27 octubre 2009

Hace un año, un nuevo inicio

Hace un año exacto, después de mucho esfuerzo compartido con ustedes, gente maravillosa, logramos entrar al Concejo de Ñuñoa. Hacía más de 30 lustros en que un representante de la izquierda llamada "extraparlamentaria" no estaba presente en ese lugar de decisión. Hace un año resultamos electos y celebramos.

Ha sido un año de aprendizaje, de apuestas, de trabajo intenso. Aún falta mucho por hacer, pero ya emprendimos el camino, y aquí lo recuerdo junto a ustedes con el discurso de cierre de campaña.
Abrazos y muchas gracias amigos/as,
Manuel.

23 octubre 2009

Carta de apoyo del Concejal Guerrero a los profesores de Chile

Sra. Alejandra Placencia
Colegio de Profesores
Comunal Ñuñoa
Presente

De mi consideración:

Junto con saludarle, le escribo para solidarizar y brindar mi apoyo, en mi calidad de ciudadano y Concejal de la comuna de Ñuñoa, al Magisterio chileno, que se ha movilizado con justeza, para que el Gobierno de cumplimiento al pago de la Deuda Histórica que sostiene nuestro Estado con los profesores y profesoras del país.

En este saludo, me hago parte de vuestro movimiento, y llamo a los y las colegas Concejales de todo Chile a solidarizar con vuestros esfuerzos. A su vez, hago un llamado a los representantes de todas las corrientes políticas del país, a los parlamentarios de todas las bancadas, para que se generen, con carácter de urgente, los canales de diálogo que permitan que el proyecto de ley tenga discusión inmediata. De no ser así, si no se consideran lo que el magisterio junto a los parlamentarios en sus respectivas Comisiones han trabajado durante tanto tiempo, no cabe simplemente aprobar el presupuesto en Educación, pues carecería de un principio de realidad mínima que se reconocer y dar solución al problema de la Deuda Histórica.

Cuando en situación de paro nacional del magisterio se intenta, por parte de personeros de Gobierno, señalar que quienes más sufren los costos de esta justa movilización son los niños y niñas del país, que quede claro que no han sido los profesores quienes provocaron este estado de cosas, y que es el conjunto de la sociedad chilena la que es responsable de los niños y niñas, de modo que no generar los canales de solución para este problema, nos hace responsables a todos y todas, y especialmente a quienes sí tienen la posibilidad de tomar decisiones que afectan el destino de miles de personas, de lo que a estudiantes, profesores, familias y país nos ocurre. Hace falta hacerse parte de la solución del problema y no esquivar lo que de suyo es evidente y justo: la Deuda Histórica existe y debe ser pagada.

La calidad de la educación no solo se ve garantizada para un correcto trabajo en aula, sino con una sociedad que se hace cargo de la educación como un fenómeno social integral, como un derecho y no solo como un servicio, lo que implica hacer justicia con las demandas históricas del magisterio, que será una forma de hacer justicia también a los y las profesores que dieron su vida por el retorno a la democracia en nuestro país.

Saludos fraternos,
Manuel Guerrero Antequera
Concejal de Ñuñoa

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"Por una comuna que nos integre a todos,
por una cultura que irradie sus tesoros"

Manuel Guerrero Antequera
Concejal por Ñuñoa
http://www.manuelconcejal.cl
celu: 8-2092837

20 octubre 2009

Lo que el muro se llevó


En estos días se conmemoran 20 años de la caída del Muro de Berlín. Hay un modo dominante de recordar ese acontecimiento como gesta civilizatoria semejante a la conquista de la luna por el Hombre. Tal versión puede ser cierta, pero no es toda la verdad.

Por los avatares del binomio dictadura/resistencia chilena, para el 89 me encontraba con 18 años de edad en Berlín oriental finalizando mi cuarto medio en la secundaria Emmanuel Kant de la comuna de Lichtenberg. Un día a inicios de noviembre estando con amigos en un club de literatura cerca de las diez de la noche, se oyó por radio el comunicado de Günter Schabovski, en que el gobierno permitía –tras cuarenta años- cruzar libremente a Berlín Occidental por una noche. Con mis amigos alemanes nos miramos atónitos por la noticia. Nadie sabía muy bien qué hacer, era una resolución insólita, fuera del cotidiano. Como Alicia a través del espejo, masas de “Osis” comenzaron a cruzar al “West” para conocer de primera fuente lo que por durante tanto tiempo había sido demonizado en casa o endulzado por los canales de televisión occidentales ZDF y Sat 1.

