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26 marzo 2012

Algo sobre mi padre #29deMarzo

Mi padre Manuel Leonidas Guerrero Ceballos nació el 25 de junio de 1948. Cuarto hijo de una familia modesta de ocho hermanos, de pequeño participó en los viajes que realizaba mi abuelo, Manuel Guerrero Rodríguez, periodista y escritor autodidacta, con ocasión de la venta directa de los libros de su autoría. Por medio de ellos conoció desde niño las precarias condiciones de vida del proletariado urbano y rural de Chile, las que eran aliviadas por la tierna compañía de mi abuela costurera, Herminda Ceballos. Un personaje fundamental en el crecimiento de mi papá fue su abuelo, el zapatero Manuel Jesús, quien había sido miembro activo de la Sociedad de Artesanos “La Unión” y de la Federación Obrera de Chile en los años veinte.


En una ocasión, cuando mi viejo era un niño de apenas seis años, se trasladó con su padre donde unos parientes campesinos quienes ensacaban granos de paja trillada para trasladarlos, en carreta, hasta la bodega de una casa. Mi papá entusiasmado ofreció su hombro para que se le cargara un saco. Los campesinos sonrieron y Rosario del Carmen, la dueña de casa, para no desanimar los deseos de colaborar del niño, le confeccionó un pequeño saco que llenó con granos. Él, entonces, entre las risas y congratulaciones de los campesinos pobres, corrió saco al hombro junto a los cargadores simulando un gran peso en su espalda, serio y feliz a la vez.

En otra oportunidad, la familia de mi papá ocupó una casaquinta en Bulnes, donde mi abuelo, conocido como “Don Manuel” se encargaba de preparar y publicar ediciones especiales para el diario “La Discusión” de Chillán, mientras mi abuelita Herminda criaba gallinas ponedoras, cerdos, pavos y gansos para asegurar el alimento. Mis tíos Libertad y Máximo, hermanos mayores del pequeño Mañungo, asumieron la tarea de salir a vender el semanario “El campesino” que editaban los trabajadores del agro de la zona. Mi papá era aún tan chico que no estaba ni siquiera en condiciones de darles de comer a los habitantes del gallinero y del chiquero, sin embargo, ya se sentía preparado para salir a la calle a gritar “¡El Campesinooooo!”. Tal fue su insistencia, que pronto se le pudo ver en noches de lluvia intensa corriendo entre sus hermanos, portando el farol que iluminaba el camino de la pareja infantil que repartía el diario entre los hogares de los trabajadores rurales.

Luego de completar su instrucción primaria en Valparaíso, mi padre ingresó a estudiar para profesor en la Escuela Normal “José Abelardo Núñez” de Santiago. Su personalidad, que es recordada por sus amigos como carismática, y su conducta siempre consecuente le valieron pronto ser elegido presidente de la Federación Nacional de Estudiantes Normalistas.

Ambas actividades, estudiar y dirigir al movimiento estudiantil, las asumió con total entrega y sentido de responsabilidad. Sin embargo, los continuos viajes a las distintas regiones del país donde había Escuelas Normales le significó llegar al fin del penúltimo año académico con un alto número de inasistencias, antecedente que fue utilizado por la dirección del establecimiento para tratar de obligarlo a repetir algunos cursos, a pesar que presentaba excelentes notas.

Mi Tata, Don Manuel, fue mandado a llamar para comunicarle que el hijo no se conformaba con tal decisión. Sorprendido, le solicitó a Manuel Leonidas -mi papá- ante el superior de la Escuela, que le contara si era o no verdad el asunto de las inasistencias. Mi viejo entonces afirmó haber recabado autorización escrita de cada viaje que había efectuado. Por ello, ante el asombro del director, mi abuelo dio fe de que la versión de su hijo era la que se ajustaba a lo sucedido, reclamando la revisión de los libros de clases y el archivo de justificativos de las inasistencias. El Director irritado pidió llamar al Secretario General de la Escuela, quien delante de los tres revisó y comparó fechas, mientras el directivo alegaba que mi abuelo mejor haría en preocuparse de las actividades de agitación que realizaba su hijo en todas las Escuelas Normales del país en vez de poner en duda a una autoridad. “En votación libre y directa esos estudiantes en todas las Normales le eligieron su presidente, señor, y sin que él les agitara”, le contestó mi abuelo. El Secretario General, finalmente, solicitó permiso para hablar y manifestó que todas las justificaciones coincidían con las inasistencias. Al señor Director, entonces, no le quedó más que disculparse por “el involuntario error”. Mi papá abrazó a mi abuelo, quien en uno de sus escritos recuerda que el hijo le comentó: “Toda verdad es indestructible, siempre. Por ello es que debe ser defendida en todo momento. Cuidé las notas de mis ramos para tener en qué apoyarme ante una emergencia. Gracias, papá. ¡Un buen dirigente estudiantil, un mejor alumno!”.

Siendo aún adolescente, a los 16 años de edad mi papá fue elegido miembro del Comité Central de las Juventudes Comunistas de Chile (JJCC) a las que había entrado a militar a los 14 años. Se recibió como profesor primario a los 18 años de edad, momento en que fue elegido, además, como el miembro más joven de la Comisión Ejecutiva de las JJCC y nombrado Encargado Nacional de Estudiantes Secundarios de esa organización.

Las dotes de líder de masas de mi viejo sería una característica que lo identificaría a lo largo de toda su vida. Muy joven aún, fue invitado a un encuentro mapuche en la zona precordillerana de Osorno. Los hulliches habían constituido un poblado con vista al lago Puyehue e iban a inaugurar una escuela para los niños de la zona. En una gran sala, que era toda la infraestructura de aquella nueva escuela, se reunieron los profesores preescolares que habían sido seleccionados de entre los miembros de la comunidad. Mi papá se dirigió entonces a los profesores y el espíritu animoso y sensible de sus palabras conmovió a los jóvenes huilliches que le solicitaron narrarles asuntos del país y de otros continentes. Mi padre destacó aspectos de su escuela, las enseñanzas surgidas de la historia patria, les recitó versos de autores nacionales, les sintetizó biografías de hombres ilustres. Les compartió historias de las luchas sociales de los trabajadores.

El entusiasmo de quienes lo escucharon desbordó la escuelita, y jóvenes a caballo partieron a otros poblados y reducciones de hasta seis u ocho leguas de distancia para traer más gente al encuentro. A las dos noches siguientes, mi papá, ante un nutrido conglomerado de jóvenes indígenas, les contestó las preguntas más diversas hasta el amanecer. Luego hubo abrazos, guitarras, cultrunes, bailes. Promesas de amistad permanente. Lágrimas de felicidad. Asentamiento de su verdad étnica.

Pocos meses antes del triunfo presidencial de Salvador Allende, mi papá se casó con la futura profesora Verónica Antequera, mi madre, con quien, al poco tiempo, tuvo a su primer hijo, que soy yo, Manuel Eduardo. La joven pareja se descubrió al calor de las actividades políticas que se realizaban a fines de los años sesenta con ocasión de las protestas contra las guerras imperialistas, contra los latifundistas, y a favor de la causa de los trabajadores. Mi padre, viniendo de una familia de extracción proletaria con profunda conciencia social, no tuvo inconvenientes en acercarse a la Vero, cuya familia era de clase media acomodada.

Tal diferencia de clase, sin embargo, dio pie para más de alguna sorpresa que mis abuelos maternos tuvieron que aceptar por amor al nuevo yerno. A la fecha del matrimonio, los microbuseros de Santiago se habían lanzado en huelga general, y mi papá debía cruzar, desde la popular comuna de Maipú, todo Santiago para llegar al registro civil de la comuna de Independencia, donde se realizaría la boda. Muy elegantemente vestido, de camisa y corbata, mi papá intentó avanzar algo caminando, pero la distancia era mucha como para recorrerla a pie y llegar a tiempo. De pronto, un camión de la basura se detuvo en la esquina en la que mi viejo esperaba que apareciera algún vehículo de locomoción colectiva que lo pudiera llevar. El copiloto del camión le preguntó a gritos que porqué iba tan pintoso y mi papá le respondió la verdad, que se iba a casar y no tenía como llegar al registro civil. Acto seguido, entre risas y bromas, los trabajadores lo invitaron a subirse al camión y se lo llevaron, sin detenerse en el camino, hasta al lugar mismo de la boda, donde lo vieron llegar mi mamá junto a su familia.

Durante el Gobierno de la Unidad Popular, el Ministerio de Educación designó a mi papá a cargo de la Organización Nacional de los Trabajos Voluntarios, desde donde coordinó, junto al Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, el general Carlos Prats, el viaje de 55.000 jóvenes voluntarios al sur del país, que ayudaron a construir y levantar, entre otras obras, la línea férrea de Cabildo. Desde tal posición directiva, mi viejo lideró, junto a otros compañeros, la democratización de la alta cultura en Chile, esto es, logró que el Teatro Municipal de Santiago, símbolo de distinción de la alta aristocracia criolla, abriera sus puertas a los sectores populares para que pudieran disfrutar del ballet, y consiguió que los representantes de la Nueva Canción Chilena -como Victor Jara, Inti Illimani y Quilapayún-, junto a los de la Nueva Trova Cubana –como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés-, cantaran por primera vez en las elegantes salas para un público repleto de entusiastas jóvenes trabajadores.

Tras el golpe militar de 1973, mi papá vivió en la clandestinidad, asumiendo la dirección nacional de las JJCC tras el asilo forzado de la secretaria general de dicha organización, Gladys Marín, y de la desaparición, en Marzo de 1976, del cuñado de mi viejo, mi tío artesano mueblista José Weibel Navarrete. A pesar de la vida bajo tierra, mi padre no dejó de hacer clases y de mantenerse junto a nosotros. Si bien, como medida de seguridad, nos vimos obligados a cambiarnos de comuna constantemente, lo que implicó el cambio de varios mis colegios en primero básico, mi viejo siempre se las jugó para mantener a su familia unida. Ávido lector de Neruda, aprovechó cada momento de descanso en que podía detener su intenso trabajo político, en aquellos años de terror en los que mes a mes iban desapareciendo los amigos de su generación, para continuar cultivándose y no dejarse desfallecer. Mi padre era un convencido de la importancia del estudio constante para poder comprender las cada vez más cambiantes circunstancias de la historia, y era de una firmeza de principios inclaudicable.

