Palabras de Joan Manuel Serrat al ser investido Doctor Honoris Causa por la Univ Complutense de Madrid
Excelentísimo e ilustrísimo señor rector de la Universidad Complutense;
excelentísimas e ilustrísimas autoridades académicas;
excelentísimos e ilustrísimos todos; amigas y amigos:
Antes que nada, quiero agradecer esta distinción con la que me honran.
Aunque mi amigo Rafael Azcona sostiene la teoría de que los premios han de ser secretos y fuertemente dotados, este es distinto y especialmente agradable, porque es uno de los que podré presumir ante mis hijas y mis paisanos: ya saben que a los catalanes no hay cosa que nos guste más que ganar en Madrid.
Además, debo confesarles que me gustan las razones que se argumentan para concederme hoy este honor. Se desprende de ellas que les caigo bien y que ha sido un amigo el que ha montado este festejo.
Según palabras de otro buen amigo, José Luís García Sánchez, se ponen ustedes tan estupendos en los méritos considerados, que la distinción, según él, casi sabe a poco; y añade que, de ser verdaderos tales méritos, me debían, además, hacer duque de Pueblo Seco y regalarme una vajilla de doce servicios. Incluso concluye que ustedes no encontrarían descabellado que, en un ataque de vanidad, le hiciese una OPA a Joaquín Sabina.
Probablemente, las virtudes que se me atribuyen son algo exageradas. Pero digo yo que no habré sido un arbusto tan torcido cuando me han dado el birrete. Quizá la forma más coherente de agradecer este honor fuera el componer para ustedes una copla del tipo 'Birrete, ay, mi birrete...", de rima agradecida, aunque un poco fuera de lugar.
Bromas aparte, ahora espero que entiendan y respeten mi derecho a defenderme de tanto halago.
Yo aprendí el oficio de hacer canciones y cantar de otros que antes lo aprendieron de otros, y me hace feliz pensar que tal vez con mi trabajo he podido ayudar al aprendizaje de los que siguen. Si he contribuido poética y musicalmente a dignificar la canción, me parece fantástico que ustedes, contemporáneos míos, me lo hagan saber y me siento muy halagado de que me lo agradezcan.
La gratitud no es una virtud frecuente; más bien lo contrario. La historia está llena de hombres que mucho han contribuido en este u otro aspecto de la vida y que no han recibido a cambio más que el desprecio y la ingratitud de sus contemporáneos, aunque coincidirán conmigo en que un hombre que disfruta del privilegio de dedicarse a una profesión que le hace feliz, que hace lo que le gusta hacer, que le pagan por hacerlo y que además constantemente percibe que la gente le quiere, más que un mérito tiene una bendición.
Y este es mi caso.
También me alegra que conste entre los méritos que se me atribuyen el de haber contribuido a la difusión de la obra de grandes poetas españoles, pero les confieso que, al musicar poemas de Antonio Machado, de Miguel Hernández y de otros maestros, no era exactamente esa mi intención.
Lo hice porque sus poemas me conmovieron. Lo hice siguiendo el camino de otros que lo hicieron antes que yo, como Paco Ibáñez, como Raimón, como Alberto Cortez y algún otro más. Lo hice porque los versos sonaban a canciones. Canciones bellas e inteligentes que a mí me hubiese gustado escribir.
No sé si ellos, los grandes musicados, estarán de acuerdo con lo que se ha hecho con su obra, ni con lo que se ha dicho aquí al respecto. Realmente seria interesante conocer su opinión.En mi defensa les diré que una de las mayores satisfacciones que tuve cuando grabé aquellas canciones con versos de Antonio Machado fue una carta del gremio de libreros de Madrid en la que se me agradecía, después del éxito del disco, mi contribución a que las ventas de los libros del poeta se multiplicaran.
Decía Xavier Regás, afamado crítico teatral barcelonés y padre de amigos tan entrañables como Oriol, Xavier, Georgina y Rosa Regás, que un hombre culto en Barcelona, allá por los 70, era aquel que conocía la existencia de Antonio Machado antes de que Serrat hubiese puesto música a algunos de sus poemas.No le faltaba razón.