Ya en julio cientos de alemanes de la RDA habían decidido emigrar a la RFA vía Austria, a través de la frontera abierta por Hungría. En octubre eran unos 50 mil los que habían ocupado ese paso. Marchas multitudinarias de la sociedad civil por la democratización de la RDA se sucedían por el centro de Berlín cruzando la Alexander Platz, bordeando el Palacio de la República, ante la observación atenta de la puerta de entrada de los Jardines Colgantes de Babilonia, construida por Nabucodonosor, que desde alguna conquista prusiana ahora pendían del Museo Pergamon a orillas del Spree.

Yo militaba desde los 14 años en las Juventudes Comunistas de Chile. A fines de 1988, cuando comenzó el movimiento social alemán, solicité que nuestro Partido, en tanto organización revolucionaria internacionalista, se hiciera parte del reclamo contra el estalinismo enquistado en el aparato del Estado que era cada vez más abierto de parte de las mayorías antes silenciosas de la RDA. El socialismo es democrático o no es, nos había enseñado a través de sus discursos Salvador Allende, y ahora nos tocaba a los revolucionarios chilenos acompañar y formar parte de esa ciudadanía que pujaba por más democracia en su país, ayudados por el contexto de la Glasnost y la Perestroika de Gorbachov en la URSS. Ante mi apasionado argumento un dirigente del Partido me respondió lacónicamente “no se meta en huevás compañero”. Lo que hice fue salirme del Partido e ingresé a los Antifa Gruppen, a pelear en las calles contra los cabeza rapadas y organizar la defensa del socialismo pero reconquistándolo para la gente.

En una línea menos radical, pero más propositiva y transversal, la escritora Christa Wolff compartía la necesidad de darle un contenido auténticamente democrático al socialismo, por lo que organizó el Nuevo Foro que logró, con mucha efectividad en razón de la ética probada de sus integrantes, convocar a amplios sectores ciudadanos a movilizarse pacíficamente, a constituirse en sociedad civil activa. El 19 de septiembre de 1989 solicitó al Gobierno el certificado de reconocimiento de su asociación, el que fue rechazado bajo la acusación de “enemiga del Estado”.

Cuando llegué a mi colegio no había un centro de alumnos elegido democráticamente. La calidad de la enseñanza era espectacular, también del deporte y de las artes, todos de acceso universal y gratuito para cualquier hijo de vecino. Pero la única organización que estaba permitida era la Juventud Libre Alemana, en la que militaban casi el 100% de mis compañeros. Si no estabas ahí era muy difícil generar luego una trayectoria laboral exitosa, me explicaban. La solidaridad con Chile contra Pinochet era generosa y comprometida, ¿pero porqué no actuaban por democratizar, por mejorar su propio país? “No te metas en huevadas”, me respondían antes del 89 mis amigos alemanes, “solo conseguirás que te corten la beca en el colegio y te quedarás sin Bachillerato”. Ellos no temían tanto a la ahora mítica Stasi, la seguridad interior del Estado, sino que no creían en la política como capacidad colectiva de transformación social. Habían perdido la fe en su propia capacidad de incidir en su destino.

El 25 de septiembre del 89, en la ciudad de Leipzig, miles de personas se decidieron a realizar una marcha todos los lunes. En Berlín las protestas pacíficas eran cada vez más frecuentes y las plazas bullían de debates. El 7 de octubre fuimos convocados por la directiva de nuestros colegios a asistir a la celebración del 40 aniversario de la RDA. Pasarían lista. Bordeando las calles nos dispusieron con banderitas de cartón a saludar a los jerarcas de los países socialistas del Este que venían a dar una señal de unidad del Pacto de Varsovia. Recuerdo haber visto pasar saludando a Gorbi con su mancha en la calvicie –el mapa de Afganistán comentaban mis amigos-, y a Ceaucescu, quien moriría fusilado a los pocos meses por una revuelta en su contra en Rumania.

