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06 septiembre 2011

Guitarristas clásicos de América adhieren a Movimiento Estudiantil chileno

Roberto Aussel
El encuentro musical Guitarras de América se ha alineado a la causa estudiantil, lo que tendrá lugar martes en la Sala Isidora Zegers de la Facutad de Artes de la Universidad de Chile, y difundirá la riqueza del repertorio clásico y popular de destacados guitarristas internacionales. Nombres tan importantes como el argentino Roberto Aussel, y parte de su repertorio de Atahualpa Yupanqui, Tania Ramos, de Paraguay, con su guitarra de doble afinación, y Douglas Esteves con melodías propias de Venezuela, vienen a compartir su talento junto a maestros chilenos y el charanguista peruano Omar Ponce.

Cada uno de ellos representa el trabajo y la investigación de la música de sus países, rescatando interesantes técnicas de los países representados. El gestor del proyecto, Sergio Sauvalle, asegura estar comprometido con la calidad y proyección del espectáculo, extendiendo sus actividades en apoyo al movimiento estudiantil, que se ha materializado en conciertos para escolares y universitarios en todas las ciudades por donde se desarrolla el encuentro. En Santiago, fueron entregadas cien invitaciones a la FECH, para que los estudiantes puedan disfrutar de este encuentro único de cuerdas.

Por su importante aporte cultural y educativo, este festival tiene el reciente reconocimiento del premio APES, y es una de las actividades internacionales más consolidadas dentro de las que se presentan al Fondo de Fomento de la Música Nacional. Se trata de un acontecimiento musical único en su género, financiado por el Consejo de la Cultura y las Artes, y apoyado por espacios culturales consolidados en cada región, entre otras entidades que permiten realizar y difundir estas valiosas actividades en torno a las cuerdas de nuestro continente.

Hoy martes se presentan los maestros Omar Ponce, Roberto Aussel y Tania Ramos. Sala isidora Zegers, 19:00 horas. Estas presentaciones serán gratuitas para estudiantes que vayan a buscar invitaciones a la FECH, y para el público general se cuenta con entradas de $3.000, y $1.500 Estudiantes y 3° edad. Sala Isidora Zegers se ubica en Compañía 1264.

El Festival se extiende hasta el 10 de septiembre, culminando en Puerto Montt. La programación y reseñas de los invitados puede verse aquí mismo en el sitio en sección Participantes.

Que levante la mano la guitarra!


Más información: www.guitarrasdeamerica.cl

13 diciembre 2010

Gracias por el cante, Enrique Morente. Abrazos desde esta cordillera

Esto de estar arrojados a la vida no es cosa fácil. Gracias a quienes nos hacen este pasar, y asumirse, encontrarse y recrearse, más digno de vivirse. Uno de ellos es Enrique Morente, cantaor del barrio granadino del Albaicín. Uno de los grandes del nuevo flamenco, con identidad y memoria, abierto a lo por hacer. Hoy su familia ha comunicado su muerte cerebral. Gracias por tu arte, por tu inspiración, por tu ejemplo.

Gracias Enrique Morente por tu música. Contigo seguiremos soñando la Alhambra. Descansa. Abrazos desde esta cordillera,
Manuel Guerrero de Antequera.


Autobiografía mínima
Enrique Morente Cotelo nació en plena posguerra granadina (1942), en el seno de una familia paya pero pobre como si fuera gitana. "La única ciudad del mundo que tapa sus ríos y mata a sus poetas" ?como dijo completando una frase de Antonio Muñoz Molina?, le reservaba varios destinos, todos de aspecto incierto: una casa descosida por la temprana ausencia del cabeza de familia; el hambre convirtiendo a los niños en sabios prematuros, las bandurrias sonando para engañar a la miseria.

Morente se colocó de monaguillo, después se hizo guía de turistas en monumentos, luego se metió brevemente a zapatero. Y más tarde, a seise (corista) en la catedral.