He conocido a alguno que discutía de Machado sin haber leído jamás un poema suyo, solo porque había oído el disco: opinaban de la película y solo habían visto el trailer. La carta del gremio de libreros tranquilizó mi conciencia, en el sentido de que mi trabajo tal vez sirvió para algo más que para darle una capa de pintura a la ignorancia.También me gusta la idea de haber contribuido a normalizar el catalán o, mejor dicho, a devolver la normalidad al catalán. Aunque en mi caso no hay que darle mucha importancia porque, aparte de ser catalán, ejerzo de tal, y para mí expresarme en catalán ha sido algo tan natural como que crezcan las uñas.Si hay que agradecer a alguien su contribución a la normalización del catalán, hagámoslo con quienes han peleado por defender el derecho propio o ajeno, sobre todo el derecho ajeno, por devolver la normalidad a una lengua y una cultura que solo la intolerancia, la ignorancia y el rencor marginaron. Soy bilingüe, como los reptiles.
Aunque me reconozco catalán, soy mestizo; y, por mi origen, escribir y cantar en castellano es también una manera natural de expresarme a la que no estoy dispuesto a renunciar, de la misma forma como jamás pensé en dejar de escribir y cantar en catalán.
Si alguna vez alguien me preguntó en cual de las dos lenguas me expresaba mejor, mi respuesta fue que siempre me expreso más a gusto en la que me prohíben hacerlo.
Tal vez ustedes, al premiarme con este doctorado, han querido contribuir al esclarecimiento de uno de los misterios de la metafísica patriótica o, en términos de Antonio Machín, a resolver el dilema de:
Cómo se pueden tener
dos idiomas a la vez
y no estar loco.
Seguro que en esto habrá quien tenga otro punto de vista tan legítimo como el mío.
Pero en lo que supongo que estarán de acuerdo conmigo es en que el hombre, al defender los valores democráticos, al enfrentarse a la discriminación y la intolerancia, al defender la riqueza del pensamiento libre y plural, no hace otra cosa que actuar en defensa propia.
Reivindico valores como la libertad y la justicia como un algo único, pues no hay libertad sin justicia, ni justicia sin libertad.
Lo hago frente a la preponderancia aplastante del dinero, valor supremo por el que se miden y se valoran las cosas y las gentes.Reivindico la justicia y la libertad, porque reivindico la vida.Reivindico a la humanidad en su sentido más amplio.Reivindico a los humanos y a la naturaleza, que nos acoge y de la que formamos parte.
Reivindico el realismo de soñar en un futuro donde la vida sea mejor y las relaciones más justas, más ricas y positivas, y siempre en paz.Y sobre todo, como un derecho que todo lo condiciona, reivindico el conocimiento como el pilar fundamental que nos sustenta y que nos caracteriza positivamente como especie.
Que esto sea digno de reconocimiento es algo que debería hacernos reflexionar acerca del mundo en que vivimos y de los valores que lo mueven.
Como decía el profesor Casares, cuando hablamos del canto y de quien lo practica hablamos de un arte que ha vertebrado la sociedad.Yo escribo canciones para expresarme, pero también para comunicarme.
Los argumentos de mis canciones están en mí, pero también están alrededor de mí. Son lo que yo siento, pero también son lo que me cuentan los demás.Son lo que yo soy, pero también lo que me gustaría ser.Son mi realidad, pero también mi fantasía.Las canciones viven en la memoria personal y colectiva de las gentes.
Las canciones viajan y nos transportan a tiempos y lugares donde tal vez fuimos felices.Todo momento tiene una banda sonora y todos tenemos nuestra canción, esa canción que se hilvana en la entretela del alma y que uno acaba amando como se ama a sí mismo.
Tal vez alguno de ustedes ahora este pensando: "Por su culpa, Serrat, me casé con el que hoy es mi esposo -o mi señora--. estábamos un atardecer de verano en la playa, cuando empezó a sonar su canción.etcétera." Por favor: eso no es culpa de mis canciones, sino de sus atardeceres de verano y de sus ímpetus juveniles.
Así son algunas canciones. Personales e intransferibles.Otras aglutinan un sentimiento común y se convierten en himnos. Entonces dejan de pertenecer al autor para ser de todos.