A la noche, frente al Palacio de la República, el histórico líder de la resistencia antifascista alemana y Jefe de Estado, Erick Honecker, arengó en un discurso con la voz quebrada por la avanzada edad a la Juventud Libre Alemana que había llegado con sus camisas azules y antorchas encendidas. Solo días después, el 18 de octubre, Honecker dimitiría de su cargo presionado por las movilizaciones sociales.

El 4 de noviembre, medio millón de personas nos reunimos en el centro de Berlín convocados por la Asociación de Artistas. Christa Wolff dio un discurso de defensa del socialismo, con fuertes críticas a quienes abandonaban el barco yéndose a la RFA, la tarea era recuperar el país para las mayorías, no hacerlo desaparecer. El 8 de noviembre el gobierno comunicó que habría elecciones libres y que se le otorgaba estatuto legal al Nuevo Foro.

La esperanza en el cambio social se podía tocar con las manos. Obras de teatro antes prohibidas se exhibían, el Decálogo de Kiszlovszki se daba en el cine con traducción simultánea en vivo, regresaban artistas de izquierda disidentes como Wolf Biermann y revolucionarios como Walter Janka, antiguo comunista y combatiente de la guerra civil española, entregaban sus testimonios sobre el estalinismo y la necesidad de un socialismo democrático. El 9 de noviembre, estando en el club de literatura que frecuentábamos con mis amigos oímos el comunicado oficial de Schaboski: había permiso para pasar a Berlín Occidental.

Salimos del club pasadas las diez de la noche. Éramos miles de personas. Yo tenía visa múltiple por mi calidad de extranjero, lo que me permitía ir y volver entre los dos Berlines en forma continua. Pero ese extraño privilegio no lo tenían mis amigos. Yo pasaba “al otro lado” y les traía exquisitos sándwich turcos, los Kebab de Kreuzberg, libros de Nietzsche, Schopenauer y Sartre, y vinilos de los Stones y Neil Young. Esta vez sí se podía, y junto a Jirka, André, Thomas y Frank cruzamos la frontera. Mi intención era mostrarles la pobreza disimulada en occidente, sus prostíbulos en que las mujeres eran tratadas como objetos, la decadencia de los consumidores de drogas con sus jeringas en las calles, los cesantes vagando pidiendo limosna. Deseaba mostrarles las maldades del capitalismo para que no se arrepintieran de tener un país socialista, pero que faltaba democratizar.

No obstante, mis amigos caminaban entre las masas de Osis que se tomaron pacíficamente las calles principales de West Berlin, y miraban las construcciones, los negocios que a las once de la noche abrieron extraordinariamente sus puertas arrojando productos gratis a la gente. Con ojos grandes miraban a los alemanes del otro lado que también los miraban a ellos con ojos desorbitados. No oían mis plegarias militantes, mis observaciones radicales y sesudas sobre la estratificación social capitalista en clases distinta a la estratificación burocrática del Este. Caminamos cuadras y cuadras durante la noche. Los vi felices y tristes a la vez. Era Alemania también, pero no la de ellos, aunque tampoco sentían la RDA como propia.

Fuimos al cine, comimos en un restaurant chileno –donde había palta y muchos productos que escaseaban en la RDA-, brindamos por la amistad y a la madrugada regresamos para llegar a la hora al colegio. A las 8:30 estábamos puntuales todos en clases. Profesores y estudiantes con ojeras, todos habían cruzado por la noche. Nadie comentaba mucho, había la voluntad que la vida siguiera su curso normal, retomar las movilizaciones, generar propuestas. Sin embargo ya nunca más fue lo mismo. El mundo había cambiado. Las certezas por años aprendidas como axiomas, que otorgaban algún tipo de tranquilidad, se habían hecho añicos sin encontrar reemplazo. Lo que vieron al otro lado no era tan malo pero tampoco tan espectacular como para perder lo propio, pero esto ya era irreversible.

Una sorda desesperanza noté en ellos, no un entusiasmo revolucionario como soñaba Kant la experiencia moderna e ilustrada de la libertad y la autonomía. “Sé libre, usa tu razón” vociferaba el filósofo de Königsberg entusiasta del componente anímico de la revolución francesa. Pero aquí ocurría lo contrario. Algo había en el aire que los alemanes del Este notaban, algo que escapaba a su control. Un silencioso desencanto con todo, con lo propio y lo ajeno. Aún no desaparecía la RDA como país, pero ya se vivía el cambio, se observaba la canalización del proceso democratizador en otra cosa extraña que se jugaba no en la calle, en la plaza, en lo público, sino tras bambalinas de otra magnitud geopolítica. El proceso de anexión había comenzado.

