Más de 20 millones de latinoamericanos y caribeños viven fuera sus países de nacimiento. Personas que se van y no vuelven. Otras que parten y regresan. Hombres, mujeres y niños traspasando fronteras locales, nacionales, regionales, así como fronteras sociales y culturales. Es la llamada “era de la migración”.
El fenómeno migratorio ha estado siempre presente a lo largo de toda la historia de la humanidad, pero nunca en el grado de expansión e intensidad como en nuestra actualidad que ha sido llamada de globalización neoliberal. Producto de ella se ha alterado el crecimiento de las poblaciones, generando impactos positivos y negativos en los procesos de desarrollo de los países. La migración ofrece oportunidades para las personas que se desplazan y conlleva un gran potencial para las economías, dado el enorme impacto macroeconómico de las remesas. Sin embargo, implica también riesgos como la fuga de capital humano, la desintegración familiar y una fuerte desprotección, más aún cuando se refuerza la selectividad de los inmigrantes.
¿Cuáles han sido las condiciones que han hecho posible la generación de esta gran rueda de millones de emigrantes en todo el mundo?
Terminó la Guerra Fría… ¡para comenzar otra!
Desde el fin de la II Guerra Mundial hasta 1992 se libraron 149 guerras a lo largo y ancho del mundo. Con un saldo, de acuerdo a datos de la UNICEF, de 23 millones de muertos no cabe dudas que lo que se conoció como “Guerra Fría” o “Coexistencia Pacífica” entre dos bloques de poder, fue nada más ni nada menos que la III Guerra Mundial.
En efecto, la III Guerra Mundial fue entre dos sistemas de poder diferenciales, el capitalismo y el socialismo, bajo el liderazgo de los EEUU y la URSS, que tuvo como teatro operativo al conjunto del planeta. Pasando del espionaje internacional hasta la Iniciativa de Defensa Estratégica (“la Guerra de las Galaxias” de Reagan); desde la invasión a Playa Girón en Cuba, hasta el Delta de Mekong, en Vietnam; desde la mayor carrera armamentista que haya conocido la humanidad hasta los golpes de Estado y la Operación Cóndor en nuestra América del Sur y el Caribe; desde las maniobras de la Organización del Tratado del Atlántico Norte hasta la CIA participando en el asesinato del Che en Bolivia, desde las guerras en Corea y la invasión a Afganistán, en fin, esta Guerra tuvo muy poco de Fría.
¿Quién ganó esa guerra?: ¿Europa Occidental, Estados Unidos, Japón, todos ellos? Esto es lo que no queda claramente delimitado y es lo que abre paso a una nueva Guerra Mundial, la IV (la globalización neoliberal), en la que se disputan nuevos mercados que, con el derrumbe del bloque socialista, quedaron sin dueño. Grandes extensiones de tierra de nadie, junto a potencias en expansión (Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y ahora China), crisis económica mundial y nueva revolución de la base tecnológica, la informática, las telecomunicaciones, los cybermundos.
Ese es nuestro presente: una guerra de nuevo tipo, sin cuartel, que se disputa con un armamento mucho más eficaz y destructivo que las bombas nucleares: el capital financiero internacional que se lanza en la forma de golondrinas a conquistar nuevos territorios. Si la III Guerra Mundial fue entre el capitalismo y el socialismo, la IV se da entre los grandes centros financieros con escenarios totales y a una intensidad constante. Gracias a las telecomunicaciones esta guerra mundial sí que es realmente total.
El fin de la “Guerra Fría” dejó tras de sí no solo un nuevo marco de relaciones internacionales, que conlleva una redefinición de los Estados Nacionales, sino un apetito sin límite por hacerse de las principales riquezas de América, África y Oceanía: sus territorios, pero por sobre todo, su fuerza de trabajo calificada.
¿Cómo se libra una guerra de este tipo?: precisamente desde la nueva base tecnológica que permite que el capital financiero sea como un Dios, que esté simultáneamente en todas partes y en ninguna, a través de las operaciones que se realizan por medio de las supercarreteras digitales. La mundialización de esta guerra vuelve efímeros y frágiles a los Estados Nacionales, cuyos gobernantes se baten en tratar de seguir los vaivenes del libre cambio comercial de los mercados financieros, buscando, en el mejor de los casos, adaptarse a ellos con cierta eficiencia.
Así es, el viejo axioma del viejo Marx acerca del capital, de que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, ha encontrado en la guerra iniciada por el neoliberalismo su realización más plena: los mercados nacionales, una de las bases fundamentales del Estado capitalista moderno, ha sido liquidado por los obuses de la economía financiera global. Los poderes públicos de los capitalismos nacionales deben rendir constantemente cuenta a las transnacionales, que juegan a clasificar a los países de acuerdo a sus “índices de riesgo”, y los gobiernos locales –del color político que sean, desde Uribe hasta Tabare Vásquez, Fox y Lula- no disponen de la fuerza necesaria para oponerse a la acción de los mercados internacionales. Empresas y Estados se derrumban en minutos, ya no por revoluciones sociales, sino por las réplicas de los terremotos financieros. El llamado “nuevo orden mundial” destruye a quien le dio vida al capitalismo: a los estados nacionales y sus mercados, llevándose consigo no sólo las soberanías nacionales, sino la posibilidad que bajo este “nuevo orden” pueda haber democracia, libertad, igualdad y fraternidad.
Como señaló en una oportunidad Marcos, el neoliberalismo opera destruyendo y despoblando, pero también reconstruyendo y reordenando regiones y naciones para abrir nuevos mercados y modernizar los existentes. Así, la bomba financiera no sólo destruye a la Polis (la Nación) e impone las lógicas de guerra y miseria por doquier donde se dispare, sino que reorganiza, reordena y rehace fronteras y sistemas políticos, movilizando, desplazando y arrojando a su paso a grandes masas, a millones de personas que constituyen la fuerza de trabajo que se reacomoda en el nuevo mercado del trabajo mundial.
El baile de los que sobran
El “nuevo orden mundial”, el eufemismo con el que se da nombre a la IV Guerra Mundial, destruye las bases éticas, jurídicas, políticas, culturales e históricas de los Estados Nacionales de modo que puedan penetrar las nuevas lógicas de mercado globalizado, teniendo como efecto un despoblamiento de sus territorios. Todos aquellos que son inútiles para la nueva economía de mercado, como los pueblos indígenas, pasan a formar parte de los “reconvertidos” o bien de los desechables, los desplazados por dentro de los países o los migrantes hacia nuevos rumbos por fuera de sus fronteras geográficas, históricas y culturales.
Es el caso de la modernización rural, por ejemplo, que exigen los mercados financieros. Bajo la presión por aumentar la productividad agrícola lo que se consigue es destruir las relaciones sociales y económicas tradicionales, teniendo por resultado el éxodo masivo del campo a las ciudades. Así es, tal como en una guerra. En las zonas urbanas, por su parte, se satura el mercado del trabajo, lo que redunda en una mayor desigualdad en la distribución del ingreso para quienes emigraron buscando mejores condiciones de vida.