Me complace que hayan valorado ustedes esta parcela de la poesía que es la canción popular, que, además de algunas otras cosas, es una forma de acceder al conocimiento del mundo.
Les puedo jurar que en la composición y en la ejecución de algunas canciones populares hay hallazgos tan definitivos como el teorema de Pitágoras o las virtudes del ácido acetil-salicílico para combatir la cefalea.
Dice el refrán que "quien canta, su mal espanta". Y es cierto. Cantando compartes lo que amas y te enfrentas a lo que te incomoda. Conjuras los demonios y conviertes sueños en modestas realidades.
Yo canto por el gusto de cantar. Cantar me da placer. Por eso, para mí, tener el oficio de cantar es un privilegio.Aparte, siempre te dan mesa en los restaurantes.
Estoy seguro de que, por encima de todos los considerandos que se enumeran, esta distinción es el fruto de algo tan simple y preciado como el cariño.
Así lo entiendo y lo agradezco.Si para algo vale la pena vivir es para querer y ser querido. Es lo que mueve mis pasos.Probablemente, a lo largo de mi vida no haya hecho otra cosa que lo que estoy tratando de hacer ahora mismo: que me quieran mis amigos. Y tener cada vez más.
Que es la única acumulación que merece la pena en la vida y por la que no se pagan impuestos.
Muchas gracias.
Joan Manuel Serrat
[Universidad Complutense 15 Marzo 2006]
06 agosto 2007
01 agosto 2007
Izquierda, violencia y política
La izquierda en Chile, particularmente con la experiencia de la dictadura, ha sido uno de los sectores más firmemente resueltos por la defensa de los Derechos Humanos. El Terrorismo de Estado vivido fue asumido desde esta sensibilidad como una expansión del énfasis de la crítica a la explotación económica
de las sociedades capitalistas hacia otros ámbitos de las relaciones de dominación, como las de género, étnicas, de edad, entre otras. La crítica, no obstante, no siempre ha sido igualmente enfática hacia el recurso a la violencia, si por ésta entendemos el uso de la fuerza extradiscursiva para imponer la voluntad propia a un otro a pesar de su resistencia. Más aún cuando este uso de la fuerza es amplificada con instrumental técnico, como el armamento, en cualquiera de sus niveles. No se trata de desconocer la existencia de la violencia en la sociedad –es un hecho que ella existe-, sino de tomar distancia hacia la opción y promoción de hacer política desde ella. De hecho me parece que política y violencia se excluyen mutuamente, al menos desde un horizonte de izquierdas, radicalmente democrático.
El uso de la violencia asume una lógica de amigo/enemigo que rápidamente se encamina hacia la aniquilación del otro: vencer y no con-vencer. Crea la ilusión –por el efímero éxito que logra a través de la imposición- que ha resuelto los objetivos que se perseguían, generando solo las condiciones de posibilidad de una resistencia aun mayor, legítima por lo demás ante la arbitrariedad del uso de la fuerza tecnificada. Es cosa de ver lo que ocurre en Irak, pero también los fracasos –multicausales, por cierto- de las revoluciones que desde la izquierda se han realizado cuando éstas se han basado, como elemento determinante, en la lucha armada.
Paradójicamente se suele asociar al uso de la violencia de izquierdas al triunfo de la Revolución Cubana en 1959, no obstante ella constituyó fundamentalmente un gran movimiento de masas, en la ciudad, el campo y la sierra, que fue deslegitimando progresivamente a la dictadura de Batista, conquistando con ello mayorías, por lo cual el enfrentamiento propiamente armado fue bastante acotado. La derrota del asalto al Cuartel Moncada varios años antes es indicador que el camino a la liberación no era el uso de la violencia de parte de un grupo minoritario, por muy justa que haya sido su causa. La transformación social duradera siempre pasa por el trabajo con las mayorías, que en el caso cubano se cristalizó en torno a Fidel como líder no de un grupo separado de la sociedad, sino como representante de la ciudadanía toda.
El propio fracaso de la dictadura de Pinochet –en cuanto régimen de terror distinto a la democracia actual, que pudiendo compartir el modelo económico no basa su poderío en el uso del Terrorismo de Estado-, podemos entenderlo como la falta de legitimación alcanzada a su proceder. Esto es, que en tanto gobierno dictatorial no logró conquistar a las mayorías para perpetuarse ad infinitum.
