
Ameriquilla, llegaste a las tres décadas. Mujer hecha y derecha, con dos hermosos retoños a quienes diste vida y acompañas en su crecimiento, qué increíble que no sea capaz de verte sino como mi hermanita de seis años de edad! Cuánto no hemos vivido juntos sangre de mi sangre, gota del universo que compartimos el mismo adn, genético e histórico social.
Ame hermosa ¿recuerdas aquel lejano juramento que nos hicimos cuando papá y mamá estaban separándose y parte de la separación de bienes también incluía la posible separación de nosotros, yo con papá y tu con mamá? Nos tomamos de las manos, besamos una cadenita que me había regalado papá, y juramos que jamás dejaríamos que nos pusieran en la decisión de decidir con quien quedarnos, que solo nos teníamos a nosotros dos, que el resto del mundo hiciera lo que quisiera.
Para el día de la independencia de Hungría en el exilio íbamos cuando eras pequeñita a ver los fuegos artificiales sobre el Danuvio, pero ya no los podías disfrutar, esos sonidos te traían otras cosas a la memoria, y llorabas sin poder comunicarnos lo que ocurría. No tenías lenguaje para hacer comparecer a la historia esa huella que te quedó luego del balazo que oiste en el vientre de mamá, cuando detuvieron a papá en la calle precisamente hace 30 años atrás. Un latigazo amplificado que no pudiste descifrar en lo que sería tu memoria intrauterina.
Sin embargo, eres unas de las personas más amables y encantadoras, dulces y llenas de vida que podremos jamás conocer. Con tus rulos largos, la quena abriendo al aire melodías a borbotones, y esa mirada profunda, tan de papá. Una madre y amiga para todos y todas, del conocido y de quien ni sabes su nombre. Como el abuelo Manuel, en la calle te sientes en tu elemento, libre. Nunca soportaste mucho los colegios, los uniformes, la disciplina sin contenido.
Recuerdo cuando, por ser hija de Manuel Guerrero, en Suecia muchos chilenos suponían que, adolescente, debías poseer una formación militante de izquierda a toda prueba. Te mostraron un afiche que estaba colgado en una pared donde un hombre calvo y de barbilla de chivo se dirigía a unas masas que lo escuchaban entre banderas. "¿Quién es él?" te preguntaron y tú con sinceridad y toda seguridad respondiste que era Arturo Prat. Todos quedaron petrificados por tamaño sacrilegio y yo no pude contener una fuerte y feliz carcajada que creo que hasta papá pudo escuchar donde quiera que esté: se trataba de Lenin.
En otra ocasión, ya mayores, cuando habíamos retornado a Chile y queríamos ir a Maipú, a la casa de los abuelos, acordamos que yo iba a parar una micro a mitad de una calle y tú debías consultarle al conductor si era la correcta. Así hice, la micro se detuvo, el chofer abrió la puerta y ambos nos quedamos esperando que hicieras la consulta. Pero tú de pronto habías olvidado los nombres de las calles, los puntos cardinales y todas las referencias que para el resto de los humanos nos hace fácil la comunicación rutinaria. El chofer impaciente prácticamente nos gritó que si subiríamos o no a su máquina, y tú por fin le preguntaste: "¿Pasa por Avenida Pío Pío?". El chofer se quedó atónito porque no vió ánimo de joder en tus ojos y yo casi me orino de la risa pues la avenida se llama Pajaritos.
Ay Ameriquilla, no hay como tú en este mundo. Cumpliste los 30 y eres tú la que me envía desde Suecia, donde te quedaste, regalos: una hermosa bolsa de género como para comprar el pan confeccionada por tí, que lleva en cada mango una inscripción bordada con tu letra caótica que dice "hermanito, para que vayamos tomados de la mano".
Te amo con toda mi alma hermosa América. Eres auténtica y bella, buena y eternamente niña. Soy tu hermano mayor pero en realidad soy tu fans número uno, por tí he aprendido muchas cosas de la vida, y siempre me sorprendes con detalles que me sacan del ritmo maquínico en que solemos caer muchas veces. Disfruto cada uno de los pocos momentos en que podemos coincidir por la distancia. Y tus hijos van por tu mismo camino lo que me llena de optimismo por ese mundo más feliz que siempre será el cielo hacia el cual no me cansaré jamás de mirar, buscar y perseguir. En tí ya tengo la escalera que siempre me eleva más alto. Feliz cumple hermanita, recibe esta fotito que rescaté en que disfrutamos de la risa con el papá y tu casi saliéndote del marco de la foto. Y muchos, muchos árboles que ríen con nosotros.