¿Pero porqué estos desplazamientos de las poblaciones campesinas, indígenas, afrocaribeñas por toda América del Sur y el Caribe entre los países, y hacia Estados Unidos y Europa? Casualmente la población indígena, de acuerdo a datos de la OIT de Naciones Unidas, que se calcula alcanza a unas 300 millones de personas en el mundo, vive originalmente en zonas que tienen el 60% de los recursos naturales del planeta. Por ello no sorprenden los conflictos por el uso y destino de sus tierras por los que pugnan las empresas y los gobiernos de turno. Así, la explotación de recursos naturales -petróleo y minería-, y el turismo, son las principales industrias que amenazan los territorios indígenas en América. En estos territorios se da, por tanto, la forma en que opera la bomba financiera neoliberal: se destruye y despobla, para luego reconstruir y reordenar la zona bajo otra lógica y con “otra gente”.
Y esto que se da en América ocurre a escala planetaria: la unificación del mundo entero en un solo mercado. No es una federación política entre naciones libres y autónomas, como lo soñó Kant en “La Paz Perpetua”; esto se parece más a un gigantesco mall comercial donde circulan libremente las mercancías, pero no las personas.
“Mi nana ya no es mapuche, es peruana”: El nuevo mapa migratorio
Alguna vez América Latina y el Caribe fue considerada la tierra prometida, “el dorado”, para el primer mundo. Entre principios del siglo XIX y mediados del XX América Latina y el Caribe fue escenario de una intensa inmigración de ultramar, especialmente desde Europa, que aportó en ese período más de once millones de personas a la región. Los inmigrantes que cruzaban el Atlántico para “hacerse la América” bajaron considerablemente –de 76% del total de inmigrantes en 1970, a 40% en 2000-, y aumentaron los latinoamericanos y caribeños dispuestos a buscar horizontes en otros lugares dentro de la región, así como los decididos a desplazarse a países más lejanos. Que 20 millones de latinoamericanos y caribeños vivan fuera de su país de nacimiento –cifra inédita en la historia- es prueba contundente de ello.
Si bien el abanico de destinos en el mundo se amplió para los migrantes de América Latina y el Caribe, es hacia Estados Unidos donde se desplaza la mayoría, alcanzando los 15 millones. Durante la década se terminó por configurar un nuevo patrón de migración: numerosos emigrantes -principalmente mujeres- procedentes de distintos países de la región se dirigieron a Europa y Japón, además de Canadá. Según las cifras disponibles en la CEPAL, en torno al año 2000 unos 2,8 millones de latinoamericanos (en especial argentinos, brasileños, colombianos, ecuatorianos y peruanos) y caribeños residían en España, Canadá, el Reino Unido y Japón.
Al interior de la región la fuerza de las migraciones se hace sentir con especial intensidad en las regiones fronterizas. Los migrantes trasladan su residencia o se mueven de manera temporal o circular, de acuerdo con los ciclos agrícolas, la construcción de grandes obras de infraestructura y el comercio. Este patrón es sensible a las coyunturas de expansión y retracción económicas, como lo demuestra la inmigración de peruanos a Chile.
Asimismo, la violencia sociopolítica y los conflictos internos, fuerzan el desplazamiento de personas entre naciones vecinas en oleadas de exiliados y “retornantes”. En estos movimientos son las mujeres y los niños los que resultan más afectados. Como efecto de la proliferación de “guerras regionales” y “conflictos internos” millones de personas se desplazan abandonando sus hogares padeciendo en sus nuevos puntos de llegada la persecución xenófoba, la precarización laboral, la pérdida de identidad cultural, la represión policial, el hambre, la prisión, la enfermedad y la muerte.
Los migrantes y desplazado se topan con una realidad de la cultura política latinoamericana que, con Martin Hopenhayn, podemos llamar “la negación del otro”. En sus versiones más tradicionalistas y autoritarias, la cultura política latinoamericana ha exhibido con frecuencia una resistencia xenofóbica al otro-extranjero que amenaza la identidad nacional desde fuera y corroe la nación. Es frecuente encontrar discursos esencialistas o autoritarios, para quienes la influencia externa adquirió el rostro de la decadencia moral o la potencial corrupción de un supuesto ethos nacional.
En el extremo opuesto, el propio "criollo" latinoamericano ha negado al otro de adentro (al indio, al mestizo) identificándose de manera emuladora con lo europeo o norteamericano, o bien definiendo el ethos nacional a partir de un ideal europeo o ilustrado, frente al cual las culturas étnicas locales quedaron rotuladas con el estigma del rezago o la barbarie. La “aculturación-culturización” o integración simbólica ha operado como relevo moderno de la evangelización, pero con otros fines: la negación del valor específico de la cultura e identidad propia de los grupos diferentes, como los indígenas, y el intento organizado de quitarles su propio universo simbólico para disciplinarlos en el trabajo productivo, la ideología del Estado-Nación, el espíritu racionalista y el uso de una lengua europea y hoy la adhesión a la “american way of life”. Si antes habían sido desvalorizados por precristianos, más tarde lo fueron por preracionales y premodernos, y hoy son considerados como desechables para un modelo económico que requiere para su mantención y reproducción mano de obra calificada para competir en el mercado global.
Echemos un vistazo a las cifras que nos pueden dar luz porqué hay quien prefiere emigrar de sus lugares de origen en América Latina y el Caribe :
En el caso de Bolivia, se estima que 75 niños de cada mil nacidos vivos morirán antes de cumplir el primer año de vida, y que la mayor parte de esta nueva población es de origen indígena.
En México, más del 50% de las viviendas ubicadas en regiones indígenas no tiene electricidad, 68% carece de agua entubada, 90% de drenaje y 76% tiene piso de tierra. El Censo de 1990 reveló que en las localidades con 30% y más de población indígena, 26% de los habitantes entre 6 y 14 años no acudió a la escuela, sólo el 59% de los mayores de 15 años sabía leer y escribir y 37% no había asistido nunca a la escuela.
En Honduras, el analfabetismo de los grupos indígenas alcanza a 87%, a lo que se suma bajo nivel en nutrición y salud, limitado acceso a los bienes y servicios y desigualdad de oportunidades. En dicho país, donde 6.3 millones de personas viven en condiciones de pobreza, habitan las etnias xicaque, lenca, chortis, pech, misquitos, tawhakas, tolupanes, además de negros y latinos.
En Ecuador, más del 80% de la población indígena rural vive en situación de pobreza.
En décadas recientes, El Salvador y Nicaragua sufrieron desplazamientos de población indígena debido a guerras civiles. Lo mismo ocurre hoy en zonas de conflictos como el Estado de Chiapas en el sur de México, y en Colombia, donde la acción de grupos armados ha creado un clima de violencia generalizada en ciertas áreas, afectando en forma directa a diversos grupos indígenas que han sido desplazados o conminados a sumarse a las acciones. Los U’wa en la Guajira y los Cuibas en Arauca-Apure son los principales grupos indígenas afectados. Con la violencia se lesionan también los recursos patrimoniales de las comunidades, tales como fuentes de agua, bosques y tierras, generando nuevos factores de expulsión. En muchos casos, la violencia ha sido dirigida directamente contra los indígenas.
