18 marzo 2007

[Algo sobre mi padre] Un rastafari huilliche


Siendo aún adolescente, a los 16 años de edad mi papá fue elegido miembro del Comité Central de las Juventudes Comunistas de Chile (JJCC) a las que había entrado a militar a los 14 años. Cuando de pequeño me contó que había entrado a militar a una juventud política tan joven, le pregunté si le había pedido permiso a mi abuelo. Él se rió y me relató que, efectivamente, más que pedirle permiso apenas recibió su "carnet" de jotoso fue a contarle la noticia a mi tata. Entonces, don Manuel le señaló muy serio que si quería asumir esa responsabilidad debía responderle la siguiente pregunta: ¿Sabes lo que es el "internacionalismo proletario"? Mi papá le miró sorprendido e improviso una respuesta que, por fortuna, le pareció coherente a mi abuelo. Entonces él le dió su aprobación, insistiéndole que lo más importante de todo lo que hiciera y sintiera de ahí en adelante debía ser siempre por las luchas y esperanzas de todos los trabajadores y seres oprimidos del mundo.

Mi papi se recibió como profesor primario "normalista" a los 18 años de edad, momento en que fue elegido, además, como el miembro más joven de la Comisión Ejecutiva de las JJCC y nombrado Encargado Nacional de Estudiantes Secundarios de esa organización. Las dotes de "líder de masas" de mi viejo sería una característica que lo identificaría a lo largo de toda su vida. A pesar que era una persona muy serena, meticulosa y metódica para lo que se propusiera, cuando se ponía a hablar en público, ya fuesen temas de agitación o incluso sobre tópicos tristes o reflexivos, desplegaba una energía telúrica a través del uso de la palabra, que captaba con mucha facilidad la atención y concentración de su auditorio, convirtiendo la ocasión de escucharlo en una verdadera experiencia de enseñanza y descubrimiento.

En una oportunidad, muy cabrito aún, mi viejo fue invitado a un encuentro mapuche en la zona precordillerana de Osorno. Los hulliches habían constituido un poblado con vista al lago Puyehue e iban a inaugurar una escuela para los niños de la zona. En una gran sala, que era toda la infraestructura de aquella nueva escuela, se reunieron los profesores preescolares que habían sido seleccionados de entre los miembros de la comunidad. Mi papá se dirigió a ellos y el espíritu animoso y sensible de sus palabras conmovió a los jóvenes huilliches que le solicitaron narrarles asuntos del país y de otros continentes. Mi padre destacó aspectos de su escuela, las enseñanzas surgidas de la historia patria, les recitó versos de autores nacionales, les sintetizó biografías de hombres ilustres.

El entusiasmo de quienes lo escucharon desbordó la escuelita, y los jóvenes partieron a caballo a otros poblados y reducciones de hasta seis u ocho leguas de distancia para traer más gente al encuentro. A las dos noches siguientes, mi papá, ante un nutrido conglomerado de jóvenes indígenas, les contestó las preguntas más diversas hasta el amanecer. Luego hubo abrazos, guitarras, cultrunes, bailes. Promesas de amistad permanente. Lágrimas de felicidad. Asentamiento de su verdad étnica. Junto a mi padre, aquellos jóvenes se ennoblecían al considerarse hijos de una misma patria con todos sus deberes y derechos sin dejar de ser huilliches.

En otra ocasión, cuando yo ya era alumno del Colegio Latinoamericano de Integración y cursaba el octavo básico, mi papá cumplía la función de Inspector del colegio, cargo que suele ser comumente asociado a los peores recuerdos de los estudiantes. Lo mismo pensé yo que sucedería con él, por lo que me daba entre pena y lata de tener un papá Inspector, a pesar que era feliz de poder verlo todos los días a la entrada y salida de mis clases. Un día, nuestro profesor de matemáticas no asistió a dar sus clases por estar enfermo. Ya en la sala nos avisaron que sería reemplazado por el otro "tío". Esperamos impacientes y de pronto entra mi padre a la sala. "Aaahhhh", se escuchó, pues era el Inspector. A mi me dió cosas en la guata verlo en dicha función con una recepción que no fue de lo más cálida. ¿De qué nos hablará el Tío?, oí que preguntaban entre sí mis compañeros con preocupación.