A los años de ocurrido el 9 de noviembre mi amigo Thomas se suicidó. Su hermana también lo hizo. Y mi director del colegio también. Y varios más. No es que no celebraran la democracia, no es que quisieran regresar a lo que había. El mundo les cambió radicalmente, de haber logrado constituirse en pocos meses en actores sociales protagonistas de una posible nueva historia colectiva, pasaron a ser ciudadanos de segunda categoría de una sociedad y sistema económico preexistente, al cual fueron entregados en bandeja bajo el nombre de reunificación alemana por medio de las hábiles manos del canciller Kohl y el camarada Gorbachov. En la ex RDA advino el momento de desaprender colectiva e individualmente todo para aprender a seguir viviendo de una manera no escogida libremente.

Hay una memoria victoriosa del 9 de noviembre de 1989. A quienes escriben la historia les gusta poner hitos temporales y esa fecha simboliza la caída de la cortina de hierro, y el fin del muro de Berlín sirve de alegoría de lo que vendría con la desaparición de todo el bloque soviético. La conclusión del siglo XX corto, como le llama Hobsbawm, o directamente el fin de la historia, como clamó apurado Fukuyama por el triunfo del libremercado a escala planetaria. Sin embargo, eso no es todo.

Dicen que es muy probable que Neil Amstrong jamás pisara la luna y que toda aquella travesía no fue más que un montaje televisivo del genial Kubrick. En este otro caso el muro sí cayó, no cabe duda, pero no fue lo único que allí se derrumbó. Y tal vez lo principal: la destrucción quita lo que había, pero por sí misma no genera lo nuevo. Esa apertura a lo inédito, la conquista colectiva de una sociedad democrática y solidaria que no es el “capitalismo con rostro humano”, es lo que el muro también se llevó. Pero la memoria de haber hecho la experiencia libertaria no se borrará y a no dudar habrán nuevos intentos, por muchos muros que se levanten en el camino. Persistir en el intento, abiertos con memoria a lo nuevo, quizá en eso consiste ser humanos.

13 octubre 2009

Carta al Presdiente Obama de EEUU al ser desginado Premio Nóbel de la Paz 2009


Me hago parte de los parabienes y contenidos de la carta de Adolfo Perez Esquivel al Presidente Obama.
Slds,
Manuel Guerrero
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Carta al Presidente de Los Estados Unidos al ser designado Premio Nóbel de la Paz 2009
Por Adolfo Pérez Esquivel

Reciba el fraterno saludo de Paz y Bien.

En primer lugar mis felicitaciones por la designación como Premio Nóbel de la Paz 2009, esperando que la misma contribuya a fortalecer la Paz en su país y el mundo, frente a los conflictos y situaciones donde EE.-UU está involucrado y que pueda contribuir a restablecer los lazos de cooperación y solidaridad entre los pueblos.

Tengo que señalarle que me sorprendió la noticia de su designación. Sé de sus valores humanistas y decisión de superar los graves problemas que afectan a su país y el mundo.

Que quiere hacer realidad el sueño de Luther King, ese gran luchador por los derechos civiles en su país, para superar las injusticias a fin que todos y todas podamos sentarnos en la misma mesa de la fraternidad y compartir el pan que alimenta el cuerpo y el pan que alimenta el espíritu y construir los caminos de la libertad.

La Paz es la construcción permanente entre las personas y los pueblos, en la diversidad y la unidad.

Sr. Presidente, EE.UU tiene grandes desafíos tanto en lo interno, como a nivel internacional. Se necesitan decisiones políticas para superar los conflictos armados que afectan a la humanidad y en los que su país está involucrado.

No se ha logrado erradicar la tortura ni el cierre de las cárceles en Guantánamo, que EE.UU tiene en Cuba y la de Abu Graib en Irak. Hasta el momento no fue posible llevar adelante la decisión que Ud. ha manifestado en reiteradas oportunidades: poner fin a la guerra en Irak y Afganistán. Los pasos dados son muy débiles e incipientes.