Próxima estación, Esperanza
El llamado “nuevo orden mundial” ya ha ido mostrándole a la humanidad sus consecuencias sociales, así como medioambientales. Entre otras, el reordenamiento de los procesos de producción y circulación de mercancías, los “ajustes estructurales”, el reacomodo de las fuerzas productivas, han tenido como efecto un excedente particular: al parecer hay seres humanos que sobran, que no resultan necesarios para la nueva economía, que no producen como se espera, que no consumen como se debiera, que no son sujetos de crédito, que al parecer son desechables.
Grandes masas de población excedente ronda en las calles del mundo, que no sólo sufre las inclemencias de la pobreza más extrema, sino que si desaparecen la economía ni siquiera se resiente. Grupos de personas que no cuentan, que están desestructuradas, atomizadas, que no tienen vivienda ni trabajo, menos participación política, que hablan castellano, rumano, coreano, inglés con acento africano, francés, quechua o mapudungún. Contingentes de personas que no es raro verlas acompañadas de cartones y bolsas de plástico, o haciendo colas interminables para acceder a algún papel de extranjería, por fuera de las mínimas redes de seguridad social que aún las bombas financieras no han logrado derribar.
Si bien en 1990, la Comisión de Asuntos Sociales, Humanitarios y Culturales de Naciones Unidas promulgó la “Convención Internacional Sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y De Sus Familiares”, no hay fiscalización de los Estados Nacionales para hacer valer el derecho de los migrantes para no ser sometidos a malos tratos; ser forzados a la servidumbre o a trabajos obligatorios; tener derecho a la libertad de pensamiento, conciencia, religión y de expresión; a la protección contra injerencias en la vida privada; al reconocimiento de la personalidad jurídica; a la cobertura de Seguridad Social en el país de adopción; el derecho de asociación, de los hijos a la educación; a la libertad de movimiento, incluyendo el de salida y entrada del país; la prohibición de expulsiones colectivas, y un largo etcétera de derechos de los cuales todos somos titulares.
Sin embargo, como lo señalan cada vez mayores sectores de la humanidad, entre ellos desde Chiapas el Sub Comandante Marcos, “la aparente infalibilidad de la globalización choca con la terca desobediencia de la realidad. Al mismo tiempo que el neoliberalismo lleva adelante su guerra mundial, en todo el planeta se van formando grupos de inconformes, núcleos de rebeldes. El imperio de las bolsas financieras enfrenta la rebeldía de las bolsas de resistencia” .
Así es. Un gran movimiento altermundista, progresista, verde, rojo, morado, de los colores del arcoiris, va tomando consciencia de que esta guerra neoliberal nos conduce a enfrentarnos a todos contra todos, al estado de naturaleza más salvaje, que mezcla opulencia con extrema pobreza, alta cultura con marginalidad, que haya conocido la humanidad. Los “prescindibles”, mujeres, niños, ancianos, jóvenes, indígenas, ecologistas, homosexuales, lesbianas, ceropositivos, trabajadores y todos aquellos y aquellas que no sólo “están demás”, sino que “molestan” se están agrupando, como los latinoamericanos en Estados Unidos que hacen valer su diferencia para ser equivalentes en derecho; como los indígenas en Bolivia, Colombia, Ecuador, México y ahora Chile, que reclaman ser escuchados e integrados sobre la base de la superación de la pobreza y el acceso igualitario al sistema político.
La fuerza con que hoy irrumpe la democracia en la vida política de todos los países de la región, a través de la emergencia de nuevos movimientos sociales y nuevos actores que asumen la política, así como la apertura de procesos políticos, permite repensar la construcción de la ciudadanía incorporando, como uno de sus elementos constitutivos, la diversidad cultural.
De lo que se trata es hacer circular el discurso de la tolerancia, del saberse iguales y diferentes, para pasar de la negación del otro, al diálogo y la apertura. La integración social en América Latina y el Caribe requiere del reconocimiento y valoración de la diversidad cultural, de la superación de toda idea de homogeneización cultural, de dominación o de superioridad de una cultura en relación a otra. Es necesario, por tanto, intervenir, de forma creativa y constructiva, los fundamentos y legitimidad de las fuentes históricas de desigualdades y exclusiones por razones de raza, etnia o nacionalidad y origen socioeconómico.
El reconocimiento de la diversidad multicultural y pluriétnica implica que los estados y gobiernos reconozcan los derechos de estos grupos, los incorporen a la legislación y provean los medios necesarios para su ejercicio real. Asimismo, las políticas de desarrollo deben abrir espacios para que estos grupos puedan desarrollar sus potencialidades y capacitarse en el manejo de los códigos básicos de la modernidad, sin que ello conlleve la pérdida de su identidad.
La emigración hacia los países ricos desde los países pobres es un hecho que continuará aumentando progresivamente y que, pese a las medidas proteccionistas y policiales que a menudo se aplican, no podrá evitarse mientras sigan ahondándose las diferentes entre países globalizadores y globalizados. Y no podemos sentarnos a esperar como espectadores el fin de esta IV Guerra Mundial pues en ello se nos puede ir la vida, no solo individual, sino de la especie.
Y así concluyo con el grupo chicano mexicano, los Molotov:
“Voto Latino de entre las masas
voto latino para la
igualdad de razas.
Pinta tu madre patria de colores so you can´t tell
the difference entre los
others.
Que sentirías si cae junto a ti
una hermana que cantó una "Rebel Melody"
asesinos yeah es lo que son la
única raza que odio de corazón.
Voto Latino de entre las masas
voto latino para la
igualdad de razas.”
16 octubre 2006
04 octubre 2006
El "caso Consejo de Seguridad"
A raíz de las discusiones que se han generado en Chile por parte de la clase política, pues la ciudadanía poco o nada es consultada para estas materias, en torno a si el Gobierno debiera votar por Venezuela para ocupar un escaño en el Consejo de Seguridad de la ONU, se han desatado las pulsiones más íntimas de muchos actores, abriéndose a la luz una serie de argumentos variopintos condimentados con sabrosas descalificaciones que nos llevan a preguntarnos si estamos efectivamente ante un foro político o en medio de una comedia de equivocaciones de Moliére. Esto constituye un verdadero caso clínico, el “caso Consejo de Seguridad”.
Si bien muchos de nuestros políticos nos tienen acostumbrados a una serie de inconsistencias, lo curioso del cuadro actual es que uno como simple ciudadano atento, que espera señales claras de parte de la oferta política existente para adoptar una posición de simpatía o rechazo ante las distintas alternativas, no sabe si debe romper en carcajadas o echarse a llorar, pues el grado de confusión es tal que el debate no se da ya entre las alianzas que se identifican con la oposición y el oficialismo, sino que es al interior de un mismo partido, que toca además que es el de Gobierno, donde se exhiben públicamente todas las opciones posibles de asumir ante esta coyuntura, esto es, de apoyo, abstención y rechazo a Venezuela. En este escenario no toca más que compadecer a la Presidenta que parece tener que gobernar con el irreversible designio de quedar siempre mal con algún sector de su propio partido cualquiera sean las decisiones que adopte.