Así, con todo el cariño, admiración y reconocimiento que se le debe tener a los jóvenes que integraron el Frente Patriótico Manuel Rodríguez que luchó resueltamente contra la dictadura, creo que el PCCH erró el diseño de la política de recuperación de una democracia avanzada y de corte popular al profesionalizar en una organización burocrática el uso de la violencia. No obstante esta crítica, ello no justifica en nada la exclusión de este Partido en la transición a la democracia. Distinto fue el caso mientras el uso de "todas las formas de lucha" era promovida como parte de la autodefensa de masas ante la ferocidad de la represión pinochetista.
El terreno de una política de izquierda es la democrático popular, en el sentido de la constrcción de un “pueblo” –diverso y plural- desde la cultura, la reflexión, la práctica crítica, el ejemplo ético de sus dirigentes, la organización dinámica, la política de alianzas flexible, la politización de cualquier relación social de subordinación y dominación, abriendo la emancipación a terrenos cada vez más amplios. No tiene relación con la violencia. Ésta solo alcanza un nivel performativo efectista, sin mayorías que la sustenten, sin haber realizado procesos más profundos de transformación en acto de nuestro modo de relacionarnos. Generalmente está a cargo de los más valientes, que suelen ser los menos, por lo tanto de grupos pequeños, de los cuales pueden salir ejemplos maravillosos como Raúl Pellegrín, pero también los Osvaldo Romo y los Fanta. Generalmente el fascismo se infiltra en la izquierda a través de los más “osados”, que obnubilan, hacen suspender el juicio reflexivo a los demás, y van subiendo puestos en las burocracias partidistas o sindicales, hasta que asestan el golpe.
Frente al cerco comunicacional, que históricamente ha existido para las luchas emancipatorias –ya sea a través de la censura directa o de la farandulización de todo a través del industria del espectáculo- cabe generar, abrir canales propios de comunicación, en distintos niveles, como lo hizo don Reca y los anarquistas a principios de siglo con sus diarios obreros, así como hoy ocurre con la Señal 3 de La Victoria o del Barrio Yungay, las radios comunitarias, el uso profuso de Internet, el puerta a puerta, la columna crítica en los medios convencionales, el trabajo directo formativo con los pingüinos y universitarios, con las bases cristiano católicas, evangélicas, luteranas en las poblaciones, el arte, el debate, el trabajo voluntario. Hegemonía, articulación transversal, coordinación.
Convocar, convencer, unir, actuar. Aunque suene imposible, la posibilidad de la izquierda está en la fuerza que abre mundos del amor, del compromiso y la fuerza de atracción de los principios materializados en vidas concretas. Nunca en la violencia. Ella siempre justificará mayor represión, espantará a las personas, confundirá con sus éxitos efímeros, tendrá un efecto boomerang que destruirá lo que tanto trabajo y pequeños heroísmos cotianos ha costado construir.
de las sociedades capitalistas hacia otros ámbitos de las relaciones de dominación, como las de género, étnicas, de edad, entre otras. La crítica, no obstante, no siempre ha sido igualmente enfática hacia el recurso a la violencia, si por ésta entendemos el uso de la fuerza extradiscursiva para imponer la voluntad propia a un otro a pesar de su resistencia. Más aún cuando este uso de la fuerza es amplificada con instrumental técnico, como el armamento, en cualquiera de sus niveles. No se trata de desconocer la existencia de la violencia en la sociedad –es un hecho que ella existe-, sino de tomar distancia hacia la opción y promoción de hacer política desde ella. De hecho me parece que política y violencia se excluyen mutuamente, al menos desde un horizonte de izquierdas, radicalmente democrático.
El uso de la violencia asume una lógica de amigo/enemigo que rápidamente se encamina hacia la aniquilación del otro: vencer y no con-vencer. Crea la ilusión –por el efímero éxito que logra a través de la imposición- que ha resuelto los objetivos que se perseguían, generando solo las condiciones de posibilidad de una resistencia aun mayor, legítima por lo demás ante la arbitrariedad del uso de la fuerza tecnificada. Es cosa de ver lo que ocurre en Irak, pero también los fracasos –multicausales, por cierto- de las revoluciones que desde la izquierda se han realizado cuando éstas se han basado, como elemento determinante, en la lucha armada.