Era conocido que él era de izquierda, por su participacién en el Sindicato del Colegio, por lo que muchos temían que nos diera una clase aburrida de, no sé, economía política. Era 1984 y teníamos unos 13 años de edad. Mi papá, con su calma habitual, pero con una fuerza pícara en sus ojos que clavó en todos nosotros simplemente nos preguntó "¿Conocen a Bob Marley & The Wailers?". "¿A quién?", nos miramos extrañados pensando que se trataba de algún autor complicado. "¿Cómo?", insistió, y salió de la sala para volver con una radigrabadora y un par de cassettes. Puso uno y por los parlantes se oyó una batería de ritmo curioso, unas guitarras eléctricas que no eran rockanrolleras pero que sin emabargo contagiaban de inmediato como para bailar. Y luego la voz de Bob Marley cantando "I shot the sheriff"...

Escuchamos el tema entero mientras veíamos cómo él en silencio disfrutaba de aquella música original que no daban en ninguna radio de las que conocíamos. Paró la cassetera y nos anunció triunfante: "Esta es la música reaggea, que los negros jamaicanos han creado en la ciudad de Kingston para contarle al mundo acerca de sus luchas, sufrimientos y esperanzas"... "Tío, y dónde queda Jamaica? ¿Qué significa reaggea? ¿Los jamaicanos son africanos?¿Tío, puede poner otro tema, podríamos grabar su cassette? ¿Tiene otros?¿Quién es ese Bob Mar..., cuánto era tío?"... Y ya estábamos todos aprendiendo en 45 minutos la ubicación en el mapa de Jamaica, conociendo la historia del neocolonialismo, enterándonos que habían más religiones en el mundo que la católica, aprendiendo sobre distintos estilos de música contestataria, como la salsa del Rubén Blades que le canta a la perdida independencia de Panamá en manos de Estados Unidos... "¿Rubén cuánto tío, tiene también música de él?"... Y mi papá iba sacando sus cassettes ya con todos nosotros encima de su pupitre de profesor, resistiéndonos a aceptar que pronto terminarían los 45 minutos de reemplazo, porque queríamos saber de otros pueblos, de sus creaciones, sus luchas y esperanzas. Sin saberlo estábamos asistiendo a una de las expresiones más hermosas que pude conocer del internacionalismo proletario que heredó mi padre de mi abuelo. Bajo un nuevo formato, pero con el mismo imperativo ético de amor a la humanidad toda.

3 comentarios:

°°JanEKew°° dijo...

agregaré este blog a mis links

te leo...

llegué a este blog por un link q me mandaron vía mail en un adjunto de una invitación

saludos
M.

bitacoreta.org dijo...

Que bonita historia Manuel, que orgullo debe ser tu padre para ti.
Saludos, bitacoreta.org

Pablo dijo...

Hola Manuel, desde las australes tierras de Coyhaique va este saludo... ando por acá por pega y no estoy seguro que alcance a estar de vuelta el sábado, si no, los mejores deseos para ese día, que sea una gran fiesta callejera (sí, fiesta! aunque pueda sonar raro por los hechos que se recuerdan, ese sería un bonito triunfo de la vida sobre el horror).
Leyendo este relato, comparto otro que yo no viví pero que me contaron compañeros de curso (yo llegué el colegio el mismo 85 y esto ocurrió el 84). Dicen que un día tu padre entró a la sala de quinto básico, también reemplazando a otro profe que ese día no pudo ir. Estaba recién llegado al colegio entonces se presentó y contó que venía de una escuela pobre de Conchalí. La respuesta espontánea de los niños -de familias de izquierda pero igual elitistas y algo pequeño burguesas- fue "tssss chi loggoo conshali...". El profe o tío Manuel escuchó este murmullo infantil, pero en lugar de retarlos o enojarse por eso les habló amablemente y les explicó que los niños de todas las clases eran iguales, que el hecho de nacer en un barrios de menores recursos y con más necesidades materiales no los hacía más indignos, y que había que acabar con las diferencias y discriminaciones de clases. Bonita historia también, que realza esta calidad de pedagogo comunista que tú describes en tu relato, y que además pienso está profundamente enraizada en una cierta forma de ser y hacer izquierda en el sentido de "generar conciencia" desde lo cotidiano, no desde los textos teóricos.
A propósito de Conchalí, hay una vieja "tía-madrina" adoptiva mía que iba también a veces a la AGECH y fue una gran admiradora de tu padre como dirigente. Ella trabajó también en una escuela de Conchalí (no sé si exactamente en la misma de él, pero pienso que pudo haber sido) y entiendo que trabaja actualmente en la UPLA. No sé, tal vez podría interesarte tomar contacto con ella.
Un abrazo, Pablo.