Esta comedia, sin embargo, no es de estilo puro, pues posee varios componentes que la acercan más al melodrama propio de las telenovelas de tipo, vaya coincidencia, venezolanas, con la clásica guagua que por hacer evidente una verdad sabida por todos es reprimida por incómoda. Más allá de los márgenes de lo que debe o no decir un diplomático, algo de este folclor de los teledramas pudimos observar en la tajante y un tanto histérica solicitud de retiro del embajador bolivariano por parte de algunos políticos criollos que, sin enfrentar el contenido de verdad de por lo él dicho, pues el apoyo inicial de la Democracia Cristiana al Golpe militar –salvo heroicas excepciones como Don Bernardo Leighton- es un amargo factum histórico, lograron finalmente que el representante venezolano fuese removido de su cargo, perdiéndose con su verdad, como suele ocurrir con las guaguas de las teleseries para que la frágil unión de los personajes pueda seguir operando sin sobresaltos.
Otro rasgo tragicómico del “caso Consejo de Seguridad” son los intempestivos boomerangs que han arrojado algunos parlamentarios progresistas al verter ácidas críticas y descalificaciones acerca de la política interna venezolana, reproduciendo con este gesto exactamente la aparente misma causal por la que se solicitó el retiro del embajador. En efecto, de pronto nos enteramos que el antes cercano Chávez, con cuyo apoyo se hizo efectiva la elección, a contrapelo de Estados Unidos, del socialista chileno José Miguel Insulza para presidir la OEA, no es en realidad alguien en quien confiar, pues en palabras del también socialista Fulvio Rossi, se trata de un líder que no puede ser calificado como socialista y democrático por saludar a gobiernos autoritarios, como el de Bielorrusia, y es responsable de crear con sus discursos “incendiarios” un clima hostil que merma los esfuerzos de los líderes mundiales que buscan la mejor convivencia entre los pueblos. Frente a tal clarividencia cabe preguntarse porqué se aceptó y celebró en su oportunidad el apoyo de Chávez a la causa chilena para asegurar los votos decisivos de la Comunidad del Caribe. Cabe interrogarse además de si establecer relaciones comerciales con otros países que tienen un diseño de gobierno distinto al nuestro constituye un impedimento para ser calificado de “socialista y democrático”, ¿en qué se convierte el gobierno chileno cuando está concretando los últimos detalles de un TLC con China y comercia sin mayor cargo de conciencia con Estados Unidos que está a punto de legalizar la tortura, desconoce el Tribunal Penal Internacional y tiene una política exterior probadamente agresiva?
Esta trama, sin embargo, que uno desearía tuviera un imprevisto final feliz, no piensa terminar aún. Como en esas series eternas que por razones de buen rating se le van agregando nuevos personajes que intervienen a último minuto, han emergido los “críticos de los críticos” a la opción venezolana, con algunos ingredientes que dotan a esta comedia de un toque lamentablemente más dantesco que divino. Como es sabido, Isabel Allende es una de los tres diputados socialistas que ha manifestado públicamente su desapego por la opción chavista por el Consejo de Seguridad. Gatillado por lo anterior desde el seno de su mismo partido se han hecho oír un conjunto de comprensibles llamados a hacer respetar la decisión del Consejo General del PS que resolvió apoyar la candidatura venezolana, lo que resulta normal en una organización que por, imaginamos, precisamente su carácter “socialista y democrática”, debe ser un ejemplo a la hora de acatar la voluntad de las mayorías y no incurrir en el autoritarismo que critica Rossi. Hasta ahí todo bien, pero la izquierda chilena, por moderna que trate de aparecer, por desgracia comparte aún ciertos vicios de la cultura inquisitorial que la caracterizó durante un buen tiempo en el siglo XX. Así hemos podido ver por los medios cómo destacados militantes socialistas claman porque se sancione a los diputados disidentes, al extremo de aseverar que las declaraciones de la diputada Allende “ensucian el apellido de su padre”.
De este modo, cuando todos pensábamos que el tiempo de las verdades reveladas había terminado, ocurre que existen algunos políticos que son capaces de entrar en contacto con la voluntad de personas muertas, y extraer de esa experiencia religiosa firmes pautas de evaluación de acuerdo a las cuales se puede diagnosticar si un hijo o hija se ajusta o no a la esencia de su apellido, si marcha por el camino que su padre muerto hubiese elegido ante tal o cual contingencia que no le tocó vivir, o bien lo ha traicionado por sus decisiones soberanas, manchando con sus pérfidos actos lo que antes era inmaculado. Más allá de que la posición de la diputada Allende sea compartida o no, creía suponer que el socialismo moderno es capaz de distinguir entre padres e hijos, entre sus estructuras de personalidad y condiciones socioculturales que permean a cada uno y le hacen ser el ser singular que es, para medir sus acciones de acuerdo a sus respectivas realidades, promesas dadas, etcétera, sin necesidad de acudir a las líneas de parentesco, linaje o adn. Me imagino también que la diputada no fue electa como tal y sacó la segunda mayoría en las elecciones del PS por llevar el apellido que lleva, sino por razones positivas que tendrán que ver con su capacidad de liderazgo, trabajo en equipo, conocimiento, en fin. Supongo.
Y como en toda comedia suele haber un ciego, un loco o un borrachito que dice fuera de contexto sus verdades sin que se lo pidan y sin argumentarlas, aprovecho de señalar las mías por si las moscas: Votemos por Venezuela para el Consejo de Seguridad de la ONU y mar para Bolivia. ¿Alguien más?
- Publicado en La Nación como "Comedia sin final" 06/10/2006
- ¿Qué es el Consejo de Seguridad?
Si bien muchos de nuestros políticos nos tienen acostumbrados a una serie de inconsistencias, lo curioso del cuadro actual es que uno como simple ciudadano atento, que espera señales claras de parte de la oferta política existente para adoptar una posición de simpatía o rechazo ante las distintas alternativas, no sabe si debe romper en carcajadas o echarse a llorar, pues el grado de confusión es tal que el debate no se da ya entre las alianzas que se identifican con la oposición y el oficialismo, sino que es al interior de un mismo partido, que toca además que es el de Gobierno, donde se exhiben públicamente todas las opciones posibles de asumir ante esta coyuntura, esto es, de apoyo, abstención y rechazo a Venezuela. En este escenario no toca más que compadecer a la Presidenta que parece tener que gobernar con el irreversible designio de quedar siempre mal con algún sector de su propio partido cualquiera sean las decisiones que adopte.