En América Latina es urgente terminar el bloqueo inmoral e injusto contra Cuba que ya lleva casi 50 años, la liberación de los 5 prisioneros cubanos en los EE.UU y permitir la visita de sus familiares que hace 10 años no logran la visa para poder ver a sus seres queridos, lo que viola el Derecho Humanitario.

Si bien sus declaraciones son esperanzadoras es necesario concretarlas en la práctica siendo coherente entre el decir y el hacer, y encontrar los caminos alternativos de construcción social, cultural y político que permitan cambiar las relaciones entre EE.UU y los pueblos, muchas veces conflictivas y no de integración y respeto a la diversidad y soberanía de otros pueblos.

La instalación de siete bases militares norteamericanas en Colombia, no contribuyen a la Paz. Por el contrario intensifican los conflictos y ponen en peligro las democracias en Latinoamérica.
Un ejemplo es el golpe de Estado en Honduras, que no podría haberse llevado a cabo sin la participación del gobierno de EE.UU

Sr. Presidente, Ud. está frente a grandes desafíos y bien sabe que no puede asumirlos una sola persona. Los pueblos deben ser partícipes y protagonistas de la construcción de nuevos paradigmas de vida y llegar a hacer realidad sociedades más justas y fraternas.

Escuche la voz de los pueblos y no se deje manejar por quienes siempre buscan privilegiar el capital financiero, imponer sus propios intereses, económicos, políticos y militares, sobre la vida de la humanidad. Son quienes destruyen el medio ambiente, las libertades ciudadanas y generan el hambre, la pobreza y marginalidad.

Tenga presente que la FAO ha señalado que mueren por día más de 35 mil niños de hambre en el mundo.

Usted, como Presidente de EE.UU y Premio Nóbel de la Paz tiene que optar y decidir el camino a seguir: o continúa aumentando el presupuesto militar, torturando e invadiendo otros pueblos, o está dispuesto a construir la Paz , superar el hambre, el analfabetismo, la desigualdad social y construir un “Nuevo Contrato Social” para la humanidad, de respeto e igualdad para todos y todas.

Sr. Presidente le deseo mucha fuerza y esperanza y espero que su designación como Premio Nóbel de la Paz contribuya a fortalecer la gobernabilidad en su país, fundamentalmente, lo reitero, para estar al servicio de los pueblos y el mundo.

Aquellos que hemos sido galardonados con el Nobel de la Paz , esperamos sumar esfuerzos y caminar juntos.

Esperamos con esperanza que sus próximos pasos y decisiones sean en la dirección correcta.

Le reitero el saludo fraterno de Paz y Bien

Adolfo Pérez Esquivel
Premio Nóbel de la Paz 1980

Buenos Aires, 9 de octubre del 2009

08 octubre 2009

Las tarjetas de Navidad de Madariaga

Hoy llegó la noticia, que la ex ministra de Justicia y Educación de la dictadura militar, Mónica Madariaga, murió a primeras horas de la mañana víctima de un cáncer. Las siguientes son las reflexiones que me surgieron movido por este suceso.
Saludos fraternos,
Manuel G.
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LAS TARJETAS DE NAVIDAD DE MADARIAGA
por Manuel Guerrero Antequera

Hace años, mi primer trabajo profesional fue en la Secretaría Técnica del Consejo Superior de Educación, hoy Consejo Nacional de Educación. Como sociólogo estaba a cargo del seguimiento de varios procesos de autonomía de universidades e institutos profesionales nuevos. Entre ellos había uno de Concepción, que tenía de rectora a Mónica Madariaga. Durante medio año tuvimos intercambios epistolares, en los que yo redactaba oficios y cartas que firmaba el Secretario Ejecutivo del Consejo, los que ella respondía muy pomposamente. A mí me tocaba revisar y contestar sus comunicaciones, pero con la firma institucional. Hasta que en una oportunidad ella solicitó una entrevista personal.