En la mañana del 14 de junio de 1976 mi papá fue secuestrado en plena vía pública, luego que de una renoleta color celeste se bajaran dos jóvenes que lo golpearon y balearon en el tórax ante los gritos de mi mamá que estaba embarazada de la que luego sería mi hermana América. Desesperada, esa misma tarde mi mamá llegó hasta las oficinas del presidente de la Corte Suprema, José María Eyzaguirre, quien luego de oír impactado su relato, se comunicó en su presencia con el coronel Manuel Contreras para investigar si la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) había sido la autora de la detención de mi padre. Al conocer la negativa de éste, José María Eyzaguirre se comunicó con el Ministro del Interior, teniendo el mismo resultado. En aquellos mismos días se efectuaba una reunión de la Organización de Estados Americanos, en la que los representantes del régimen militar insistieron que no existían recintos secretos de detención.

Durante los días en que estuvo detenido desaparecido, mi papá fue duramente interrogado en el centro de torturas que hoy conocemos como “La Firma” –en calle dieciocho, en el centro de Santiago- y en el Hospital de Carabineros. Luego, permaneció siete días incomunicado en el campo de reclusión “Cuatro Álamos”. Fue el único que salvó con vida de las manos del ahora conocido “Comando Conjunto” debido, en parte, a rencillas internas de los aparatos represivos de la dictadura. Cuando el coronel Manuel Contreras supo, a través de la llamada del presidente de la Corte Suprema, que uno de los principales dirigentes de las JJCC, a quien sus hombres buscaban intensamente, se encontraba en poder de un Comando que no estaba bajo su mando –el Ejército- sino de la Fuerza Área, la Armada y Carabineros –de ahí el nombre “Comando Conjunto”-, enfureció y movió todos sus contactos y exigió que el director de la Dirección de Inteligencia de la Fuerza Área (DIFA), general Enrique Ruiz Bunguer, y el director de la Dirección de Inteligencia de Carabineros (DICAR), le entregaran a Guerrero. La presión pública, generada por mi mamá y mis abuelos, y la propia desarrollada por Contreras, se hizo insostenible hasta que la DICAR debió asumir su detención. Por ello el 18 de junio de 1976, estando mi papá en el Hospital de Carabineros con la bala aún enterrada en la axila, el general Romero debió entregarlo a la DINA.

Sin embargo, de nada de esto sabían mi mamá y mi abuelo, quienes recorrieron todos los centros de información de detenidos, hasta que, sorpresivamente, el 26 de junio de 1976, mi mamá recibió una llamada telefónica del campo de concentración “Cuatro Álamos”, en la que una voz anónima le comunicó que mi padre había aparecido en ese lugar. Al día siguiente visitamos a mi papá, quien aún tenía la bala en el cuerpo. Ahí, en el patio del campo de concentración, junto a mis abuelos, pudimos conocer los detalles de las horrendas torturas a las que había sido sometido, de las cuales yo en ese momento no es mucho lo que pude retener –tenía seis años y mi papá se cuidaba de hablar delante de mí con detalle-. Más adelante fui conociendo, de a poco, el infierno por el que había pasado papá, sobre todo cuando le consultaba a mamá porqué papá saltaba tanto y gemía estando dormido.

El lunes 28 de junio de 1976, mi padre, prisionero, fue examinado por los doctores Alfredo Montiglio Espinger, asesor sanitario del Servicio Nacional de Detenidos, y el doctor Cesáreo Roa Muñoz, del Hospital de Carabineros, quienes determinaron que debía ser trasladado al hospital de la FACH para extirpar el proyectil. A su regreso al Tres Álamos, se le notificó que estaba detenido en calidad de activista comunista. Durante su secuestro y todo el período de desaparición nunca, hasta el día de hoy, se le presentó un cargo en contra, ni orden judicial, nada.

El 28 de julio de 1976, el presidente de la Corte Suprema, José María Eyzaguirre, apareció en el campo de prisioneros políticos de “Tres Álamos” como parte de su tradicional visita anual a las cárceles. Allí pudo conocer personalmente al hombre por el cual había intervenido aparentemente sin resultado. En esa ocasión, mi papá, corriendo riesgo para su vida, le relató -ante los militares que lo custodiaban y las demás personas que estaban ese día de visita- en detalle la tortura, las referencias que sus captores habían hecho sobre los detenidos desaparecidos José Weibel y Luis Maturana, y acerca del centro secreto de detención, hoy conocido como “La Firma”. Pidió incluso una investigación por el posible delito de homicidio frustrado y apremios ilegítimos.

Como consecuencia de aquella interpelación pública, el presidente de la Corte Suprema se vio obligado a oficializar el inicio de una investigación inédita en dictadura, en la que, apoyándose en el relato detallado de mi padre, y contra lo que señalaba públicamente el régimen militar ante los organismos internacionales, afirmó la existencia de lugares de tortura que no habían sido declarados y que los desaparecidos se encontraban en algunos de ellos. Producto de esa investigación se supo que quienes habían detenido a mi padre la mañana del 14 de junio de 1976 habían sido agentes del Servicio de Inteligencia Naval y que luego fue puesto a disposición de la DINA, es decir del Ejército, de conformidad con la Orden Secreta N°35-F-330, del 22 de noviembre de 1975, de los Ministerios del Interior y de Defensa Nacional. De este modo supimos que padre, durante su detención y tortura, había pasado por las manos de agentes del conjunto de las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden del país.

Debido a que la Marina fue mencionada como autora de la detención, la Fiscalía Naval de Valparaíso pidió el traslado de la investigación iniciada a su jurisdicción, por lo que mi padre, en vez de ser liberado como ocurrió con la mayoría de los presos políticos como un gesto de la dictadura a los organismos internacionales, fue trasladado en secreto, la madrugada del 17 de noviembre de 1976, de “Tres Álamos” al Campo de Prisioneros de Puchuncaví. Ese mismo día el Ministerio del Interior le había concedido la libertad junto a otros 129 prisioneros.

Sus familiares nuevamente tuvimos la angustia de que estaba detenido desaparecido y comenzamos su búsqueda sin resultado, hasta que una llamada anónima le comunicó a mamá sobre el mencionado traslado. Eso fue de madrugada, e inmediatamente mi madre me tomó de la mano, y junto a mi abuela materna y mi recién nacida hermana América de un mes de edad, viajamos a Puchuncaví, pero sólo encontramos un campamento vacío y buses que se llevaban a todos los prisioneros para su liberación. Pero de mi padre nadie sabía nada. En la desesperación mi mamá nos tomó a mi hermana y a mi y se enfrentó a un Jeep que salía a toda velocidad del campo de prisioneros repleto de uniformados armados. Mi madre estaba dispuesta a que muriéramos atropellados y solo nos dijo que no nos iríamos sin mi padre de allí.

Por fortuna el Jeep se detuvo ante nosotros, y en una especie de milagro, en la parte trasera del vehículo pudimos divisar la silueta de mi papá. Corrimos a ver y efectivamente ahí estaba papá rodeado de marinos armados. Cuando los marinos supieron que se trataba de los familiares del detenido, nos comunicaron que se lo llevaban al Fuerte Silva Palma de Valparaíso. Mi madre le mostró a quien estaba a cargo del Jeep la publicación del Diario Oficial en que el nombre de mi padre aparecía entre quienes debían ser puestos en libertad, a lo que le contestaron que debía tratarse de una equivocación, por que a él se le seguía un sumario en la fiscalía militar en Valparaíso, pues se le acusaba del delito de calumnia por denunciar que había sido torturado.

Así es que, como ahora nosotros éramos testigos de su irregular traslado, nos subieron a todos al Jeep y quedamos detenidos en un calabozo en el Fuerte Silva Palma. A mi padre lo pusieron en una celda solo, y nosotros –mi madre, mi abuela, mi hermanita América y yo de seis años- estuvimos durante dos días y una noche en un calabozo que estaba repleto de jóvenes marinos que habían sido convertidos en prisioneros por negarse a colaborar con el golpe militar y la represión. Muchos de ellos hoy están detenidos desaparecidos y yo considero que son Héroes de la Patria.

Sólo el día 19 de noviembre de 1976 mi padre pudo finalmente salir libre cuando el Juzgado Naval de Valparaíso certificó que no había cargos en su contra.

Del período de detención, mi padre me contó –y luego dejó registro escrito de todo ello en su libro “Desde el túnel”- que durante el tiempo que estuvo incomunicado en “Cuatro Álamos”, estuvo encerrado en una pequeña celda con piso de baldosa y para no decaer y superar la incertidumbre de una próxima tortura o ejecución, se auto impuso un estricto programa de trabajo que consistió en levantarse cuando consideraba que probablemente era de mañana, hacer su cama, simular que se lavaba la cara y los dientes –no tenía implemento alguno, por lo que solo hacía la mímica-, arreglarse el pelo, obligarse a hacer algo de ejercicio –aun estaba con la bala en el cuerpo-, y luego ponerse a cantar. Debo reconocer que mi padre nunca fue un muy buen cantor, pero le tenía un profundo amor a la música, particularmente la popular. Entonces, en voz alta, ante la mirada atónita de sus vigilantes, entonó cada día la “Internacional”, canciones de la Guerra Civil española, y toda melodía que se le viniera a la mente. Acto seguido, se dedicaba a limpiar, de modo minucioso, cada baldosa del piso. Una de las cosas que le causó mayor impresión fue encontrar, en las paredes de la celda, algunos mensajes de personas que habían estado ahí antes que él. Él sabía que muchos de los autores de aquellas letras garrapateadas eran compañeros que estaban desaparecidos.

Para mi estos relatos tienen una carga de vida incuantificable. Imaginarlo limpiando cada baldosa como una forma de aferrarse a la vida, luego de cantar las canciones que le reafirmaban su pertenencia a su militancia, organización y compromiso, son una muestra de amor y entrega frente a la cual cualquier represión será siempre infructuosa. Como decía tiempo después el filósofo francés Michel Foucault, te pueden someter a la fuerza, pero siempre tienes la opción de no dejarte domesticar por el poder. Mi padre resistió todos estos embates porque creía firmemente en la justeza de la causa que lo animaba desde pequeño, la causa de la libertad y la justicia social.