Esta comedia, sin embargo, no es de estilo puro, pues posee varios componentes que la acercan más al melodrama propio de las telenovelas de tipo, vaya coincidencia, venezolanas, con la clásica guagua que por hacer evidente una verdad sabida por todos es reprimida por incómoda. Más allá de los márgenes de lo que debe o no decir un diplomático, algo de este folclor de los teledramas pudimos observar en la tajante y un tanto histérica solicitud de retiro del embajador bolivariano por parte de algunos políticos criollos que, sin enfrentar el contenido de verdad de por lo él dicho, pues el apoyo inicial de la Democracia Cristiana al Golpe militar –salvo heroicas excepciones como Don Bernardo Leighton- es un amargo factum histórico, lograron finalmente que el representante venezolano fuese removido de su cargo, perdiéndose con su verdad, como suele ocurrir con las guaguas de las teleseries para que la frágil unión de los personajes pueda seguir operando sin sobresaltos.
Otro rasgo tragicómico del “caso Consejo de Seguridad” son los intempestivos boomerangs que han arrojado algunos parlamentarios progresistas al verter ácidas críticas y descalificaciones acerca de la política interna venezolana, reproduciendo con este gesto exactamente la aparente misma causal por la que se solicitó el retiro del embajador. En efecto, de pronto nos enteramos que el antes cercano Chávez, con cuyo apoyo se hizo efectiva la elección, a contrapelo de Estados Unidos, del socialista chileno José Miguel Insulza para presidir la OEA, no es en realidad alguien en quien confiar, pues en palabras del también socialista Fulvio Rossi, se trata de un líder que no puede ser calificado como socialista y democrático por saludar a gobiernos autoritarios, como el de Bielorrusia, y es responsable de crear con sus discursos “incendiarios” un clima hostil que merma los esfuerzos de los líderes mundiales que buscan la mejor convivencia entre los pueblos. Frente a tal clarividencia cabe preguntarse porqué se aceptó y celebró en su oportunidad el apoyo de Chávez a la causa chilena para asegurar los votos decisivos de la Comunidad del Caribe. Cabe interrogarse además de si establecer relaciones comerciales con otros países que tienen un diseño de gobierno distinto al nuestro constituye un impedimento para ser calificado de “socialista y democrático”, ¿en qué se convierte el gobierno chileno cuando está concretando los últimos detalles de un TLC con China y comercia sin mayor cargo de conciencia con Estados Unidos que está a punto de legalizar la tortura, desconoce el Tribunal Penal Internacional y tiene una política exterior probadamente agresiva?
Esta trama, sin embargo, que uno desearía tuviera un imprevisto final feliz, no piensa terminar aún. Como en esas series eternas que por razones de buen rating se le van agregando nuevos personajes que intervienen a último minuto, han emergido los “críticos de los críticos” a la opción venezolana, con algunos ingredientes que dotan a esta comedia de un toque lamentablemente más dantesco que divino. Como es sabido, Isabel Allende es una de los tres diputados socialistas que ha manifestado públicamente su desapego por la opción chavista por el Consejo de Seguridad. Gatillado por lo anterior desde el seno de su mismo partido se han hecho oír un conjunto de comprensibles llamados a hacer respetar la decisión del Consejo General del PS que resolvió apoyar la candidatura venezolana, lo que resulta normal en una organización que por, imaginamos, precisamente su carácter “socialista y democrática”, debe ser un ejemplo a la hora de acatar la voluntad de las mayorías y no incurrir en el autoritarismo que critica Rossi. Hasta ahí todo bien, pero la izquierda chilena, por moderna que trate de aparecer, por desgracia comparte aún ciertos vicios de la cultura inquisitorial que la caracterizó durante un buen tiempo en el siglo XX. Así hemos podido ver por los medios cómo destacados militantes socialistas claman porque se sancione a los diputados disidentes, al extremo de aseverar que las declaraciones de la diputada Allende “ensucian el apellido de su padre”.
De este modo, cuando todos pensábamos que el tiempo de las verdades reveladas había terminado, ocurre que existen algunos políticos que son capaces de entrar en contacto con la voluntad de personas muertas, y extraer de esa experiencia religiosa firmes pautas de evaluación de acuerdo a las cuales se puede diagnosticar si un hijo o hija se ajusta o no a la esencia de su apellido, si marcha por el camino que su padre muerto hubiese elegido ante tal o cual contingencia que no le tocó vivir, o bien lo ha traicionado por sus decisiones soberanas, manchando con sus pérfidos actos lo que antes era inmaculado. Más allá de que la posición de la diputada Allende sea compartida o no, creía suponer que el socialismo moderno es capaz de distinguir entre padres e hijos, entre sus estructuras de personalidad y condiciones socioculturales que permean a cada uno y le hacen ser el ser singular que es, para medir sus acciones de acuerdo a sus respectivas realidades, promesas dadas, etcétera, sin necesidad de acudir a las líneas de parentesco, linaje o adn. Me imagino también que la diputada no fue electa como tal y sacó la segunda mayoría en las elecciones del PS por llevar el apellido que lleva, sino por razones positivas que tendrán que ver con su capacidad de liderazgo, trabajo en equipo, conocimiento, en fin. Supongo.
Y como en toda comedia suele haber un ciego, un loco o un borrachito que dice fuera de contexto sus verdades sin que se lo pidan y sin argumentarlas, aprovecho de señalar las mías por si las moscas: Votemos por Venezuela para el Consejo de Seguridad de la ONU y mar para Bolivia. ¿Alguien más?
- Publicado en La Nación como "Comedia sin final" 06/10/2006
- ¿Qué es el Consejo de Seguridad?
02 octubre 2006
Feliz cumple hermanita

Ameriquilla, llegaste a las tres décadas. Mujer hecha y derecha, con dos hermosos retoños a quienes diste vida y acompañas en su crecimiento, qué increíble que no sea capaz de verte sino como mi hermanita de seis años de edad! Cuánto no hemos vivido juntos sangre de mi sangre, gota del universo que compartimos el mismo adn, genético e histórico social.
Ame hermosa ¿recuerdas aquel lejano juramento que nos hicimos cuando papá y mamá estaban separándose y parte de la separación de bienes también incluía la posible separación de nosotros, yo con papá y tu con mamá? Nos tomamos de las manos, besamos una cadenita que me había regalado papá, y juramos que jamás dejaríamos que nos pusieran en la decisión de decidir con quien quedarnos, que solo nos teníamos a nosotros dos, que el resto del mundo hiciera lo que quisiera.
Para el día de la independencia de Hungría en el exilio íbamos cuando eras pequeñita a ver los fuegos artificiales sobre el Danuvio, pero ya no los podías disfrutar, esos sonidos te traían otras cosas a la memoria, y llorabas sin poder comunicarnos lo que ocurría. No tenías lenguaje para hacer comparecer a la historia esa huella que te quedó luego del balazo que oiste en el vientre de mamá, cuando detuvieron a papá en la calle precisamente hace 30 años atrás. Un latigazo amplificado que no pudiste descifrar en lo que sería tu memoria intrauterina.