En plena adolescencia, ató una maleta de cartón con una cuerda y cambió el sabor rural de su barrio por el remedo cutre de la sociedad avanzada del Madrid de mediados de los años cincuenta.

Se instala en una pensión de la calle Embajadores ("la más bonita del mundo") y se pone a trabajar de gancho de una bruja en el Rastro, ocupación que compartía con la de secretario de un vendedor ambulante de azulejos.

"Yo empecé a oír música en las calles del Albaicín, y luego resultó que tenía el cante", explicaba en aquella entrevista. "Por eso cuando llegué a Zambra a pedir trabajo me dijeron si quería el cuadro o la Antología, y dije en la Antología".

Eso era en el año 1967. En 1963, Enrique el Granaíno se había estrenado como semiprofesional en el Colegio Mayor Francisco Franco, vaya por dios; y en 1964 había debutado con picadores en el Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba, junto a Mairena y Matrona entre otros primeros espadas.

Mariemma, la bailaora, lo oyó cantar esa noche y se lo llevó a Nueva York. El primer viaje al extranjero de Morente supone la culminación de un sueño, ser artista, y la negación de otro, ser torero.
-Es que los toros parecen locomotoras, dijo.

Morente se aprendió de carrerilla el tesoro legado en directo por los viejos maestros. Pudo repetir como un gramófono esos cantes, pero prefirió cambiarlos, innovar. "Me aburría a la tercera vez que cantaba una letra". En su "Homenaje a Don Antonio Chacón", su quinto disco, un doble con 20 temas publicado en 1977, tomó al mejor exponente del cante jerezano y primero lo clavó, luego lo mejoró y después creó cantes nuevos a partir de él, derribando la tesis flamencólica que sostiene que es imposible cantar jondo y con pellizco si no se ha nacido en Jerez de la Frontera.

"Es que el arte para que sea arte tiene que ser universal", decía Morente. "Hay que mirarlo con una idea que no sea de barrio, de provincia, porque no hay ningún arte que sea de una calle sola, aunque el de esa calle sea el que más nos guste. La música no puede ser racista. Miles Davis hizo un pedazo de saeta, Chick Corea ha hecho flamenco grande. Eso hace que el arte sea arte".

Poco a poco, fue descubriendo nuevas voces. Tendría 22 años cuando empezó a frecuentar a los universitarios de Madrid: "Paco Gutiérrez, Andrés Raya... Todos eran rojillos, y me empezaron a pasar los libros de Miguel Hernández".

Así comenzó también una militancia política, llena de entusiasmo, que se iba a plasmar en el disco dedicado al poeta de Orihuela, obra que convirtió a Morente en enemigo del régimen de Franco. "Sí, aquel disco fue el que me hizo el cantaor rojo. Salió en México antes que aquí. Pero yo no fui un gran mártir del franquismo. Aunque luego hicimos festivales polémicos y atrevidos, en Bélgica, en París, las Seis Horas por España, las cabezas del movimiento eran Raimon, Paco Ibáñez, Luis Pastor, Pablo Guerrero, Elisa Serna... Hicimos muchos festivales juntos, pero yo era un cantaor clásico y no me creaban muchos problemas. Me pusieron la etiqueta de rojo, que afortunadamente ya me han quitado... Toda la vida quitándome etiquetas...".

Luego vinieron los místicos (San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Juan de la Encina), los hermanos Machado, y Alberti, y Bergamín, y Nicolás Guillén; y los poetas árabes (Ibn Hazd, Al-Mutamid), y todos fueron encajando naturalmente en una música que cantada por Morente parecía nacida para la poesía, hasta completar un repertorio abrumador, que oscila entre lo culto y lo popular:

"Al principio creía que hacían falta versos de tantas sílabas, poemas de tantos versos, pero ahora eso da igual", decía. "Mientras los poemas sean buenos, todos valen. Yo mismo he escrito algunas canciones, alguna letra, pero he tenido más facilidad para crear la música, y hay tanta poesía y tan buena que es mucho más fácil cogerla, cantarla y ya está. A César Vallejo lo he tenido siempre pendiente. A Neruda también. He estado a punto varias veces, pero alguna resaca lo ha evitado".