Cuando luego fue finalmente reconocido como preso político, y fue trasladado al campo de concentración de “Tres Álamos”, mi padre se incorporó a los talleres de artesanía y en ellos pudo enseñar a los demás presos todas las técnicas que había aprendido en los tiempos de la Escuela Normal. Los bolsos de cuero, de distintos tamaños y diseños, que salieron de sus manos eran entregados, durante las visitas, a mi madre Verónica, y una vez recibidos en casa, yo con seis años de edad, en pleno estado de sitio, salía asumió la a venderlos en el barrio para juntar algo de dinero para la familia. En mi mente tengo absolutamente nítidas las conversaciones que tuve con la gente que salían abrirme la puerta y miraban atentas los hermosos bolsos de cuero, muy distintos a los de la cultura consumista que estaba instalando en Chile con esa estética sin identidad. Estoy seguro que en mis ojos veían que los artefactos de cuero eran un pedazo de mí, que venían de alguien muy querido, pues los pude vender todos, sin excepción. Hay mucha gente desconocida por ahí que me regaló una moneda incluso sin aceptarme los bolsos. A todos ellos les guardo un amor tremendo. La condición humana puede ser muy pérfida, como tuve ocasión de comprobar más de alguna vez. Pero también tiene estos destellos de solidaridad anónima que la dignifican y animan la lucha de quienes, como los revolucionarios, se juegan el pellejo por la emancipación.

A fines de noviembre de 1976, finalmente pudimos salir, junto a mi padre, madre y hermanita, rumbo a Suecia, bajo el amparo del Comité de Migraciones Europeas. En el trayecto, el avión hizo escala en un país africano y se detuvo por algunas horas para cargar combustible. Bajé del avión junto a papá para estirar un poco el cuerpo. Ahí nos topamos, en el hall central del aeropuerto, con un hombre alto, de tez negra, que vendía productos típicos de su país. Mi padre se le acercó curioso, pero se vio frenado por mi mano de niño que se resistía a ir con él. Yo nunca había visto a un hombre negro en toda mi vida. El vendedor, que se dio cuenta de la situación, entretenido me extendió su mano en señal de amistad, pero yo escondí asustado la mía. Ante eso, mi papá pacientemente me explicó que todos los hombres somos lo mismo, seres humanos, y aunque cada uno sea diferente en su aspecto y costumbres, siempre hay que tener presente que el otro es un igual. Para darle mayor énfasis pedagógico a estas ideas, mi papá le guiñó el ojo al vendedor y se tomaron de la mano como viejos amigos. Luego de ello me invitó a que hiciera lo mismo. Ya estimulado por el ejemplo de papá, le di la mano al vendedor, pero no pude evitar mirarme luego la mía para comprobar si se había manchado. El vendedor, mi papá y la gente que se había agolpado a observar esta pequeña escena no pudieron reprimir la risa.

En el exilio, mi padre se dedicó fundamentalmente a denunciar los atropellos a los derechos humanos en Chile, y a coordinar actividades de solidaridad mundial desde su cargo de encargado internacional de las Juventudes Comunistas. Publicó, además, el libro testimonial “Desde el túnel”, que narra la detención que sufrió en 1976, y en forma diaria se dirigió a los jóvenes de Chile a través de la señal de Radio Moscú infundiéndoles valor y esperanza en la capacidad del pueblo trabajador para retomar la lucha por sus derechos.

En 1982, tras haberse separado de mi madre, retornó a su querido país, haciéndose inmediatamente parte del movimiento gremialista del magisterio. Sin embargo, junto a su nueva compañera, Owana Madera, tuvo que hacer frente a continuas órdenes de detención y seguimientos. Participó de la creación del Movimiento Democrático Popular y asumió con liderazgo indiscutido la presidencia del Consejo Metropolitano de la Asociación Gremial de Educadores de Chile, AGECH. Esta vez tampoco, sin embargo, dejó de lado su actividad favorita de profesor primario, trabajando primero en un liceo de Conchalí y luego en el Colegio Latinoamericano de Integración, donde pude compartir con él como alumno y conocer otra faceta de su actividad.

Con Owana se habían conocido durante el exilio en Budapest, Hungría. Los ojos intensos de esta joven chilena de origen nortino -hermana del Pato Madera, uno de los muralistas fundadores de las Brigadas Ramona Parra y yunta con mi padre- así como el entusiasmo con que ella asumía el trabajo con los niños, lo cautivaron y enamoraron. Muchos fueron los poemas de amor que le escribió mi padre a Owana, y siempre se les pudo ver juntos, acompañándose, incluso bajo Estado de Sitio.

Yo había conocido a Owana también en Hungría, cuando ella era la encargada de pioneros de la comuna donde yo vivía. Muy atractiva, todos los preadolescentes chilenos que hacíamos actividades con ella la mirábamos fascinados, que es como aún hoy miro a la bella Owana. Ella, como mi mamá, toca guitarra, canta y es muy buena para reírse. Los años que mi padre estuvo junto a ella siempre lo vi feliz, profundamente enamorado, por lo que junto a América siempre le estuvimos agradecidos a Owana y le tomamos muchísimo cariño.

En 1984 mi padre fue contactado, junto a su antiguo amigo y camarada José Manuel Parada, por la periodista Mónica González, quien tenía en su poder un largo testimonio de Andrés Valenzuela, alias “el Papudo”, un ex agente del Comando Conjunto que había participado en la detención de mi padre en 1976. Papá y José Manuel venían trabajando hacía años en la recopilación de testimonios de personas que habían sido víctimas de la represión, mi padre desde el exterior y José Manuel con base en el centro de Documentación de la Vicaría de la Solidaridad. Por lo mismo, ambos fueron uno de los primeros en darse cuenta que existía un organismo represor transversal que integraba a agentes de todas las ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden, el “Comando Conjunto”. El testimonio de Andrés Valenzuela requería ser verificado, razón por la cual Mónica González les pidió a ambos que lo validaran. El relato resultó verídico, y en él no sólo se señalaban los nombres de los agentes del Comando, sino que por primera vez se conocía el destino final de muchos detenidos desaparecidos, compañeros de juventud de ambos.

En octubre de 1984, Mónica González, mi papá y José Manuel decidieron publicar el relato apenas Valenzuela estuviera fuera del país. Sin embargo, el régimen militar decretó Estado de Sitio y prohibió la circulación de las revistas de oposición Cauce, Análisis, Apsi y Hoy. Si bien Andrés Valenzuela logró salir del país, la publicación de su testimonio se produjo en forma no programada, lo que puso en alerta a los agentes activos del “Comando Conjunto” quienes iniciaron la búsqueda del único sobreviviente del mismo, Manuel Guerrero Ceballos. En una extraña coincidencia, por orden directa del Augusto Pinochet, el Ministro del Interior –Sergio Onofre Jarpa- decretó una orden de captura contra mi papá, quien junto a Owana, nuevamente se vio obligado a vivir en la clandestinidad.

A esa fecha yo estudiaba en el Instituto de Estudios Secundarios de la Universidad de Chile, ISUCH, un colegio vinculado a la Facultad de Arte de la Universidad de Chile que estaba dirigido a estudiantes con talentos y dedicación a la música y la danza clásica. Yo desde los ocho años de edad estudiaba guitarra clásica, por lo que cuando llegamos a Chile junto a mi madre y hermana siguiendo a mi padre en 1982, di el examen y me incorporé al ISUCH y al “Conservatorio”.

Como todo estudiante de música “docta” le dedicaba varias horas al día a practicar la guitarra y estudiar solfeo y armonía. A eso me quería dedicar para toda la vida y, mi maestro, Ernesto Quezada, me alentaba, pues estaba convencido que tenía especial talento para las seis cuerdas.
Mi padre era el encargado de conseguirme las fotocopias para las partituras que eran carísimas y escasas. Sin ellas era imposible estudiar, por lo que no podía fallar, de lo contrario se debía enfrentar a mi desazón y a las penas del infierno de mi madre! A último minuto, con escasas horas de anticipación a mis clases mi padre llegaba con las fotocopias y yo me encerraba a practicar de cabeza. Lo divertido de la situación es que las fotocopias eran de pésima factura, pues mi padre contaba con nada de recursos, de hecho no almorzaba, decía que “como loro, pasaba por el alambre”. El pentagrama, los sostenidos y bemoles, las notas musicales, los fortes y los crescendo se confundían en unas fotocopias donde la tinta apenas se había fijado por la mala calidad de la hoja. Así es que ahí me encontraba como Champoleon descifrando las obras de Carcassi y Mauro Giuliani e inventando versiones propias de los pasajes que no lograba leer… Mi maestro me miraba y movía su cabeza, pero me tenía tal cariño y fe que amablemente repasaba con su lápiz grafito las partituras para que las piezas sonaran como debían. ¿Dónde diablos imprimía mi padre tan malas fotocopias? ¡Ya me imagino a mi padre pidiéndole a los compañeros de su Partido que en las imprentas que editaban clandestinamente miles de miles de panfletos llamando al Paro Nacional por favor le imprimieran una partitura de guitarra clásica!

Sin embargo, la historia familiar, así como la propia situación nacional que estaba muy convulsionada en los esfuerzos del pueblo chileno de derrotar la dictadura, me llevaron a entrar a militar desde los 14 años –igual que mi padre en su época- en las Jota, como le decíamos cariñosamente a las Juventudes Comunistas de Chile. La misión era democratizar los Centros de Alumnos que habían sido prohibidos por el régimen. Las largas asambleas, marchas, concentraciones y reuniones comenzaron a mermar mi desempeño en el Conservatorio. Mi maestro, con mucha preocupación y cariño, nos planteó a mi madre y a mi: “Manolito tiene que optar, tiene que darse cuenta que se tiene que casar con la guitarra”. La verdad es que yo amo la guitarra, hasta hoy, pero el compromiso social y político era la opción que creí que debía tomar en ese momento. Ello implicó, no obstante, que me salí de una carrera profesional que se comienza de muy pequeñito y que no admite interrupciones.