Sin embargo, eres unas de las personas más amables y encantadoras, dulces y llenas de vida que podremos jamás conocer. Con tus rulos largos, la quena abriendo al aire melodías a borbotones, y esa mirada profunda, tan de papá. Una madre y amiga para todos y todas, del conocido y de quien ni sabes su nombre. Como el abuelo Manuel, en la calle te sientes en tu elemento, libre. Nunca soportaste mucho los colegios, los uniformes, la disciplina sin contenido.
Recuerdo cuando, por ser hija de Manuel Guerrero, en Suecia muchos chilenos suponían que, adolescente, debías poseer una formación militante de izquierda a toda prueba. Te mostraron un afiche que estaba colgado en una pared donde un hombre calvo y de barbilla de chivo se dirigía a unas masas que lo escuchaban entre banderas. "¿Quién es él?" te preguntaron y tú con sinceridad y toda seguridad respondiste que era Arturo Prat. Todos quedaron petrificados por tamaño sacrilegio y yo no pude contener una fuerte y feliz carcajada que creo que hasta papá pudo escuchar donde quiera que esté: se trataba de Lenin.
En otra ocasión, ya mayores, cuando habíamos retornado a Chile y queríamos ir a Maipú, a la casa de los abuelos, acordamos que yo iba a parar una micro a mitad de una calle y tú debías consultarle al conductor si era la correcta. Así hice, la micro se detuvo, el chofer abrió la puerta y ambos nos quedamos esperando que hicieras la consulta. Pero tú de pronto habías olvidado los nombres de las calles, los puntos cardinales y todas las referencias que para el resto de los humanos nos hace fácil la comunicación rutinaria. El chofer impaciente prácticamente nos gritó que si subiríamos o no a su máquina, y tú por fin le preguntaste: "¿Pasa por Avenida Pío Pío?". El chofer se quedó atónito porque no vió ánimo de joder en tus ojos y yo casi me orino de la risa pues la avenida se llama Pajaritos.
Ay Ameriquilla, no hay como tú en este mundo. Cumpliste los 30 y eres tú la que me envía desde Suecia, donde te quedaste, regalos: una hermosa bolsa de género como para comprar el pan confeccionada por tí, que lleva en cada mango una inscripción bordada con tu letra caótica que dice "hermanito, para que vayamos tomados de la mano".
Te amo con toda mi alma hermosa América. Eres auténtica y bella, buena y eternamente niña. Soy tu hermano mayor pero en realidad soy tu fans número uno, por tí he aprendido muchas cosas de la vida, y siempre me sorprendes con detalles que me sacan del ritmo maquínico en que solemos caer muchas veces. Disfruto cada uno de los pocos momentos en que podemos coincidir por la distancia. Y tus hijos van por tu mismo camino lo que me llena de optimismo por ese mundo más feliz que siempre será el cielo hacia el cual no me cansaré jamás de mirar, buscar y perseguir. En tí ya tengo la escalera que siempre me eleva más alto. Feliz cumple hermanita, recibe esta fotito que rescaté en que disfrutamos de la risa con el papá y tu casi saliéndote del marco de la foto. Y muchos, muchos árboles que ríen con nosotros.
25 septiembre 2006
Gracias por la danza

Acaba de fallecer el coreógrafo chileno Patricio Bunster. Una de las personas más vitales, brillantes, exigentes y comprometidas que he tenido la oportunidad de conocer. Su carisma, amor por su actividad y profundidad de mirada era tal que estuve a punto de abandonar la carrera de sociología y cambiarme a danza luego de las múltiples conversaciones que sostuvimos en torno a la contingencia politica, el arte y, claro, la fuerza transformadora de los sujetos, individuales y colectivos, cuando entran en contacto con la danza.
Acá va mi breve y apurado homenaje al Maestro Patricio Bunster.
Un abrazo, Manuel.
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GRACIAS POR LA DANZA
En nuestros tiempos “post” se ha diagnosticado el “fin de la historia” como el término de la posibilidad de generar proyectos colectivos de emancipación. Qué visión más sospechosamente conveniente para las políticas individualistas neoliberales que requieren del olvido social para operar sin contrapeso. Y qué dictamen más lejano de las reales posibilidades que tienen los pueblos para crear mayores espacios de libertad e igualdad. Baste como medio de prueba un solo ejemplo de vida que encarna esta potencia realizadora de la humanidad: Patricio Bunster.
En la cuarta década del siglo XX, Patricio cursaba cuarto año de Arquitectura. Sin embargo, el impacto que le provocó ver la actuación del Ballet de Kurt Jooss fue de tal magnitud, que decidió dar un giro a su vida, convirtiéndose en uno de los primeros estudiantes de la Escuela de Danza en Chile. Fundado el Ballet Nacional Chileno en 1945, Patricio se desempeñó como solista en múltiples obras, como Coppelia, Rey Dosselbart, Leyenda de José, Gran Ciudad, Baile en Antigua Viena, La Mesa Verde y Juventud. En 1951 fue solista además del Ballet de Jooss y bailó en Alemania, Bélgica, Holanda, Suiza e Islas Británicas. Luego, siguió estudios intensivos en Londres con el maestro de la danza moderna, Sigurd Leeder.
En 1954 regresó a Chile y asumió como solista y subdirector del Ballet Nacional, hasta 1964, aportando con sus propias coreografías a la danza nacional: Bastián y Bastiana, Calaucán, Surazo, Capicúa 7/4, Amatorias, Uka Ara, La Silla Vacía, Catrala Desciende, Los Siete Estados, Aurora, Las Tres Caras de la Luna y Vindicación de la Primavera. Participó activamente en la Reforma Universitaria democratizando la Escuela de Danza de la Universidad de Chile, donde fue elegido por académicos y estudiantes como su Director.
El diseño formativo de Patricio era inédito para la danza, pues su plan de estudios contemplaba una etapa preparatoria a nivel de las comunas del país, seguida de una etapa básica común de tres años en la Escuela, que culminaba con un período de especialización conducente al título de Instructor, Profesor, Bailarín, Coreógrafo o Especialista en Notación. Patricio vinculaba, además, el Taller Coreográfico con las giras nacionales, lo que permitía la inserción rápida de la creación artística de punta en la realidad y el público nacional. De este modo se generaron diversas obras de Hilda Riveros, Rob Struyf, Joachim Frowin, entre otros, y del propio Patricio, que las creaba para el Ballet Popular que fundara Joan Turner, viuda de Víctor Jara, y quien fuera su compañera durante años.
Producido el golpe militar Patricio salió al exilio a la República Democrática Alemana, donde trabajó hasta 1985 como profesor de danza moderna y coreógrafo en la Escuela Palucca de la ciudad de Dresden y como director de movimiento de montajes teatrales. De aquella época son sus coreografías A pesar de todo, Tui Sum, Saludo para Amadeo, Porque tenemos sólo una vida y Relumbrará su sombra, que se estrenó en el Ballet de la Opera Cómica de Berlín. Por su labor docente y creativa recibió innumerables distinciones, siendo elegido en 1984 miembro correspondiente de la Academia de las Artes de Berlín. Trabajó como coreógrafo invitado en el Ballet Nacional de Cuba, en el grupo de Danza de la UNAM de México, en Noruega y Costa Rica, y dictó cursos en Alemania Federal y en el Laban Centre de Londres.