Y mientras militaba y estudiaba, Morente iba conociendo cada vez a más intelectuales. Pintores como Viola, Alexanco, Bonifacio o Antonio Saura; cineastas como Carlos Saura o Rovira Veleta, poetas como Fernando Quiñones o Antonio Gala eran habituales del tablao Zambra. Pero puede más la inquietud que el empleo fijo, y, a finales de 1969 se marcha a México. "Juan Ibáñez, discípulo de Buñuel, vino a Madrid buscando un cantaor, nos vio a Chocolate y a mí, y como no tenía presupuesto para los dos, se equivocó y me llevó a mí contratado. A cada garito mexicano que abría le ponía un título de una película de Buñuel. El mío se llamaba La Edad de oro".

"En México conocí a mucha gente del cine y del teatro, a Octavio Paz, a Juan Rulfo, gente que hoy tengo más conciencia de quién es. Canté para Rulfo, pero no para Paz. Una noche me dijeron que le cantara, pero llegó con una borrachera... Le dije a Juan: `Si este hombre está mareao'. `Pos mareao y tó', dijo él. Luego vino a saludarme y se medio cayó, y ya no canté. Hoy sí cantaría para él. He leído cosas suyas y es un gran artista".

Pocos años más tarde, vuelve a España la democracia. Enrique Tierno Galván estimula los festejos callejeros, muchos ayuntamientos siguen la ola, el flamenco empieza a ser parte muy importante en las fiestas de todo el país. Camarón copa casi todo el tirón popular, Morente sigue entregado a la fusión del flamenco con la alta cultura: pone música a El Quijote, a La casa de Bernarda Alba, a Edipo Rey, compone una Misa Flamenca, canta a San Juan de la Cruz... Y estrena en el teatro Real el Allegro Soleá, obra surgida del cruce de su talento con el de Antonio Robledo, compositor alemán que se llama en realidad Armin Hassen. Juntos, dan una nueva vuelta de tuerca: el flamenco mezclado con música sinfónica.

-¿Cómo se puede crear cante nuevo?
-Cuando yo canto el cante clásico, le doy la vuelta a lo que ya está hecho; cuando hago una cosa por primera vez, es una creación. Funciona en varias vertientes: cosas que ya he hecho, que no he hecho, de dentro del flamenco, de fuera. Sobre todo bebo del cante antiguo, esa es mi base real, mi único campo de conocimiento verdadero, que utilizo para crear mi propio cante. Yo parto muy directamente del cante jondo. Flamenco es todo lo que canta un cantaor flamenco. En arte no hay que poner barreras, todo se puede hacer, la cuestión es dar con el quid y que sea verdad, que no sea un capricho, que el artista lo necesite hacer.

-¿Y ha terminado ya su aprendizaje?
-No. Yo empiezo ahora otra vez, con el nuevo disco. Si termina el aprendizaje, se termina todo. Y lo aprendido tiene que servir para algo.

-¿Y por qué nunca han actuado juntos Morente y Paco de Lucía?
-Siempre se ha hablado algo, pero debe ser que él siempre está de gira y yo siempre estoy en el Candela.

(Fuente: Miguel Mora)

29 junio 2007

Guitarra resiliente


La resiliencia, en el lenguaje de la psicología, es la capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves. En física, resiliencia indica la capacidad para enfrentar a los estresores amortiguando su impacto. 

En una columna que escribió Javiera Parada -hija de José Manuel Parada, sociólogo, amigo y camarada con quien fue asesinado mi padre en 1985- para el número especial de The Clinic a propósito de la muerte de Pinochet, señalaba su sorpresa de que no nos hayamos vuelto locos por todo lo que, como muchas personas en dictadura, tuvimos que pasar. Mal que mal eramos niños y somos seres humanos. Lo mismo me he preguntado muchas veces, de hecho para mi es un orgullo y una especie de triunfo ante el exterminio el mantenernos vivos y de alguna manera "cuerdos" y querendones, cuando perfectamente podríamos haber colapsado o haber canalizado el dolor 
hacia prácticas de violencia activa y venganza. 