En diciembre de 1984, estando en pleno Estado de Sitio, las distintas generaciones de la familia Guerrero Ceballos nos reunimos en la antigua casa de Maipú a celebrar la llegada del nuevo año. Ahí estuvo mi Tata, Don Manuel, con la abuelita Herminda, rodeados de sus hijos y nietos, entre ellos América y yo. Si bien todos teníamos profundos deseos de sentirse felices por estar reunidos, faltaba el Checho que estaba desaparecido, Máximo y Pablo que estaban en el exilio, y mi papá que vivía de casa en casa, escondido. La fuerza de esta familia había sido puesta a prueba durante toda su existencia, pero esta incertidumbre por la vida de mi padre para todos era muy difícil de sobrellevar. Sin embargo, de pronto un vehículo conducido por el menor de los Guerrero Ceballos, mi tío Pancho, entró hasta el fondo de la casa, lo que no era su costumbre habitual. Se bajó un poco nervioso del auto y abrió la maletera. Los que pudieron se acercaron a ver qué regalo o sorpresa traía dentro. Sólo se vieron frazadas, pero estas se comenzaron a mover y por debajo de ellas apareció un rostro dulce, muy conocido por todos: era mi padre. Arriesgando su vida había venido a abrazarnos a sus hijos, padres y hermanos que no veía hace meses. Aquellas fueron horas hermosas, que en medio del espanto y el horror, abrieron un espacio de ternura en nuestro hogar, y la familia reunida, de abuelos, padres, hermanos, hijos, nietos y sobrinos nos abrazamos emocionados deseando que el año que comenzaba fuera el año de conquista de la democracia por parte de los trabajadores.

En aquella ocasión con mi hermana América no dejamos de aferrarnos a las piernas, cintura, brazos y cara de mi papá. Cantamos, como de costumbre, junto a Owana y luego lavé con mi papá decenas de decenas de platos mientras nos contaba de sus peripecias. Estaba muy sereno. Lo queríamos un montón. Fue el último año nuevo que pasamos juntos.

En enero de 1985, la Vicaría de la Solidaridad presentó el testimonio de Andrés Valenzuela, debidamente protocolizado, ante los tribunales de Justicia, pidiendo la designación de un ministro en visita para que investigara los hechos allí relatados, solicitud que, sin embargo, como era la práctica habitual, fue rechazada.

A principios de marzo de 1985, el Ministerio del Interior alzó la orden de aprehensión contra mi padre, quien inmediatamente se reincorporó a sus actividades docentes en el Colegio Latinoamericano de Integración y a la actividad gremial en la AGECH.

Sin embargo, desde ese establecimiento educacional, las puertas de mi colegio, el día 29 de marzo del mismo año, luego de conversar cortito conmigo y darme un beso como acostumbraba hacer, mi papá fue secuestrado junto a José Manuel Parada, quien iba a dejar al colegio a su hija Javiera. El día anterior, varios dirigentes de la AGECH habían sido raptados y luego interrogados en “La Firma”, el antiguo cuartel del Comando Conjunto, convertido ahora en central de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (DICOMCAR). El publicista y artista plástico Santiago Nattino también había sido secuestrado horas antes.

Luego de 24 horas de intensa búsqueda y manifestaciones masivas para que sus raptores nos devolvieran con vida a José Manuel y Santiago Nattino y a mi padre, el 30 de marzo de 1985 aparecieron sus cadáveres degollados y desangrados, con marcas de tortura, en las cercanías del aeropuerto internacional de Santiago, en la comuna de Quilicura. En el triple secuestro y homicidio, conocido como el “caso degollados”, participaron varios de los mismos agentes del “Comando Conjunto” que habían secuestrado, baleado y torturado a mi padre el año 1976. Hoy la mayoría de ellos cumple condena en la cárcel de Punta Peuco, más no así los autores intelectuales del crimen que gozan de impunidad.

En esos días tristes pude comprobar el grado de conmoción que tuvo el pueblo chileno y la comunidad internacional ante esta pesadilla hecha realidad. Manifestaciones masivas por todo el globo recorrieron las calles asumiendo una de las frases que mi papá había pronunciado en una ocasión en un discurso ante los profesores: “¡Revanchismo jamás! Queremos Justicia, nada más, pero tampoco nada menos.” Muchos fueron los jóvenes patriotas que a raíz de este acontecimiento se hicieron parte de la lucha antidictatorial, y la romería y el entierro multitudinario fue una muestra rotunda de que la unidad del movimiento opositor a la dictadura era posible. De este modo, creo, la muerte de mi padre, José Manuel y Santiago, trajo vida: la caída de la dictadura debía ser inminente.

Al poco tiempo del asesinato de mi padre, Owana dio a luz a Manuela Libertad, mi nueva hermanita, hija póstuma, símbolo de vida, del joven luchador, el Mañungo, que no estando nos sigue acompañando, dando luz, fuerza, corazón y razón para cada una de nuestras pequeñas vidas.

01 abril 2011

De política, de amor y de la revolución

Hermosa canción de los Villa Cariño, que hace memoria de la relación amorosa y militante de Reinalda Pereira con su compañero de vida y luchas. Abrazos y agradecimientos por el aporte de los Villa Cariño a la Velatón Cultural del 29/03.
Saludos, Manuel.

31 marzo 2011

Discurso Manuel Guerrero Antequera, Velatón 29/03

"Terminemos arriba, con memoria y alegría, adelante por la Vida. Gracias!"
Manuel

Luis LeBert canta con Coro Latino Cordillera "A mi ciudad"

El cruce y mezcla de generaciones es fundamental para el trabajo de la memoria que, asumiendo el dolor de las pérdidas de nuestros asesinados, es capaz de atravesar ese desierto del horror, y mirar en forma más lúcida la posibilidad de la esperanza compartida desde un encontrarse en comunidad con otros/as diversos/as. Es lo que el Coro del Latino Cordillera junto a Lucho Le Bert, de Santiago del Nuevo Extremo, logran cada vez que intervienen musicalmente en las Velatones del 29 de marzo. A no perder la memoria ni la ternura!

30 marzo 2011

Muchas gracias por la intensa y comprometida jornada del 29/03 2011

Hermosos registros de la jornada de velatón cultural de ayer 29 de marzo. Muchas gracias a todos quienes asistieron y hacen posible que la memoria no muera, sino que, por el contrario, se proyecte hacia el presente y active la posibilidad de un futuro mejor. Abrzs, Manuel.

29 marzo 2011

29 de marzo 1985: Te beso papá


Lo que ahora escribo lo hago con mucho dolor.

En este preciso momento, que en Santiago son pasadas las 08:00 de la mañana, llegaba el 29 de marzo de 1985 al colegio, como todos los días, y vi a mi a papá recibiendo a los niños, pues era profesor. Conversaba con José Manuel Parada, sociólogo de la Vicaría de Solidaridad, antiguo camarada de la época de la Jota, y apoderado del colegio. Llegué y nos saludamos de beso. Me llevó un momento a un lado y me contó que el día anterior habían secuestrado a un grupo de profesores de su asociación gremial, la AGECH, de la cual era dirigente, y que los aprehensores habían preguntado por él.

Me quedé atónito mirándolo. Tenía catorce años pero eso ya era edad suficiente como para tener la lógica mínima de que si te buscan, y estábamos en pleno estado de sitio, escóndete, ándate del país, qué haces aquí a las puertas de este colegio, a plena luz del día, te van tomar!!!! Se lo planteé, y él, muy pausado y mirándome con una ternura infinita a los ojos, me tomó de las manos y me dijo que no, que éste era su trabajo, éste era su país, que él ya se había ido una vez y que no lo volvería a hacer, que su lugar era junto al pueblo y su lucha para terminar con la dictadura. Buscando argumentos nuevos, que pudieran hacerlo cambiar de opinión, le pregunté si el Partido le había autorizado para irse del país, que en tal caso les hiciera caso. Paciente, se sonrió, y me dijo que pasara lo que pasara jamás culpara al Partido. Que tranquilo, ya veremos cómo salimos de ésta.

Lo último que me preguntó es acerca de la Gigi, que es mi abuela materna, una mujer muy sencilla que perdió cuando muy pequeñita a sus padres en el terremoto de Chillán en la primera mitad del siglo XX, y que llegó como empleada a Santiago. Ella siempre había acogido a mi padre, a pesar que no tenía formación política alguna, y estuvo con nosotros en todas las búsquedas en 1976 por los campos de concentración cuando secuestraron por primera vez a mi padre. Incluso estuvo detenida con nosotros en el Fuerte Silva Palma, en la segunda desaparición de papá ese mismo año. Ahora, en aquel viernes 29 de marzo de 1985, mi papá me contó que la Gigi, días después del Golpe, cuando papá andaba absolutamente clandestino, sucio y hambriento, escondido tratando de reorganizar a la Jota, lo recibió en su casa, corriendo un riesgo altísimo. Le había preparado un baño y comida. Pocas veces se sintió tan acogido por casi una desconocida, por alguien que se entregaba a él por puro amor, por ser el padre de su nieto y esposo de su hija. Mi padre me contó que la tenía siempre presente, y que lamentaba no haber tenido la oportunidad de agradecérselo.

Le di un beso y me fui a clases.

Mi sala daba las espaldas a la calle. A las 8:50, a minutos de lo que ahora escribo, oímos un helicóptero descender casi al techo del colegio. Nos miramos todos extrañados. Luego un freno de un auto, griterío de voces masculinas que denotaban forcejeo, un balazo y silencio.

Tomé el brazo del compañero de banco y le dije: "mi papá". Él me miró sorprendido, pero preocupado a la vez. Fui muy categórico. Inmediatamente entró Carmen Leiva a la sala, que era miembro del Centro de Alumnos, con los ojos en lágrima y tirándose los dedos de las manos. Le pidió permiso al profesor que impartía la clase para hablar con el estudiante Manuel Guerrero Antequera. Yo me paré en medio de sala de inmediato y le dije: "Se llevaron a mi papá". Asintió con la cabeza y se puso llorar e intentó darme detalles de lo sucedido.

Salí de la sala y me fui directo al baño. Me miré rápido al espejo y me tomé unos remedios que tenía para la taquicardia de la que padecía hacía un año. Me hablé a mi mismo preguntándome qué haría papá en una situación como ésta. Salí corriendo a inspectoría, pedí el teléfono y llamé a Sergio Campos, amigo de mi padre, que era locutor de Radio Cooperativa, muy escuchado en Chile. Me puso al aire y denuncié que sujetos desconocidos, probablemente de la CNI, habían secuestrado a mi padre junto a José Manuel Parada, y que temía por sus vidas. Llamé a que la ciudadanía se movilizara de inmediato para exigir a las autoridades su búsqueda y liberación.