Apenas la dictadura levantó en 1985 la prohibición para su regreso, Patricio, junto a la maestra Joan Turner, fundó el Centro de Danza Espiral, donde retomó la formación de Intérpretes, Coreógrafos y Profesores de Danza, así como la difusión de la danza a los sectores marginados de la sociedad. Su labor creativa no la interrumpió a pesar de ser un octogenario y a partir de 1988 participó como actor de reparto en numerosos filmes nacionales, siendo memorables sus roles en La Frontera, Sub Terra y El Chacotero Sentimental.
En 1995 recibió el Premio Municipal de Arte, en 1996 diseñó la carrera de danza de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano siendo su Director desde entonces, y en 1997 fue condecorado con la Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral en el Grado de Oficial. En 1998 fue elegido Miembro Correspondiente de la Academia de las Artes de Sajonia y el 2004 obtuvo el Premio Altazor.
Contagiado por su carisma fui uno de los tantos que tomó cursos de danza en el Espiral. Ahí pude sentir el goce del movimiento, de la coordinación de individualidades que logran conformar un todo organizado y armónico. En ocasiones lo acompañé a establecimientos educacionales populares y pude comprobar la transformación en acto del mundo de la vida de aquellos niños y jóvenes al entrar en contacto con la danza y cómo ésta resulta clave para la conformación de la memoria colectiva, esencial para la constitución de sujetos de cambio que, para llegar a ser tales, deben dotarse de un “nosotros” que les permita salir del desánimo y la amargura de quien ha terminado por creer que está sólo en el mundo.
Recientemente nos hemos enterado de tu fallecimiento. Pero el amor a la humanidad que entregaste no tiene punto de término. Con personas como tú la historia de las sociedades siempre se movilizará hacia nuevos horizontes y ya vemos como tus coreografías son bailadas por otras generaciones que construyen ese mundo común en que todos y todas llegaremos a ser auténticamente libres e iguales. Gracias Patricio por guiar nuestros pasos. Gracias por la danza.
Archivo de la columna en La Nación (pdf)
Sobre El Espiral y Patricio (pdf)
04 septiembre 2006
Un día para recordar
Columna publicada hoy en el diario La Nación, que escribí a propósito de la promulgación del 30 de agosto como Día Nacional del Detenido Desaparecido.
Saludos, Manuel.
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Un día para recordar
“Herido de bala, con la vista vendada, las manos esposadas a la espalda y la angustia dentro, me ordenaron bajar. Después del camino de tierra, el vehículo ingresó a un lugar campestre, traspasando un gran portón de fierro, arrastrándome retrocedí. El roce del cuerpo por el piso ahondó el dolor. Dificultosamente me paré. Giraba todo alrededor. Sentí que estaba en medio de un remolino que me volteaba. Las piernas eran de plomo. Parado en ese lugar, a oscuras y maniatado, la soledad comenzó a hacerse patente.
“‘Camina, huevón’. Avancé a ciegas y caí desvanecido. Recobré los sentidos. Me pararon y empujaron. Di algunos pasos, me sostenían por los brazos. ‘Entra’. Caminé y la cabeza se estrelló contra un muro. El dolor fue intenso. ‘Tenís que agacharte, tonto huevón’. Lo hice. Había olor a limpio. Captaba espacios amplios. Seguimos avanzando. Trastabillaba, tropezaba, caía.
“Cada golpe provocaba la hilaridad de los verdugos. ‘Baja’. Calculé una escala y el paso para un escalón. Estrepitosamente caí. El cemento de la escala golpeó mi cuerpo. Por fortuna era corta. Entramos en una sala como gimnasio. Las voces retumbaban. Existía agitación, movimiento, varios hombres y mujeres hablaban. Una radio sintonizada tocaba fuerte. Era música de supermercados, como llamaba a esas melodías un amigo. Entre disco y disco, daba mensajes de la Junta invitando a incorporarse a la reconstrucción nacional. Me sentí torpe y voluminoso.
“Esperaba. Nadie decía nada. Parecía que se habían olvidado de mí. Pasaron los minutos; la debilidad aumentaba. La boca la sentía enorme y áspera. Quería dejarme caer. No lo hice. Fueron momentos de duda, pensaba: si hago tal cosa puede resultar esto o aquello. La expectativa era dramática. Como en diferentes ocasiones anhelé abrir los ojos y encontrarme en otro lugar.
“Aguardé el golpe que podía venir. ‘Sáquenle la ropa’. Abrieron las esposas, me sobé las muñecas. Me empezaron a sacar la ropa. Seguí con la vista vendada. Fui empujado hasta el borde de una tarima, camastro liso o mesa. ‘Súbete’. Con trabajo lo hice. Quedé tendido de espalda. Desnudo, con los ojos vendados, acostado sobre una cubierta fría y dura -como de latón o baldosas- terriblemente dolido, mi angustia se desbordó. A pesar de mi oposición, las lágrimas rodaban por las mejillas. El cuerpo brincaba, me estremecía.
“Recordé el bolsón escolar de mi hijo. Debían estar examinándolo, abriendo sus forros y tapas. En la orfandad renació la ira. Balbuceé las primeras palabras después de la agresión: ‘Ahí tienen lo que buscan, los cuadernos de mi hijo les van a servir harto’. Un golpe de puño, seco, recibí en la herida. ‘Cuenta ahora, concha de tu madre’. Grité de dolor. Mordiendo las palabras contesté preguntando. ‘¿Qué quieren que les cuente?’. ‘Todo pu’s huevón’. ‘No tengo nada que contar’. Esperé otro golpe. Llegó y fue más violento. Del pelo a los pies me sobrecogió el dolor. La herida manaba más sangre.
“‘Vos creí que somos aprendices, hijo de puta, si te buscamos fue por algo. Si querí tirarte a choro te vai cortado. Por lo demás, ya estái harto cagao’. Otra vez me dejaron. Algunos se alejaron y a otros los supuse al lado. Reían, bebían café, hablaban de la OEA mofándose de las discusiones sobre los derechos humanos. ‘Eso es puro hueveo, igual hacemos lo que queremos…’”.
Hasta ahí el relato de un joven profesor normalista que fue secuestrado por agentes del Estado, cuando de la mano de su esposa embarazada iba a recoger a su hijo de seis años para llevarlo al colegio en 1976. El testimonio es sólo un fragmento de la pesadilla que vivieron miles de personas que, en virtud de su compromiso con llevar a la práctica cambios sociales que beneficiaran a las clases trabajadoras, fueron convertidos en detenidos desaparecidos en Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Pues más allá de lo que puedan decir las retóricas que semantizan los golpes militares como “descarríos de la historia”, lo cierto es que las torturas, ejecuciones y desaparición forzada de personas fue el modo racionalmente planificado en que las Fuerzas Armadas y de Orden, impulsadas por sectores de las clases pudientes y el Gobierno estadounidense, pusieron violentamente fin a proyectos de sociedad de contenido democrático populares.
