
Hay amigos que son para toda la vida. Extrañamente no es necesario si quiera el tener un contacto permanente, basta el saberse que estamos, que somos, y el cariño alguna vez engendrado en el tiempo asegura que la lealtad sea para siempre.
Es lo que me ocurre, por ejemplo, con mi amigote Nelson Arriagada. Nos conocimos cuando yo estudiaba guitarra clásica en el Conservatorio de la Universidad de Chile, y él cello. Ambos debemos haber cursado el séptimo u octavo básico en el ISUCH, el Instituto Secundario de la Universidad de Chile, que aún sigue en pie formando futuros artistas muy cerca de la estación Los Héroes del metro, en plena Alameda. Además de compartir las clásicas salidas de niños ochenteros a los flippers y videojuegos, con el Nelson y otros amigos se nos ocurrió fundar un grupo de rock progresivo, tipo Yes, que llamamos "Vibraciones". Nuestros instrumentos eran rudimentarios, los íbamos consiguiendo por ahí y apenas contábamos con amplificación. El bajo, por ejemplo, era una guitarra afinada grave, la batería muy al estilo de Sol y Lluvia con bombos folcklóricos, platillos y una caja, el sintetizador un Casio, y mi guitarra eléctrica una que compré usada por ahí.
Todo era muy precario, pero el amor por la música era a toda prueba. Armamos un pequeño reperterio de apenas dos temas y medio: una pieza lenta de Jethro Tull -la que se utilizaba en aquella época como fondo musical de un comercial de TV de los chocolates Vicio, que terminaba con el grito "Déjame uno!"-, un rock latino de Santana, y un tema de Emerson Lake & Palmer a medio sacar. Con tal repertorio nos presentamos en una Peña que organizaba el Centro de Estudiantes de Ingeniería de la Universidad de Chile, en su sede en Beaucheff.
Era el año 1985, y antes nuestro habían tocado los Ayrampú, música folcklórica estilizada, de excelente factura. Otros grupos subieron e interpretaron canciones protesta y de la siempre querida Nueva Trova cubana. Luego anunciaron a Vibraciones, y aparecen un grupo de ninos casi adolescentes, enchufando la guitarra eléctrica con un efecto de distorsión, todos vestidos en pantalones cortos deportivos, como si estuviéramos listos para salir a trotar. La mayoría del público eran "artesas" y nos miraban con recelo y sorpresa. Me dirigí al público a través del micrófono, mientras afinaba la guitarra tocando la línea principal de Message in a Bottle de los Police, y simplemente señalé que la cultura era un aspecto de la lucha contra la dictadura que debía trascenderla una vez que alcanzáramos un gobierno democrático y popular, pues ella no solo permite unir a distintas generaciones compartiendo valores comunes, sino que cimienta el terreno para la transformación permamente del ser humano. Que sin cultura simplemente no hay libertad.
Dicho esto tocamos a Jethro Tull en plena peña en Beaucheff, que era un lugar mítico por las protestas universitarias contra carabineros. En el público estaba Pancho Rojas, quien nos alentaba entusiasta, junto a otros secundarios de las JJCC, el MIR, la Izquierda Cristiana, y por cierto, las bellas compañeras socialistas. También estaba César, el segundo compañero de mi madre, con la sonrisa de oreja a oreja, moviendo su pie al ritmo de Santana, que fue el segundo tema que interpretamos. Casi todos estudiábamos música, a eso queríamos dedicar el resto de nuestras vidas, por lo que hicimos el máximo esfuerzo de mostrar algo digno, con mucho compromiso con lo que ejecutábamos, apropiándonos del rock que por algunos era considerado "imperialista". La gente rió y aplaudió entusiasta. Nos pideron otra, y tocamos nuestro tema favorito de los Emerson, Lake & Palmer. Luego desenchufamos nuestros instrumentos, excepto mi guitarra eléctrica porque se acercó un poeta, quien luego de felicitarnos, nos consultó si podía acompañerse de mi pseudo Fender Stratocaster, pues lo que él hacía era "poesía rock". Claro, le dije feliz. Y nos sentamos a oír sus poesías rebeldes, inteligentes, auténticas. Ante nosotros recitaba el poeta recién llegado de Inglaterra, Mauricio Redolés.
De tal época data mi amistad con Nelson Arriagada. Él es actualmente uno de los mejores contrabajistas del circuito jazzero chileno, con estudios de postgrado en Alemania. No nos hemos visto con frecuencia desde aquellos años. Mi padre ya había sido asesinado cuando nos juntamos a hacer música en Vibraciones, y de Nelson, a pesar de su corta edad, nunca sentí un trato distinto por ser "hijo-de", estigmatización lamentablemente frecuente, que pierde de vista la personalidad propia, con virtudes y defectos, de quienes tuvimos la fortuna de tener por padres a luchadores sociales destacados. La unión en la amistad se dió en el plano de igualdad que posibilita la música colectiva, donde cada uno constituye un aporte singular, complementario y de apoyo para el otro, emergiendo una realidad sui generis, conjunta, valiosa para todos. Es nada más ni nada menos que el modelo de sociedad en que espero vivan mis hijas algún día: horizontal, solidaria. Cuando realizamos este año el acto de conmemoración de la muerte y vida de los Manueles, en el frontis del lugar donde los secuestraron en Av. Los Leones, reapareció Nelson con su contrabajo, trayendo los saludos de Miles Davis, John Coltrane y Chucho Valdés. Compartió con nosotros música que despierta a las piedras.
Ahora Nelson ha formado la estupenda agrupación Mario Feito Trío. Han lanzado su disco debut El Último Patagón, y se presentarán este Jueves 4 de octubre a las 22:00 horas en club de jazz El Perseguidor, ubicado en Antonia López de Bello 0126,
Providencia, Barrio Bellavista, en Santiago. El precio de la entrada está ajustado para el bolsillo popular, solo $1.500. Las reservas se pueden realizar al telefóno 777 6763.
Quedan fraternalmente invitadas e invitados a conocer uno de los proyectos musicales más originales del último tiempo y que ha generado excelentes comentarios del público y de la crítica especializada. Conocerán, además, a una excelente persona.
Que viva por siempre la amistad, que viva el jazz. Y que éste sea para todos, porque también es nuestro.
Un abrazo,
Manuel.