Salí de inspectoría y fui a la calle a ver qué es lo que había sucedido exactamente. Había una confusión enorme en el colegio. Cuando se los llevaron había un curso completo que en ese momento estaba en clases de educación física y se econtraba trotando alrededor de la manzana en la calle El Vergel con Av. Los Leones. Muchos de ellos vieron el plagio. Ahí me enteré que el tránsito había sido interrumpido, minutos antes del rapto, por Carabineros de tránsito, motorizados y a pie, y que se reanudó apenas se habían llevado a mi padre con José Manuel. Que el helicóptero también era de Carabineros de Chile. Que al tío Leo lo habían baleado y que un profe se lo había llevado de urgencia a una clínica. Que Marcela, una compañera de segundo medio del colegio, intentó quitarles a los secuestradores a mi padre, que alcanzó a tomarle la mano, pero los otros era más fuertes. Que el Pelluco, uno de los dueños del colegio fue encañonado y amenazado, por lo que él pálido, probablemente para proteger a los niños o por temor a lo que ocurría, cerró la reja del colegio, dejando a mi padre y Jose Manuel peleando solos con los secuestradores en la calle, y que ahí llegó corriendo el Leo, que casi recupera a mi padre que no paraba de gritar, son de la CNI!, ayuda!, nos quieren secuestrar!

Me paré en la calle y me bajó la sensación que todo esto ya lo había vivido. Me preocupé absurdamente por mi seguridad, así es que compañeros me cambiaron parte de la ropa, me puse lentes oscuros, un jockey de gorra, y le pedí a Cristóbal, un compañero y amigo de la Jota del colegio, que me sacara de ahí, que yo tenía un papel que cumplir, que no me podía pasar nada.

Cuando nos fuimos a casa de Cristóbal había llegado la Policía de Investigaciones de Chile junto a Carabineros para preguntar qué había pasado... Me irritó el cinismo de nuestras instituciones de Orden y Seguridad y traté de pensar a qué lugar se llevaban a papá en ese momento.

En casa de Cristóbal conversamos qué podíamos hacer. Era todo confuso, me faltaban elementos, papá de seguro sabía lo que estaba ocurriendo, en qué debía fijarme y acordarme para entender con qué y quiénes estábamos tratando... Yo mismo no tenía clara cuál era la función de papá en el Partido, conocía su labor de dirigente público, pero debía haber algo más, pues sino porqué había tanto recurso del Estado comprometido para tomarlo en forma abierta, a la vista de niños y profesores en un colegio.

Desde que papá había llegado de regreso a Chile de su exilio, el 22 de noviembre de 1982, de forma inmediata lo retuvieron en el aeropuerto. Al entregar sus documentos en el mesón de Policía Internacional, el funcionario al leer la tarjeta de embarque, dijo en voz alta "es él", y acto seguido se lo llevaron a una sala esperando una llamada del "jefe". Mi padre muy preocupado consultó qué es lo que sucedía y en virtud de qué lo tenían retenido. No hubo respuesta. Después que le revisaron toda la documentación y lo que traía, lo dejaron ir. Un automóvil lo siguió hasta la casa familiar de Maipú, cosa que él de inmediato -¡en su primer día de regreso al país, después de años de distancia!- denunció llamando a las radios. Así de valiente era mi viejo, y así de presente lo tenían los organismos represivos de la dictadura.

En diciembre de 1982 retornamos nosotros, junto a mamá y mi hermana América a Santiago, desde Barcelona. Nos reencontramos con papá quien ya estaba participando en la organización de la primera marcha del hambre que se realizó, convocada por el movimiento sindical. El año 83 fue mágico, pues las protestas nacionales eran masivas, se respiraba mucha esperanza, con actos multitudinarios. Papá se abocó a organizar a los profesores cesantes y a la creación del Movimiento Democrático Popular, MDP, que agrupaba a las fuerzas políticas de izquierda que luchaban por el retorno de la democracia, pero con contenido social. Lo acompañé a muchas manifestaciones y concentraciones. Su energía de trabajo era infinita, y siempre tenía la "película muy clara", me comentaba la gente con quien interactuaba. Su apuesta eran las políticas de alianzas, la unidad de la oposición, el derrotar a la dictadura, pero en el marco de una transformación simultánea de la economía, de modo que ésta favorieciera a las grandes mayorías, fundamentalmente al mundo trabajador y poblacional que en aquellos años sufrían una situación de cesantía y hambruna real.

Llegó el año 1984, y papá trabajaba junto al Pato Madera, muralista destacado de la época de las Brigadas Ramona Parra, en el Taller Amistad que tenían en la calle San Pablo. Todo muy sencillo, pero lleno de jóvenes y viejos que hacían lienzos, pintaban cuadros, experimentaban formatos distintos de cassettes y revistas, todo con mensajes llamando a la organización y lucha contra la dictadura.

Asumió Sergio Onofre Jarpa de Ministro del Interior y de inmediato la CNI fue a casa a buscar a papá para detenerlo. Como él no vivía con nosotros no lo pudieron ubicar, pero dejaron una copia de la orden detención y expulsión del país de papá, junto a Mario Insunza Becker, firmada por el Ministro del Interior, con la leyenda "por orden del Presidente de la República", es decir, Augusto Pinochet. Aún conservo ese documento, que da testimonio del lugar desde donde venían las órdenes para vigilar, detener y matar.

Papá tuvo que volver a la clandestinidad. Allanaron la casa de la familia Guerrero en Maipú; secuestraron al hermano menor de papá, mi tío Francisco; detuvieron a una hermana de papá, mi tía Esperanza; detuvieron y torturaron al profesor Tolosa de la AGECH preguntando por papá, en fin, la represión era muy fuerte e intensa para dar con su paradero. Mi padre comenzó un exasperante peregrinar de casa en casa.

En aquellos días yo había cumplido los 14 años. Vivía el inicio de mi adolescencia. Rebelde me pelié con mamá y la amenacé con irme a vivir con papá. Ubiqué a mi padre y la comuniqué mi decisión. Él estaba radiante de felicidad, siempre había soñado con volver a compartir conmigo los momentos en que me dormía y despertaba. Quedamos de acuerdo, yo tomé mis textos escolares, un poco de ropa, mi guitarra, y me fui a Maipú a encontrarme con él a tomar once e iniciar nuestra vida juntos. Llegué puntual, pero dieron las siete, las ocho y las once de la noche y papá no llegaba. Ya cuando me estaba durmiendo apareció, con los ojos llorosos. Me dió un gran abrazo y me dijo, con el dolor de su alma, que lamentablemente no podía irme con él, que habían sacado una nueva orden de detención de parte del Ministerio del Interior y ahora tendría que salir de Santiago. No lo podía creer. Me había costado mucho tomar la decisión. Ahora tendría que volver con mi orgullo en el suelo a casa, a mi pieza de niño, cuando estaba a punto de cumplir uno de mis sueños. Pero sus ojos no mentían, estaba verdaderamente preocupado.

De ahí no lo volví a ver durante meses. Llegó el año nuevo con el que comenzaría 1985. Con mi hermana América fuimos a la casa de mis abuelos en Maipú y celebramos contentos, pero con la ausencia de mi padre que en algún lugar, en alguna casa estaría comiendo con una familia ajena. De pronto, noté que mi abuelo se puso muy nervioso y me hablaba como enojado. Había algo raro en el ambiente. Súbitamente entró al patio de la casa el auto de mi tío Francisco, pero en reversa. Estacionó frente a la puerta de la casa, lo que no era usual. Se bajó mi tío y abrió expectante la maletera. Corriendo fuimos con mi hermana y primos a ver qué sucedía. En su interior habían frazadas, que de a poco tomaron vida y comenzaron a moverse, y de pronto, de entre ellas, se asomó el rostro de papá con su risa gigante y luminosa, mirándonos victorioso. Había burlado el seguimiento y, arriesgando su vida, se sumó a la familia para compartir unos momentos junto a nosotros.

Pasé toda la tarde pegado a él, como un pequeño animalito incondicional. Comimos, lavamos los platos juntos, guitarreamos un rato -ambos somos desabridos pero gozamos cantando-, y luego llegó el momento de la despedida. Yo me abracé de mi hermana mientras observábamos como se volvía a introducir a la maletera y se perdía bajo las frazadas. ¿Lo volveríamos a ver?

A principios del año 85 el Ministerio del Interior informó a la familia que a papá le habían levantado la orden de detención y expulsión del país. Apenas lo supo, él aprovechó de inmediato la ocasión para volver a encontrarse con los profesores y juntos pasamos los efectos del terremoto de inicios de marzo de aquel año. Papá criticaba el que los propios profesores cesantes tuvieran que juntar limosnas para repartírsela a los colegas que habían quedado sin hogar producto del sismo. "Le estamos quitando a los que no tienen, y le estamos dando miseria a los que se merecen mucho más. Tenemos que exigirle a las autoridades estatales que asuman ayudar a todos los damnificados. Esto no es una cuestión de caridad, es un problema político desde el cual debemos organizarnos para protestar y buscar unidad de propósitos con amplios sectores", decía.

En eso estaba cuando el secuestro del 29 de marzo de 1985. Sin embargo esto no podía constituir motivo suficiente para que una institución del Estado secuestrara a tanta gente consultando por papá y luego se lo llevaran de las puertas de un colegio. Ese era mi intución en aquel minuto a pocas horas de ocurrido el secuestro en mi colegio. En casa de Cristóbal, trataba y trataba de dar en mis recuerdos con alguna pista para saber por dónde había que buscarlo para hallarlo vivo y salvarlo de una muerte segura, pero no supe desenrredar la madeja. Me faltó edad, experiencia, y claro, papá realizaba una actividad con mucho sigilo que solo con el tiempo pude ir reconfigurando. Ahí estaba la verdadera clave de su secuestro y posterior degollamiento. Su caso fue utilizado para atormentar a toda la sociedad, de ello no cabe ninguna duda. Pero no era solo eso, había un odio particular hacia él, desde el mismo año 1976 cuando sobrevivió la detención y desaparición, torturas y prisión política...