Arribó en una camioneta cuatro por cuatro gigante. Se sentó en la sala de espera y luego de un momento fue atendida por el Secretario Ejecutivo. Yo estaba en mi oficina en el segundo piso y decidí bajar a saludarla, porque consideré que me correspondía hacerlo, pues llevaba los asuntos de su institución. Tuve algunos minutos de vacilación. Me pregunté qué me pasaría al estar frente a ella. Sin embargo, primó mi sentido del deber profesional. Ella estaba ahí como rectora, no por su calidad de cómplice de la dictadura, y en tanto autoridad educacional se merecía el trato deferente que le dábamos a cualquier persona. Bajé y entré a la sala.

El Secretario Ejecutivo, se puso un poco nervioso al verme, pero sentí que era más bien en una actitud de protegerme y solidaridad con esta extraña situación y encuentro un poco probable entre personas que, por sus historias de vida, estaban en bandos antagónicos. Ella se puso de pie, era muy alta, y en un perfecto chileno -estaba llena de modismos, todo lo hablaba con diminutivos- preguntó, "¿y cómo se llama usted mijito?". Me acerqué y le extendí la mano, "Manuel Guerrero", le dije sin levantar la voz pero en forma muy clara, "el profesional a cargo del proceso de licenciamiento de su institución". Al oírme se echó un instante para atrás, y en un tono más delicado dijo, "Usted tiene un nombre histórico". "Y usted tiene una firma histórica", le respondí, y en sus ojos me pareció ver cómo recorría mentalmente la Ley de Amnistía.

Hubo un silencio de un par de segundos y luego nos sentamos a analizar la situación del instituto. Al poco tiempo solicitamos al Ministerio de Educación su cierre. Pero no porque lo dirigiera Mónica Madariaga, no por los actos pasados de su rectora, sino porque en el presente esa institución no cumplía condiciones mínimas de calidad y habían antecedentes objetivos que lo evidenciaban.

Durante un par de años me envió tarjetas de Navidad. "Felices fiestas Manuelito, que lo pases bien y en paz junto a tu familia". Nunca se las respondí. Daban ganas de espetarle, "Mi familia está incompleta, porque la dictadura de la que fuiste parte asesinó al abuelo de mi hija, a mi padre". Sin embargo, cada vez que estuve frente a ella no lo hice. No le grité, ni la escupí. No lo hice y no me arrepiento. Considero que no era necesario, pues mi relación con ella era estrictamente laboral, de funcionario público con una rectora. Ahora nosotros somos el Estado, pensaba en mi interior cada vez que ella llegaba a una reunión, y somos, debemos ser diferentes a lo que ellos fueron. No olvidamos a nuestros muertos, pero sabemos que el Estado es para todos sin excepción. Ahora es ella la que debe dar cuentas, como cualquier ciudadano que dirige una institución educativa, trátala como corresponde a esa condición. No seas victimario, no la conviertas en víctima, me repetía.

"Revanchismo jamás, justicia, nada más, pero tampoco nada menos". Suena bien, pero es difícil asumirlo y más aún aplicarlo. Ella debió haber rendido cuentas respecto de su participación en la infame Ley de Amnistía y tantas otras barbaridades de las que participó. De alguna manera lo hizo, en una forma peculiar, a través de las entrevistas que concedió, entre ellas cuando reconoció haber intervenido directamente para impedir que Sebastián Piñera, ahora candidato a la presidencia, fuera detenido a raíz de la investigación que realizaba la justicia en 1982 en el caso del fraude del Banco de Talca.

Hay muchos civiles que generaron las condiciones de posibilidad y de mantención de la dictadura que aún pasan desapercibidos. Me parece que no fue el caso de ella. Quizá el cáncer del cual acaba de morir, fue la forma en que su cuerpo y conciencia hizo justicia respecto de sí misma, de sus actos, de la impunidad que consume al cuerpo de Chile y vemos que también al cuerpo de su gente. Creo que debieran haber otras vías de absolución. Esos caminos son los que nuestra sociedad y sistema político bloquean al no abrir más espacios para que se aplique mayor justicia en los casos de la dictadura. Que se investigue todo, que hayan sanciones, que no solo los asesinos materiales cumplan las penas, sino también sus autores intelectuales, las autoridades civiles de la época. Sin ello no solo no se está reparando a las víctimas, sino que los propios victimarios se ven imposibilitados de alcanzar la paz. Paz que en algunos pocos casos, como en el de Madariaga, les desean a otros a través de inverosímiles tarjetas de Navidad, porque saben, tienen la certeza, que ya nunca más la obtendrán.