Por ello a nadie debiera extrañar que quienes engrosan las listas de las víctimas de las dictaduras sean obreros, campesinos, indígenas, empleados, profesionales, pequeños y medianos empresarios, mujeres y jóvenes, que son los sectores sociales eternamente postergados por las políticas de modernización capitalista en América Latina.
No hay forma de devolverlos a la vida, pero en un acto de mínima justicia, desde este año contamos con el Día Nacional del Detenido Desaparecido, en que el país oficialmente recordará lo que son capaces de hacer nuestras Fuerzas Armadas y de Orden cuando son socializadas en las lógicas del enemigo interno, la intolerancia y el clasismo. Recordaremos además los límites que debemos poner ante la injerencia extranjera cada vez que se vea afectado nuestro derecho a la autodeterminación. Pero, lo más importante, contamos con un día en que, apoyados sobre el firme soporte que nos brinda la memoria colectiva, reafirmaremos el compromiso con la causa de la democracia y la justicia social, forma en que estoy seguro quisiera ser recordado aquel joven profesor que no pudo entregarme el bolsón escolar esa mañana de 1976. No te preocupes papá, no necesito mis cuadernos. La lección ya está aprendida.
Saludos, Manuel.
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Un día para recordar
“Herido de bala, con la vista vendada, las manos esposadas a la espalda y la angustia dentro, me ordenaron bajar. Después del camino de tierra, el vehículo ingresó a un lugar campestre, traspasando un gran portón de fierro, arrastrándome retrocedí. El roce del cuerpo por el piso ahondó el dolor. Dificultosamente me paré. Giraba todo alrededor. Sentí que estaba en medio de un remolino que me volteaba. Las piernas eran de plomo. Parado en ese lugar, a oscuras y maniatado, la soledad comenzó a hacerse patente.
“‘Camina, huevón’. Avancé a ciegas y caí desvanecido. Recobré los sentidos. Me pararon y empujaron. Di algunos pasos, me sostenían por los brazos. ‘Entra’. Caminé y la cabeza se estrelló contra un muro. El dolor fue intenso. ‘Tenís que agacharte, tonto huevón’. Lo hice. Había olor a limpio. Captaba espacios amplios. Seguimos avanzando. Trastabillaba, tropezaba, caía.
“Cada golpe provocaba la hilaridad de los verdugos. ‘Baja’. Calculé una escala y el paso para un escalón. Estrepitosamente caí. El cemento de la escala golpeó mi cuerpo. Por fortuna era corta. Entramos en una sala como gimnasio. Las voces retumbaban. Existía agitación, movimiento, varios hombres y mujeres hablaban. Una radio sintonizada tocaba fuerte. Era música de supermercados, como llamaba a esas melodías un amigo. Entre disco y disco, daba mensajes de la Junta invitando a incorporarse a la reconstrucción nacional. Me sentí torpe y voluminoso.
“Esperaba. Nadie decía nada. Parecía que se habían olvidado de mí. Pasaron los minutos; la debilidad aumentaba. La boca la sentía enorme y áspera. Quería dejarme caer. No lo hice. Fueron momentos de duda, pensaba: si hago tal cosa puede resultar esto o aquello. La expectativa era dramática. Como en diferentes ocasiones anhelé abrir los ojos y encontrarme en otro lugar.
“Aguardé el golpe que podía venir. ‘Sáquenle la ropa’. Abrieron las esposas, me sobé las muñecas. Me empezaron a sacar la ropa. Seguí con la vista vendada. Fui empujado hasta el borde de una tarima, camastro liso o mesa. ‘Súbete’. Con trabajo lo hice. Quedé tendido de espalda. Desnudo, con los ojos vendados, acostado sobre una cubierta fría y dura -como de latón o baldosas- terriblemente dolido, mi angustia se desbordó. A pesar de mi oposición, las lágrimas rodaban por las mejillas. El cuerpo brincaba, me estremecía.
“Recordé el bolsón escolar de mi hijo. Debían estar examinándolo, abriendo sus forros y tapas. En la orfandad renació la ira. Balbuceé las primeras palabras después de la agresión: ‘Ahí tienen lo que buscan, los cuadernos de mi hijo les van a servir harto’. Un golpe de puño, seco, recibí en la herida. ‘Cuenta ahora, concha de tu madre’. Grité de dolor. Mordiendo las palabras contesté preguntando. ‘¿Qué quieren que les cuente?’. ‘Todo pu’s huevón’. ‘No tengo nada que contar’. Esperé otro golpe. Llegó y fue más violento. Del pelo a los pies me sobrecogió el dolor. La herida manaba más sangre.
“‘Vos creí que somos aprendices, hijo de puta, si te buscamos fue por algo. Si querí tirarte a choro te vai cortado. Por lo demás, ya estái harto cagao’. Otra vez me dejaron. Algunos se alejaron y a otros los supuse al lado. Reían, bebían café, hablaban de la OEA mofándose de las discusiones sobre los derechos humanos. ‘Eso es puro hueveo, igual hacemos lo que queremos…’”.
Hasta ahí el relato de un joven profesor normalista que fue secuestrado por agentes del Estado, cuando de la mano de su esposa embarazada iba a recoger a su hijo de seis años para llevarlo al colegio en 1976. El testimonio es sólo un fragmento de la pesadilla que vivieron miles de personas que, en virtud de su compromiso con llevar a la práctica cambios sociales que beneficiaran a las clases trabajadoras, fueron convertidos en detenidos desaparecidos en Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Pues más allá de lo que puedan decir las retóricas que semantizan los golpes militares como “descarríos de la historia”, lo cierto es que las torturas, ejecuciones y desaparición forzada de personas fue el modo racionalmente planificado en que las Fuerzas Armadas y de Orden, impulsadas por sectores de las clases pudientes y el Gobierno estadounidense, pusieron violentamente fin a proyectos de sociedad de contenido democrático populares.
Por ello a nadie debiera extrañar que quienes engrosan las listas de las víctimas de las dictaduras sean obreros, campesinos, indígenas, empleados, profesionales, pequeños y medianos empresarios, mujeres y jóvenes, que son los sectores sociales eternamente postergados por las políticas de modernización capitalista en América Latina.
No hay forma de devolverlos a la vida, pero en un acto de mínima justicia, desde este año contamos con el Día Nacional del Detenido Desaparecido, en que el país oficialmente recordará lo que son capaces de hacer nuestras Fuerzas Armadas y de Orden cuando son socializadas en las lógicas del enemigo interno, la intolerancia y el clasismo. Recordaremos además los límites que debemos poner ante la injerencia extranjera cada vez que se vea afectado nuestro derecho a la autodeterminación. Pero, lo más importante, contamos con un día en que, apoyados sobre el firme soporte que nos brinda la memoria colectiva, reafirmaremos el compromiso con la causa de la democracia y la justicia social, forma en que estoy seguro quisiera ser recordado aquel joven profesor que no pudo entregarme el bolsón escolar esa mañana de 1976. No te preocupes papá, no necesito mis cuadernos. La lección ya está aprendida.
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