A fines de 1984, la peridiodista Mónica González de la revista Cauce, de oposición al régimen, había sido contactada por Andrés Valenzuela, alias "El Papudo", ex agente del Comando Conjunto -organismo que coordinaba distintas ramas de las Fuerzas Armadas con el propósito de reprimir-, quien se encontraba sometido a profundos remordimientos por sus acciones pasadas y valientemente dio el paso a contar su verdad, a riesgo de que se supiera y fuera ultimado por sus propios ex colegas. Mónica González se juntó con él y no podía dar crédito a todo lo que este hombre le relataba: detalles de las detenciones, torturas, ejecuciones y lugares donde habrían dejado los restos de muchos detenidos desaparecidos durante el año 1976, el mismo año en que el Comando Conjunto había tenido detenido desaparecido a mi padre. La periodista dándose cuenta de que se trataba de información extremadamente delicada, antes de su publicación decidió validar la misma, para lo cual contactó a José Manuel Parada, que a la sazón era el encargado de Documentación y Archivos de la Vicaría de la Solidaridad. En Chile habían muy pocas personas que como él manejaban casi toda la información acerca de los aparatos represivos, pues le llegaban a diario los testimonios de los luchadores sociales y sus familiares que habían sido apresados.

José Manuel, al conocer el carácter de la información y antes de entrar en su detalle, le sugirió a la periodista que había una persona, la única persona en realidad, que contaba con toda su confianza y que podía triangular la información con su propia experiencia de detención en manos del Comando Conjunto y lo que indicaba Valenzuela: mi padre. Con la venia de Mónica González, los tres se pusieron a analizar las largas horas de grabación del testimonio y mi padre con José Manuel no podían creer a lo que estaban accediendo: la estructura completa del Comando Conjunto, sus acciones, las fechas de detención de los militantes comunistas detenidos desaparecidos, los sitios en que fueron ultimados, los nombres y alias de los agentes de las distintas ramas de las fuerzas armadas y de civiles que participaban en el Comando. Mi padre, absolutamente impresionado, iba confirmando una a una las informaciones. Estaban frente a una información valiosísima que permitía aclarar muchos casos de violaciones a los derechos humanos y dar con el paradero de los detenidos desaparecidos. Pero al mismo tiempo se dieron cuenta que sus vidas, como la del ex agente, corrían un enorme peligro, pues los agentes seguían activos y harían todo para que tal información no se hiciese pública. Por ello decidieron que la información se publicaría cuando Andrés Valenzuela estuviera a salvo fuera del país y cuando ellos mismos hubieran alcanzado a tomar las medidas de seguridad que evitaran su inminente captura. La decisión era presentar toda la información en un medio de circulación masiva en el extranjero, tipo Washington Post, y una vez fuera conocida, entregarla con detalles a los Tribunales de Justicia chilenos para que investigara los hechos.

Leyendo y releyendo el testimonio del agente Papudo, mi padre se pudo enterar de los detalles de su propia detención en 1976 cuando tenía 27 años de edad, pues Andrés Valenzuela había participado en tal episodio. Ahora comparto con ustedes parte de la información que probablemente llevó mi padre a la muerte, por el terror y cobardía de los agentes a enfrentar la verdad y su responsabilidad en los hechos, que aún siguen impunes:

"El operativo fue en el sector de Departamental. Recuerdo que la 'Pochi", la agente de la FACH Viviana Ugarte Sandoval, estaba en el lugar con un equipo de radio para avisar su salida. Cuando salió, fue tomado por el "Chico" y "Alex", agentes de la Marina, y a consecuencia de un pequeño forcejeo, a "Chico" se le disparó el arma, hiriendo a Guerrero en un costado. Fue conducido de inmediato a "La Firma" estando herido. Allá, el "Lolo", el "Fifo" Palma, "Jano" y "Wally", lo interrogaron y torturaron poniéndole electricidad directamente en la herida.

A consecuencias de los golpes y electricidad, Guerrero perdió el conocimiento por unos instantes por lo que se llamó al doctor Alejandro Forero "hijo", hoy cardiólogo en el Hospital de la FACH. El doctor señaló que la herida era grave y que el detenido debía ser trasladado al hospital.

Alrededor de una hora después que se fue el doctor Forero de "La Firma", se recibió el llamado telefónico de un general, no estoy seguro que fuera de la FACH, y ordenó el traslado de Guerrero al Hospital de Carabineros. Nos causó sorpresa que el general ya estuviera enterado que teníamos a Guerrero. En el hospital estuvo siempre esposado, lo que recuerdo bien ya que varias noches me tocó hacerle guardia."

Con esta información, ahora quedaba claro porqué el Comando Conjunto había resuelto "entregar" a mi padre a la DINA durante su detención y desaparición en 1976: Mi madre en aquellos meses hizo todo lo humanamente posible para dar con el paradero de mi padre, concurriendo personalmente -embarazada de mi hermana América- a las oficinas del presidente de la Corte Supre ma. Él para calmarla hizo un ejercicio retórico: "Señora, en Chile no hay detenidos desaparecidos. Voy a llamar delante de usted al General Contreras, para que se de cuenta que no hay nadie del nombre de su marido detenido en algún recinto de las Fuerzas Armadas y de Orden". Y lo hizo. Y sin saberlo o quererlo, esta llamada al despacho del coronel Manuel Contreras, que dirigía la DINA, le salvó en ese momento la vida a mi padre, pues cuando Contreras se enteró que uno de los principales dirigentes de las Juventudes Comunistas, a quien sus hombres buscaban intensamente, se encontraba en poder del Comando Conjunto, o el "Grupo de los 20" como se hacía llamar, enfureció, porque no estaba informado. Movió todos sus contactos y exigió que el director de la Dirección de Inteligencia de la Fuerza Aérea, general Enrique Ruiz Bunguer, y el director de la Dirección de Inteligencia de Carabineros, general Rubén Romero Gormaz, le entregaran a mi padre.

La presión del coronel Manuel Contreras se hizo insoportable y la Dirección de Inteligencia de Carabineros (DICAR) debió asumir su detención. El 18 de junio de 1976, estando mi padre ilegalmente detenido y baleado -sin que nadie de nosotros supiera su paradero- en el Hospital de Carabineros, el ge neral Romero debió entregarlo a la DINA a pesar de que la bala seguía enterrada en su axila. Un oficio firmado por el general Rubén Romero Gormaz, y dirigido al director de la DINA, acompañó a mi padre en su ingreso al campo de concentración de Cuatro Alamos, que estaba bajo control de la DINA: "Remito antecedente del dirigente de las Juventudes Comunistas Manuel Guerrero Ceballos, quien fue detenido por personal de Inteligencia y que se encuentra a disposición de la DINA, en el Hospital de Carabineros."

Siete días permaneció incomunicado mi padre en Cuatro Alamos. La bala la tenía aún clavada en el costado. En esos siete días se decidió su destino, pues el viernes 25 de junio de 1976, el día de su cumpleaños y a la misma hora en que la Corte de Apelaciones de Santiago rechazó el recurso de amparo en favor de él, mi padre fue obligado a levantarse de su camastro en la celda de incomunicación en que fue arrojado. No sabía adonde lo llevarían. Esa misma mañana fue trasladado al campamento del lado, el del tránsito a la libertad, Tres Alamos. Los organismos represivos, por esta lucha entre ellos, habían decidido que viviera, pero no contaban con que mi padre denunciaría por todo el mundo lo que le habían hecho y que había reconocido a uno de los agentes, el traidor Miguel Estay Reino, el "Fanta".

La información que entregó Valenzuela en su testimonio a Mónica González era una bomba, y en rigor, sigue siendo una bomba. Pues en ella se establece, entre otros aspectos, que Viviana Ugarte Sandoval, alias "La Pochi", había participado como agente del Comando Conjunto en la detención ilegal de mi padre. Presumiblemente ella es la mujer que relata en un escrito que dejó papá con el nombre "La sesión macabra continua", donde describe las torturas que le aplicaron, y que en medio de ellas había una mujer que lo acariciaba mientras le aplicaban electricidad.

Sí. Viviana Lucinda Ugarte Sandoval es la esposa del general de la FACH Patricio Campos, quien es la persona nombrada por las Fuerzas Armadas que participó en la Mesa de Diálogo que tenía por objeto recabar información acerca del paradero de los detenidos desaparecidos en Chile... Curiosamente, precisamente la información que correspondía a las víctimas del Comando Conjunto fua alterada, de acuerdo a las declaraciones de Otto Trujillo, "Colmillo Blanco", otro agente del Comando Conjunto que contó su versión de la verdad al diario La Nación.

Por desgracia, y por razones que aún me cuesta comprender, la entrevista a Andrés Valenzuela fue publicada sin autorización de mi padre y José Manuel en el extranjero, antes que ellos pudieran ponerse a salvo. Los agentes del Comando Conjunto, ahora agrupados en un departamento de la Dirección de Comunicaciones de Carabineros (DICOMCAR), con domicilio en calle Dieciocho, en el mismo local de la "Firma" en que tuvieron torturado a mi padre en 1976, apenas se enteraron del testimonio de Valenzuela se pusieron en alerta y decidieron cortar literalmente el problema por la raíz: eliminar a José Manuel y mi padre, para impedir que la verdad circulara por el mundo. Por ello allanaron y secuestraron la imprenta de la Asociación Gremial de Educadores de Chile (AGECH) el 28 de marzo de 1985. Buscaron frenéticos ese lugar pensando que ahí se encontraban los stenciles de publicación del testimonio de Valenzuela sobre el Comando Conjunto. La imprenta estaba a nombre del artista gráfico Santiago Nattino. Esa misma noche lo secuestraron y lo llevaron a calle Diecicho, al local de la DICOMCAR, ex La Firma del Comando Conjunto. Lo esposaron a un parrón y comenzaron su tortura. Una vez que secuestraron, al día siguiente, el 29 de marzo, como hoy, a mi padre y José Manuel, los torturaron a los tres, quemándoles cigarrillos en el cuerpo, sacándoles las uñas, aplicándoles electricidad y quebrándoles los huesos de la frente a culatazos.

Al día siguiente, el 30 de marzo de 1985, dirigidos por el Fanta, con un cuchillo atacameño que le había regalado Moren Brito, los degollaron bajo Estado de Sitio camino a Quilicura y dejaron que sus cuerpos se desangraran. Hoy tres sillas vacías recuerdan a don Santiago y a los Manueles en el lugar en que les dieron muerte.

No quisieron que se supiera la verdad, como ha sido la tónica del silencio de las Fuerzas Armadas y de Orden para no dar con el paradero de los detenidos desaparecidos. Fundamentalmente por cobardía a no enfrentar sus propios actos, sus propias decisiones. Siguen estando en deuda con nosotros, con los hijos, con la sociedad chilena. La mayoría de aquellos agentes y de quienes les dirigían no han sido juzgados, y los médicos que torturaron, los civiles que actuaron, los oficiales que participaron en tan horrendos crímenes, siguen en sus lugares de trabajo como si nada pasara.