¿Hay motivos especiales que nos "salvaron"? Sin duda está el colchón 
afectivo de amigos, compañeros de generación, familiares, así como convicciones que ya estaban 
internalizadas en nuestra estructura de personalidad respecto al respeto 
y valor por la vida, ante todas las cosas. En mi caso específico, no obstante, 
creo que hay algo más: la guitarra.

Esto pudiera resultar curioso, pero cada vez tengo una mayor certeza de que la guitarra fue y es un médium que me mantuvo en contacto con una dimensión de realidad distinta, donde el espacio sonoro me ofrecía de manera material la evidencia de que la vida es y puede ser armónica, profundamente diversa, dinámica y quieta a la vez. Me recuerdo en muchas oportunidades tocar con la cabeza apoyada en la caja acústica de la guitarra, acoplado a los sonidos como mi único entorno. No estimo que haya sido una forma de escapar, de enajenación, sino un modo de intervención en la realidad desde el poder creador de la música, con sus timbres e intensidad limpias.

Comencé a tocar guitarra a los ocho años, en Budapest, capital de Hungría, en ese entonces socialista. La valoración de la música era una práctica social colectiva, y no solo la de tipo folcklórica -que en aquellos países tenía incluso una dimensión ideológica de negación de lo "burgués"-, sino en cuanto a música docta, que no implica que deba ser patrimonio de una elite. Recuerdo que en tercero y cuarto básico comenzábamos las clases por la mañana con unos diez minutos de canto, o más bien de "solfeo melódico", pues no cantábamos texto alguno, sino que, luego de dada la nota LA de referencia por parte de la profesora jefe, cantábamos las notas que ella nos mostraba con gestos, siguiente el método del húngaro genial Kodály.

Quienes hayan visto la película "Encuentros cercanos del tercer tipo", de Steven Spielberg en 1977 y que lo nominó a su primer Oscar como mejor director, recordarán que hacia el final, cuando la nave extrarrestre está estacionada en la tierra, y los humanos intentan comunicarse con ellos por algún medio, un ufólogo, interpretado por Francois Truffaut, descubre que la señal que emiten los "marcianos" son intervalos musicales. Entonces un director de orquesta le indica a los músicas a través de unos gestos las notas que deben tocar, la música es de John Williams. Cada gesto es una nota, y cada nota que es tocada es respondida por parte de la nave extrarrestre, es decir, se produjo una comunicación y contacto con ellos, a través de la música. Bueno, tales gestos que aparecen en la película es el método Kodály.

Comenzar las clases de esa manera era un ejercicio maravilloso, en tanto no solo se producía el milagro de cantar a partir de seguir signos corporales, sino que me invadía el encanto de ser una voz entre muchas, de lo colectivo sin perder mi individualidad, de la orquestación, ser una unidad en la diferencia, a partir de un código universal, compartido. Cuando descubrí, luego, el lenguaje de las partituras, y que yo podía ejecutar la música que alguien compuso muchos años atrás, fue más mágico aún, pues se trataba ahora de signos de alguien ausente, y que volvían a vivir a través de mi por medio de mi interpretación en presente. Seguramente no en la forma exacta en que imaginaron tal pieza, pero con un aire de familia que a través de la música nos hermanaba por fuera del tiempo de la copresencia cara a cara.

Me imagino que la experiencia religiosa, para quienes tienen fe, debe ser parecida. En mi caso la majestuosidad de la guitarra, de sus cuerdas tensadas emitiendo bellos sonidos gatillados por mis dedos, me permitió en muchas ocasiones de mi vida conectarme con ese orden de realidad.

Si alguna vez he sido resiliente, si esa definición pudiese ser aplicada a la manera en que sin saberlo he debido enfrentar situaciones duras, creo que ha sido gracias a la música. Gracias a la guitarra.