Paradójicamente se suele asociar al uso de la violencia de izquierdas al triunfo de la Revolución Cubana en 1959, no obstante ella constituyó fundamentalmente un gran movimiento de masas, en la ciudad, el campo y la sierra, que fue deslegitimando progresivamente a la dictadura de Batista, conquistando con ello mayorías, por lo cual el enfrentamiento propiamente armado fue bastante acotado. La derrota del asalto al Cuartel Moncada varios años antes es indicador que el camino a la liberación no era el uso de la violencia de parte de un grupo minoritario, por muy justa que haya sido su causa. La transformación social duradera siempre pasa por el trabajo con las mayorías, que en el caso cubano se cristalizó en torno a Fidel como líder no de un grupo separado de la sociedad, sino como representante de la ciudadanía toda.
El propio fracaso de la dictadura de Pinochet –en cuanto régimen de terror distinto a la democracia actual, que pudiendo compartir el modelo económico no basa su poderío en el uso del Terrorismo de Estado-, podemos entenderlo como la falta de legitimación alcanzada a su proceder. Esto es, que en tanto gobierno dictatorial no logró conquistar a las mayorías para perpetuarse ad infinitum.
Así, con todo el cariño, admiración y reconocimiento que se le debe tener a los jóvenes que integraron el Frente Patriótico Manuel Rodríguez que luchó resueltamente contra la dictadura, creo que el PCCH erró el diseño de la política de recuperación de una democracia avanzada y de corte popular al profesionalizar en una organización burocrática el uso de la violencia. No obstante esta crítica, ello no justifica en nada la exclusión de este Partido en la transición a la democracia. Distinto fue el caso mientras el uso de "todas las formas de lucha" era promovida como parte de la autodefensa de masas ante la ferocidad de la represión pinochetista.
El terreno de una política de izquierda es la democrático popular, en el sentido de la constrcción de un “pueblo” –diverso y plural- desde la cultura, la reflexión, la práctica crítica, el ejemplo ético de sus dirigentes, la organización dinámica, la política de alianzas flexible, la politización de cualquier relación social de subordinación y dominación, abriendo la emancipación a terrenos cada vez más amplios. No tiene relación con la violencia. Ésta solo alcanza un nivel performativo efectista, sin mayorías que la sustenten, sin haber realizado procesos más profundos de transformación en acto de nuestro modo de relacionarnos. Generalmente está a cargo de los más valientes, que suelen ser los menos, por lo tanto de grupos pequeños, de los cuales pueden salir ejemplos maravillosos como Raúl Pellegrín, pero también los Osvaldo Romo y los Fanta. Generalmente el fascismo se infiltra en la izquierda a través de los más “osados”, que obnubilan, hacen suspender el juicio reflexivo a los demás, y van subiendo puestos en las burocracias partidistas o sindicales, hasta que asestan el golpe.
Frente al cerco comunicacional, que históricamente ha existido para las luchas emancipatorias –ya sea a través de la censura directa o de la farandulización de todo a través del industria del espectáculo- cabe generar, abrir canales propios de comunicación, en distintos niveles, como lo hizo don Reca y los anarquistas a principios de siglo con sus diarios obreros, así como hoy ocurre con la Señal 3 de La Victoria o del Barrio Yungay, las radios comunitarias, el uso profuso de Internet, el puerta a puerta, la columna crítica en los medios convencionales, el trabajo directo formativo con los pingüinos y universitarios, con las bases cristiano católicas, evangélicas, luteranas en las poblaciones, el arte, el debate, el trabajo voluntario. Hegemonía, articulación transversal, coordinación.
Convocar, convencer, unir, actuar. Aunque suene imposible, la posibilidad de la izquierda está en la fuerza que abre mundos del amor, del compromiso y la fuerza de atracción de los principios materializados en vidas concretas. Nunca en la violencia. Ella siempre justificará mayor represión, espantará a las personas, confundirá con sus éxitos efímeros, tendrá un efecto boomerang que destruirá lo que tanto trabajo y pequeños heroísmos cotianos ha costado construir.
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