Pero sí pasa y no deja de pasar. Tal como mi padre y José Manuel arriesgaron y dieron sus vidas por la verdad y la justicia, nuevas generaciones surgen y dan con creatividad las luchas del presente, vinculados con aquella memoria del crimen, pero también de los compromisos, las militancias por una vida digna.

Por eso hoy los recordaremos en nuestra velatón cultural. Cada uno/a tomará de la mano a don Santiago y a los Manueles, y con ellos a cada uno/a de los/as luchadores/as sociales de nuestro país, de su mundo trabajador, artístico, profesional, intelectual. Somos muchos/as. Honraremos sus vidas y no dejaremos de denunciar y exigir justicia a sus asesinos y al Terrorismo de Estado. Hacemos el esfuerzo diario de seguir enamorados de la vida, como una conquista que no nos pueden ni queremos que nos quiten. Por eso decimos, ¡Con Memoria y Alegría, Adelante por la Vida!

Hoy pondré mi vela por ese último beso que le di a papá, y a quien he dedicado mi modesta vida, junto a mi compañera e hijas. Ahí estaremos, en la calle, codo a codo. Y entre la gente, quiero verte bailar...

Todos los días, toda la vida.

Manuel Guerrero Antequera
Santiago, 29 de marzo 2011
08:35 hrs.

28 marzo 2011

Ayúdanos a difundir Velatón 29 de marzo. Copia, imprime, pega y hazla circular!

Les esperamos con sus velas, cantos y compromiso. Si puedes, reproduce esta foto y difunde. Abrazos, Manuel.

29 de Marzo: Velatón Cultural “Con Memoria y Alegría, Adelante por la Vida. Parada, Guerrero, Nattino ¡¡Presentes!!"

29 de Marzo: Velatón Cultural “Con Memoria y Alegría, Adelante por la Vida. Parada, Guerrero, Nattino ¡¡Presentes!!"

La organización Ciudad Elefante, conformada por un grupo de jóvenes y adultos que trabajan por la memoria y los derechos humanos, junto a Colectiva Babel, el Centro de Padres y Madres y el Coro del Colegio Latinocordillera, junto al Centro de Estudiantes del Latino Puyehue, invita a la ciudadanía a un acto cultural en homenaje a la vida comprometida de José Manuel Parada, Manuel Guerrero Ceballos y Santiago Nattino, secuestrados y degollados el 29 de marzo de 1985 en manos de agentes del Estado.

En la oportunidad, con la animación de Jaime Davagnino, participarán los músicos Luis Le-Bert, Manuel García, Rebeca Godoy, Nano Stern, Napalé, Juan Ayala (Juana Fé), Elizabeth Morris y José Seves, Tío Leo y Coro del Colegio Latinocordillera, agrupación Napalé, José Secall, Yosa Vidal y Joaquín Figueroa, entre otros.

Canta y comparte con nosotros/as. Trae y enciende tu vela por los Manueles y don Santiago, así como por los hermanos Rafael y Eduardo Vergara y Paulina Aguirre Tobar. Nada ni nadie está olvidado. Ni los crímenes, ni las luchas.

Fecha: Martes 29 de marzo, 19.30 a 21.30 hrs.

Lugar: Frontis ex Colegio Latinoamericano de Integración (El Vergel con Los Leones, comuna de Providencia. Entre Pocuro y Eleodoro Yáñez)

Más información en http://tressillas.blogspot.com/

Cápsula histórica sobre los hechos de marzo de 1985:
http://www.youtube.com/watch?v=N80y3hWOEUo

Contacto:
- Manuel Guerrero Antequera, 08-2092837

21 marzo 2011

Por Otro 29 de marzo


Como latigazos de sombra pasan los días que aproximan un nuevo aniversario de la matanza. El 29 de marzo de 1985 el terrorismo de Estado descargó su descomunal y tecnológica ira sobre un puñado de cuerpos, vidas y proyectos que se habían declarado en rebeldía contra la opresión autoritaria y la sempiterna explotación de clase que desde el 11 de septiembre de 1973 se había vestido de dictadura cívico militar. La concepción del ser y la raza chilena como una única e indivisa gran familia, cedió durante 24 horas a la simple realidad que no todos cabían en ese cuadro de huaso y china sonrientes, pues en el mismo territorio llamado Chile habitaban otras identidades duras e imposibles de disciplinar y encajar en aquel retablo costumbrista reproducido al infinito como código ideológico por los textos escolares de diseño militar. A pesar de todos los esfuerzos del sistema de poder, seguían existiendo hombres y mujeres que se consideraban patriotas y reclamaban otras maneras de convivir no digeribles por el dogma neoliberal y neoconservador criollo, caracterizado por su combinación de libertad total de mercado con extremo integrismo cultural, deciudadanización represiva y criminalización de la diferencia.

Extirpar el cáncer, limpiar el cuerpo, salvar el “alma de Chile”, borrar la mácula rebelde, detener, inmovilizar, aniquilar lo que pudiera nacer como un nuevo comienzo a nivel asambleas, marchas y actos. Esa era la misión. Las protestas de los años 1982 y 1983 mostraron que la represión tiene una eficacia que fracasa ante el poder que genera la organización social de base movilizada. Los denigrantes y reiterados allanamientos en las poblaciones, las relegaciones de dirigentes estudiantiles y sindicales, la cárcel, censura, exilio, las desapariciones forzadas, los baleos para dispersar las manifestaciones no lograban mostrar una superioridad de mando que pusiera fin a la revuelta creciente, sino por el contrario, expresaban la crisis hegemónica, la fisura en el poder total, la presencia de otros  jugadores en el campo de lucha, un paulatino cambio en la correlación de fuerzas.

Ante el temor de perderlo todo, la orden directa de los mandos superiores de la Nación militarizada fue descargar el máximo de odio posible sobre aquellos cuerpos el 29 de marzo. Nada de simulación ni cuidado en las formas. Licencia para matar con presencia de testigos, para dejar una marca ejemplarizadora e imborrable, que se sintiera como un castigo al pueblo que se venía constituyendo en actor movilizado, para que se disolviera y cada quien retornara a su vida privada de productor-consumidor y cliente, y dejara de insistir en convertirse en un nosotros colectivo, capaz de incidir en la organización de la comunidad política, en el curso de la economía, en los valores y cultura desde los cuales nos imaginamos y autodescribimos como identidad.

Entonces se secuestró a las puertas de un colegio a plena luz del día, con participación de helicópteros y carabineros de tránsito deteniendo el tráfico, para que hubiera claridad de lo que se rea capaz de hacer si se les seguía molestando en su sagrado papel de administración del Estado y reserva moral de la Nación. Fue delante de escolares, colegas e hijos que se llevaron a Manuel y José Manuel. Fue a la vista de sus vecinos que secuestraron a don Santiago y allanaron su imprenta. Fue al interior de su población que persiguieron y acribillaron a Rafael y Eduardo, porque eran revolucionarios de comunidades cristianas de base. Y fue ante el terror de su familia y camaradas que ejecutaron a Paulina, porque era un cuadro político joven, con proyección en su organización.

El 29 de marzo el aparato represivo se esmeró en superarse a sí mismo. Tenía que marcar un antes y un después. Como con el bombardeo de La Moneda, debía generar un hito material y simbólico total, que no dejara en el imaginario colectivo margen de retorno posible. Y para ello se requería de un golpe de gracia que asegurara titulares en los diarios de circulación masiva. “Degollados” se leía el 30 de marzo, se escuchaba en las radios, se observaba en las transmisiones televisivas. Como en un rito nazi, con un corvo Carabineros cortó el cuello de tres ciudadanos y los arrojó a un borde de carretera, para que fueran hallados y exhibidos, para aterrorizar. Quienes por juramento debían proteger, ya hace rato se habían convertido en útiles herramientas para infundir terror a la población civil. Un campesino encontró los cuerpos, y así la señal llegó a su destinario: el pueblo pobre.

El ánimo fascista en Chile ha cobrado muchas víctimas a lo largo de los 200 años de historia republicana. Este asesinato selectivo forma parte de una cadena mayor de revancha acumulada contra la posibilidad que alternativas democrático populares puedan llegar a constituirse en opciones sociopolíticas. Y las Fuerzas Armadas y de Orden en general se han puesto al servicio de la represión del propio pueblo al cual se deben. El golpe no iba dirigido en exclusiva a los partidos y organizaciones en las cuales los seis asesinados el 29 de marzo de 1985 pertenecían. El remitente era el Estado policíaco, guardián de un interés de clase muy básico y rudimentario, y el destinatario era una forma de concebir la política y ejercerla: el movimiento social y popular. Estas no fueron violaciones a los derechos humanos en genérico como se les suele encasillar en ciertas políticas de la memoria institucionalizadas y del “nunca más”. Estos asesinatos fueron perpetuados en cuadros, dirigentes políticos de raigambre y trabajo social, a nivel del sindicalismo con Guerrero, el arte comprometido con Nattino, la Iglesia comprometida de la Vicaría de la Solidaridad con Parada, el trabajo territorial de los Vergara, y la opción por todas las formas de lucha para derrocar a la dictadura y construir poder popular de la joven Aguirre Tobar.

Hoy las palabras se han desgastado y decir “clase social” y “rebelión popular” suena a un lenguaje prehistórico, bruto, de un tiempo otro que no tiene la delicadeza de la “gente”. Gracias al tamiz de la llamada “transición a la democracia”, durante veinte y tantos años de postdictadura, se han erigido monumentos que recuerdan nombres, pero se ha desprovisto a aquellas historias de su singular historicidad, en cuanto a proyectos que pugnaron por concretarse desde opciones que fueron tomadas a conciencia y que tuvieron el precio de morir en el intento, a manos de la salvajada cívico militarizada. La democracia que finalmente advino ha preferido poner en el olvido las militancias, congelando a los nombres en el lugar de víctimas de las circunstancias, como si su propia lucha no tuviera contenido de clase y significación política, lo que ha tenido por efecto invisibilizar también la característica del terrorismo de Estado en Chile durante la dictadura pinochetista. Esta no fue solo un modelo autoritario, un “descarrío de la historia” porque no fuimos capaces, como Nación, de ponernos de acuerdo sobre las formas de resolver nuestros conflictos. La dictadura cívico militar de derecha fue una revolución reaccionaria, que al tiempo que intentó borrar de la historia a sujetos portadores de subjetividad democrático popular, construyó una nueva institucionalidad y una nueva subjetividad que al día de hoy ha permitido que todas las grandes conquistas sociales del siglo XX, como educación y salud pública, empresas nacionales, derechos laborales, entre otros, simplemente parezcan política ficción.

