre de lo superfluo e innecesario que nos esclaviza y hace explotar a millones de personas en el globo y al propio planeta, manteniendo a muchos en situación de pobreza, exclusión e injusticia.

Que el amor comprometido y militante con la vida digna, amable y bella continúe chorreando por doquier y alcancemos mayores espacios para una vida rica en relaciones de amistad, cooperación, compasión y justicia. Vida que respete la singularidad y autonomía individual, al tiempo que sea solidaria con la pluralidad de animales humanos y no humanos, así como de plantas y seres que conforman la comunidad de vida en la Tierra.

Por las generaciones pasadas y presentes a quienes nos debemos, pero sobre todo por los que están por nacer, celebro contigo la experiencia de convivir y compartir nuestra existencia, con la esperanza intacta en la posibilidad de un mundo mejor, pues de nuestros empeños y creatividad depende.

Felices fiestas amigo/a de ruta, que el humor y lo lúdico jamás nos abandone. Que la música alumbre esta tierra negra y bailemos todos contentos.

Abrazos miles, con afecto
Manuel.

18 diciembre 2012

Gracias a Beethoven

En los días en que mi padre debió irse a la clandestinidad, en 1984, yo estudiaba guitarra clásica en el Conservatorio de la Universidad de Chile.Veníamos de meses de alegría por las protestas nacionales que se expresaron con fuerza por parte de pobladores, estudiantes y trabajadores desde diciembre de 1982 (mes en que regresamos a Chile desde Hungría) y todo 1983.

Mi viejo se desvivía organizando a los profes cesantes e intentaba aportar a la unidad de las izquierdas -tan dadas a la fragmentación infinita- hasta que logró junto a Manuel Almeyda, Fabiola Letelier y Jecar Neghme crear el Movimiento Demorático Popular (MDP). Toda esa intensidad activista se vio frenada y reprimida por la orden de captura en su contra firmada, por “orden del Presidente de la República”, por el entonces ministro del Interior, Sergio Onofre Jarpa. Por doquier buscaban a mi viejo para detenerlo y expulsarlo del país.
En 1984 se inició así un periplo por distintas casas y nosotros, con mi hermana América, solo lo podíamos ver en ocasiones muy acotadas, a la rápida, pues debía estar siempre en movimiento para que no lo tomaran. En definitiva, dejamos de verlo mucho.
Sabíamos de él por cartas que nos hacía llegar, que escribía desde sus escondites.Nosotros las leíamos, disfrutábamos su letra redonda, claridad reflexiva y sentimientos auténticos de padre dolido por no poder ver sus hijos, y luego debíamos quemarlas para que no quedara huella de que tenía contacto con nosotros, pues éramos regularmente visitados por la CNI que se dejaba caer a nuestro departamento en Villa Los Presidentes en Ñuñoa.
En ese contexto, intentaba concentrarme en lo que venía cultivando desde los 8 años en forma sistemática, y que sería a lo que me dedicaría en la vida: la guitarra clásica.
Asistí a las clases de teoría y armonía, y a las de instrumento principal, acompañado por amigos de la Jota que me protegían, por temor que me pudieran tomar para extorsionar a mi padre. Era muy difícil llevar una vida normal en esas circunstancias, todo apuntaba a perder el estribo, quedar dañado, lleno de un odio mudo contra este Chile intervenido por el fascismo. Esa rabia crecía en mí como un volcán interno que me intoxicaba, pues de pequeño aprendí a amar a la Humanidad, a sus creaciones, diversidad, a tener confianza y respeto por sus obras.
La represión era más intensa y ya nos volvíamos locos, entre querer ver a mi padre y él no poder juntarse con nosotros. Perdimos su ingreso, pues debió dejar de trabajar, y la pobreza cayó sobre nuestra familia. Salí a vender helados en la micro, para tener para fotocopias de la Facultad de Artes, y así poder ensayar en casas las partituras de los libros que ya no nos prestaban en biblioteca, pues nos retrasamos en el pago mensual. Mis amigos saldrían al Quisco de vacaciones y nosotros sin ni uno. Había que arreglárselas.
El mundo se tornaba oscuro, pesado, tan distinto al año 83, lleno de esperanza y colorido en las calles repletas de gente, los cacerolazos, las manifestaciones. Ahora había Estado de Sitio. Por momentos creí que no volvería a ver mi padre, cada vez sabía menos de él.
Mi profesor de guitarra, el maestro Ernesto Quezada, que se cuidaba -como la mayoría de Chile- de expresar sus opiniones políticas por miedo a los “sapos” que estaban infiltrados en todas partes, me regaló una invitación que le habían dado a él, para asistir a un Concierto que daría Claudio Arrau, que pasaba por Chile, en la Catedral en Plaza de Armas.
No sabía quién era Arrau, tampoco conocía la pieza musical que interpretaría.Estaba recién por cumplir los 14 años. Era invierno y fui, con la pesada guitarra en la mano (los estuches en esa época era de madera), y me colé lo más adelante que pude, quedando a muy pocos metros por el costado de donde se sentaría Arrau junto al piano. Y fue una de las experiencias más bellas e intensas que he tenido en mi vida.
Arrau, de muy avanzada edad, interpretó el Concierto Nº 5, “El Emperador”, para piano y orquesta, que Beethoven dedicó a Napoleón, cuando éste aún encarnaba los ideales de la Revolución Francesa y se pensaba que podía llevarla a Alemania y el resto de Europa. Bellísimo.Fue una hora de música pura, ver esos huesitos de los dedos de adulto mayor de Arrau correr por el teclado, con una suavidad o fuerza insospechadas.
Un regalo de un amigo, mi maestro de guitarra, que sólo se comunicaba conmigo a través de la música, pues vivía aterrorizado y casi no emitía palabra. Ese contacto me iluminó y sentí vigor y confianza en la belleza nuevamente. Que lo eterno no es del orden de lo humano, que éste mal momento pasaría, que volvería a ver a mi viejo y a disfrutar juntos las pichangas interrumpidas.Que superaríamos la pobreza, y mi madre tendría posibilidad de estar tranquila sin que perdiéramos los estudios. Que mi hermana crecería feliz. Que el país se recuperaría de la pesadilla asesina.
La música de Beethoven y la interpretación de Arrau, así como la amistad silente, pero musical, de mi profesor de guitarra que me había invitado al concierto de un compositor revolucionario, me trajeron de vuelta al goce de la vida. Esa música en la Catedral desató una conversación interna en mí en la que me sentí a salvo, tocado por complicidades delicadas, de una resistencia cívica que se ponía del lado del homenaje a nuestros propios esfuerzos, a nuestras revoluciones cotidianas, a quienes se ponían en juego aquellos días.
Gracias a la música de Beethoven y a la amistad, volví a creer.
*Ludwig van Beethoven nació el 16 de diciembre de 1770.