La deciudadanización era el objetivo buscado y por ello había que hacer caer las cabezas de quienes ejercían con carisma el liderazgo de opciones de salida avanzada a la dictadura. El grado casi nulo de sindicalización actual en Chile es un buen indicador de esta conquista de la dictadura y sus continuadores en “democracia”. El grado de criminalización de cualquier movimiento social que salga más allá de su demanda sectorial y exija una revisión, puesta en cuestión y rediseño, o directamente cambio de la institucionalidad política que rige al país, en lo fundamental en cuanto al carácter subsidiario del Estado por ejemplo, continua siendo etiquetado y tratado como enemigo interno, tal como en la Doctrina de Seguridad Nacional. El tratamiento mediático y político institucional de la prolongada huelga mapuche es señal inequívoca de ello. Lo mismo la extensísima prisión preventiva de los jóvenes ocupa. La aplicación, en democracia, de la mal llamada “Ley Antiterrorista”, es el síntoma más claro de la continuidad de linaje en las prácticas represivas del Estado chileno, independientemente del grupo político que asuma su administración.

Se aproxima otro 29 de marzo. Y sin duda se ha avanzado en materia de derechos humanos. Es lo que nos diremos a nosotros mismos. ¿Pero es tan así? ¿Cuál es el parámetro? Si es el del grado de represión y cierre que implicó la dictadura significa que estamos poniendo un umbral muy poco exigente para evaluar la democracia. Es más, la dictadura sencillamente no puede ser un estándar de medida para una democracia, y esta operación que se suele realizar para destacar avances de la postdictadura debe ser desechada, es una trampa ideológica. La democracia debe compararse con la democracia, con el grado en que se ha avanzado o no en materia de expansión de ejercicio, goce y respeto de derechos, de los más básicos hasta los nuevos que han de irse creando. La democracia actual puede ser medida con las democracias previas a 1973, así como a desarrollos democráticos que pujan desde la propia actualidad desde el interior del territorio llamado Chile. A su vez, la democracia actual debe ser medida con las promesas que se hicieron al término de la dictadura. Pero sobre todo, la democracia actual tiene que tomar como marco de referencia para evaluarse a sí misma las vidas que se sacrificaron para conquistarla.

¿Está nuestra actualidad a la altura de ese sacrificio?

Y llega un nuevo 29 de marzo. No quiero, como hijo, solo velas, que por cierto deseo que las hayan, y ojalá muchas.

Pero más deseo como ciudadano del mundo, como parte de generaciones de guerreros partícipes de ese movimiento social popular diverso que viene luchando por siglos en Chile, que tomemos la posta que nos han legado José Manuel Parada, Santiago Nattino, Rafael y Eduardo Vergara, Paulina Aguirre Tobar y a mi padre Manuel Guerrero Ceballos. Desde el difícil ejercicio del aprendizaje, desaprendizaje y reaprender, asumamos la tarea, el deseo, acaso el mandato que nos legan como perspectiva de vivir la vida intensamente.
Como árboles vigorosos que se alimentan de profundas raíces, tomemos fuerza y aprendizaje de la resistencia de los pueblos originarios; los artesanos, obreros calificados e igualitarios de Francisco Bilbao por una nueva sociabilidad; las mancomunales de Recabarren; el sindicalismo y cristiano popular de Clotario Blest; las demandas de Elena Caffarena; los gremios de Ricardo Fonseca; el rupturismo reformista de Allende y su anclaje en la Unidad Popular; la luchas de las madres, hijas y hermanas de las agrupaciones de familiares de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos; el movimiento de pobladores; los movimientos estudiantiles históricos como la FECH, los secundarios en dictadura y la revolución pingüina en democracia; los intelectuales, artistas y demás trabajadores sociosimbólicos comprometidos; los medioambientalistas que pugnan por un cambio en el modo de vivir la sociedad y su organización desde una perspectiva diferente al puro productivismo que explota y daña sin reparos, así como de y con los jóvenes que ocupan y muestran otras maneras de ser, como la animalista y las economías solidarias y autogestionadas.

Con esta historia de resistencias y entregas, cómo en el presente no va a haber la decisión, generosidad y coraje suficientes para generar una plataforma básica de unidad sociopolítica y cultural que siente las condiciones para que emerja el gran arco de las alianzas a las que cantaba Violeta y Victor Jara. Re-emprendemos a gran escala la lucha por una sociedad más justa, solidaria y amable, desde una perspectiva democrático y popular que pueda ser opción de gobierno, a nivel local y nacional, desde un horizante de intransigencia democrática.

Sin culpas y sin pedido de disculpas. Sin mochilas, abiertos a la creatividad colectiva. Plurales, con respeto a las diferencias que nos constituyen en seres libres y singulares. Pero unidos y unidas.


Nada ni nadie está olvidado. Ni los crímenes, pero tampoco las luchas. Hagamos que este no sea el mismo, sino Otro 29 de marzo. Por nuestros vivos y nuestros muertos. Por los que están por nacer.

18 marzo 2011

Otro 29 de marzo: Con memoria y rebeldía, seguimos pa'delante x la vida

Porque aún nos indigna, nos conmueve, moviliza. Porque ese 29 de marzo eramos niños/as y hoy tomamos el testimonio y lo queremos traspasar a los/as niños/as de hoy. Para que recuerden y se comprometan con esas vidas luminosas y valientes, y se hagan parte de la noble lucha por un país más justo y amable. Este 29 de marzo nos encontraremos en El Vergel con Los Leones, con velas, cantos, pinturas, consignas.

12 marzo 2008

Invitación: Un nuevo 29 de marzo con memoria y alegría

Hace 23 años, el 29 de marzo de 1985, mi padre, el profesor Manuel Guerrero Ceballos, junto al sociólogo José Manuel Parada y el artista plástico Santiago Nattino, fueron secuestrados de las puertas de mi colegio, hechos desaparecer por un día, para luego aparecer degollados en un camino rural de la comuna de Quilicura a las afueras de Santiago. Sus captores y asesinos eran funcionarios públicos. El pecado que habían cometido era investigar, en plena dictadura, el actuar del Comando Conjunto, con el objetivo no de cobrar venganza sobre sus funcionarios, sino de dar con el paradero de miles de detenidos desaparecidos. Era la época del terrorismo de Estado, en la que las fuerzas públicas en vez de defender a sus ciudadanos los maltrataban atrapados en una máquina de exterminio que duró 17 años.

Cada 29 de marzo los recordamos, junto a las vidas de los jóvenes hermanos Vergara, asesinados aquel mismo día en Villa Francia, y tantos y tantas que entregaron todo por una sociedad más justa, equitativa y amable. Todos ellos son mártires de la sociedad chilena, no solo de una fracción de ella, sino de todos los chilenos y chilenas, que gracias al arrojo amoroso e incondicional de seres humanos sencillos, pudo terminar con una tiranía que parecía eterna. Sin duda aún quedan muchos de sus lastres incrustados en nuestra sociedad, fundamentalmente a nivel de la vergonzosa distribución del ingreso en la población, pero no cabe duda tampoco que el sacrificio de los Manueles y don Santiago ha permitido que germine nueva vida, para continuar proyectándonos en forma colectiva e individual hasta alcanzar niveles más dignos de existencia.

En este marco, comparto con ustedes una invitación amplia, sin exclusión, para junto a nuestros hijos y mayores, en familia, compartamos una jornada de memoria colectiva el próximo 29 de marzo. Para vernos las caras, disfrutar de la música de destacados artistas, poetas y animadores nacionales; apoyar la labor que realiza Amnistía Internacional y muchos otros movimientos sociales que estarán con sus stands. Las jornada será transmitida por Radio Tierra para quienes vivan en el exterior.

La invitación es a ser parte de una jornada artística el día sábado 29 de marzo:

· PLAZA BRASIL
La memoria en el corazón de la ciudad: Llevaremos el recuerdo al centro de Santiago, para llenar la memoria de nuevas miradas. Acto artístico- cultural, reunirá música, literatura y actividades para niños. Se llevará a cabo en Plaza Brasil en la Comuna de Santiago Centro a partir de las 13 y hasta las 17 horas. Participarán, entre otros, las bandas y artistas nacionales Akinetón Retard, Mauricio Redolés, Pedro Lemebel, Compañía de Danza Espiral, Saiko, Chico Trujillo o Juana Fe.
Luego nos trasladamos en MicroMemorias al ex frontis del Colegio Latinoamericano de Integración.

· EX FRONTIS COLEGIO LATINOAMERICANO (Los Leones con El Vergel)
En el corazón de la memoria: Acto artístico cultural en El Vergel con Av. Los Leones desde las 18:00 horas. En este lugar, donde fueron secuestrados los Manueles presentaremos el proyecto de memorial en su homenaje, y la propuesta de declaratoria de sitio histórico de la esquina donde se les vio vivos por última vez.

El día terminará con una velatón por la memoria, aproximadamente a las 20 horas.

¡Pura vida!, como dicen nuestros hermanos Costa Ricenses. Vale la pena recordar estas vidas para que no perdamos jamás la brújula de nuestra sangre y nuestro rumbo, dicen los uruguayos. Cultivemos la memoria hacia el futuro, como hacen nuestros hermanos mapuche con el canto del ñankucheu y las aguas añil del lago Budi. Y porque como cantan nuestros hermanos cubanos, si deshecha en menudos pedazos, llega a ser mi bandera algún día...,¡Nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavía!

Compartamos con las nuevas generaciones el recuerdo de quienes nos abrieron al presente, ¡sigamos con memoria y alegría, siempre adelante por la vida!

Abrazos, y los espero
Manuel Guerrero Antequera.

(Más información en Ciudad Elefante. Quienes deseen hacer llegar un Bono de Cooperación para cubrir los gastos de escenario y luces -todos los artistas y animadores trabajarán gratis- lo pueden hacer a la cuenta a nombre de Mauricio Andrés Vásquez Morales, Rut: 14.425.207-1, Banco Edwards, Cuenta 018-61-433793. Gracias!)

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