07 marzo 2006

MI PADRE RESISTE: La vida subterránea


El siguiente es un testimonio que escribió papá estando en el exilio, probablemente en 1980 en Hungría, y que trata sobre la vida en clandestinidad que le tocó afrontar a los y las luchadores sociales que se opusieron a la dictadura militar de Pinochet y la derecha chilena, entre los años 1973 y 1976, "periodo de oro" de la DINA, la SICAR, la DIFA, el Comando Conjunto, y demás grupos represivos. Sin embargo, a pesar del peligro que corrían las vidas de estos jovenes de entre 24 y 30 años, lograron componer el tejido social de resistencia que sentó las bases para lo que en los años ochenta serían las protestas masivas por la democracia. Este escrito es un sencillo homenaje a todas esas mujeres, hombres y niños que se jugaron el pellejo en toda América del Sur en contra de la barbarie. El amor sí es más fuerte.

Manuel Guerrero Antequera.
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La vida subterránea

La situación que empezamos a vivir después del golpe fascista fue enteramente nueva y diversa. Como tantos hombres y mujeres debimos vivir agazapados. Dentro de la anormalidad. Seguimos adelante, pues la vida continuaba. Se hizo habitual en nosotros el estado de alerta y la posibilidad de arresto y asesinato fue enfrentada, no con fatalismo ni inexorabilidad, pero si con realismo. Con mi compañera nos acostumbramos a vernos poco y pasar largos períodos separados. Siempre el reencuentro fue una luna de miel.

El 16 de octubre de 1974, le escribí esta carta, que llamé carta de amor a los 400 días:

"Este día siento la necesidad de comunicarme contigo. ¿Por qué? Bueno y por qué no, cuando eres parte de mi vida. Conversar me es tan natural como respirar y también tan necesario.

Si es así, entonces, por qué escribir y no hablar. Será, creo, porque no siempre el tiempo es largo y mirarte, tocarte y acariciarte expresa las ideas y los sentimientos de otra manera. Igualmente bella y necesaria. Será también, porque el hombre - al menos a mi me sucede - acumula, simplifica y desarrolla sentires por largos períodos, que no obstante ser expresados, de una u otra forma, a diario, son igual que un volcán que busca su curso.

Además, ha de ser por los tiempos que vivimos donde, por la dureza y lo terrible de la existencia, a punta de golpes, dolores, tensiones, lágrimas y pesares, cada cual se va modelando más en relación con lo más propio y auténtico, despojándose de los flecos que forman los prejuicios, deformaciones y mitos que cual pesada costra muchas veces cubren e incluso asfixian lo más simple y esencial.

Es que cuando el tiempo no es un transcurrir, sino una conquista, cuando la vida es casi siamesa con la muerte, cuando no sólo nos esforzamos por permanecer sino por vencer, qué más puede quedar.

Ya lo nuestro no sólo es un grito al aire, una bandera en ristre, un alegato fervoroso. Es la lucha por la vida misma. Y así, en que nos acercamos, a cada instante, al extremo del riesgo, y nos mostramos, tal cual somos ante el espejo de la historia, cómo no estrecharnos, unirnos, fundirnos, amarnos intensamente.
Por eso te escribo, simplemente para decirte lo que siento, qué pienso y estar contigo, apoyarte, estimularte y agradecerte por lo que eres y como eres.
Pude hacerlo ayer o mañana, pero lo hago hoy, en que por coincidencia no buscada se cumplen 400 días. Sí, han sido 400 días de congoja y dramatismo. Han sido 9600 horas de incertidumbre, angustia y encuentro de cada uno con el presente y pasado, con lo que se es y lo que se ha sido. No digo de soledad, porque no estamos solos, aunque cada individuo tenga que hacer lo suyo. Es tan cierto esto, que de manera fluida y diáfana surgen los rostros y las manos fraternas de los amigos que vivos o muertos están aquí, junto y dentro de uno. Y en esta búsqueda espontánea de lo que fue, ¡cuántas veces he vuelto a recorrer contigo ese camino largo de la solidaridad que nos estrechó, con gusto a juventud, pasión y ajos!.

Es increíble como se nos meten en el recuerdo y se enraízan las imágenes queridas, que permanecen silenciosas e incluso casi avergonzadas. Tengo así, tu risa primera, el brillo de tus ojos que me encandilaban, y encandilan, ese día nublado y lluvioso del 1 de Mayo del sesenta y nueve, las caminatas sin rumbo en busca de la noche y el silencio, las palabras garrapateadas entre sesión y sesión del congreso aquel.
Entremezcladas con estas evocaciones, surgen las de mi infancia en el hogar proletario, la búsqueda incesante y esquiva del pan cotidiano el esfuerzo de mi padre y madre por conformar un hogar auténtico donde se valore más lo que se es que lo que se tiene. Me alegro de encontrar un hilo conductor nítido que une mis vivencias.

En este camino continuo estas tú. Nos encontramos. Quizás por eso nuestro amor fluyó y se amalgamó con prontitud y rapidez. No hubo apresuramiento o atropello, existió entendimiento y confianza. En el tiempo aspiro a no defraudarte y me esfuerzo por corresponder a tu amor.

Cualquiera que sea nuestro desenlace individual en la actual situación debemos estar juntos, amándonos por lo que hemos constituido junto a nuestro querido hijo. Nada debe hacernos alterar, ni un milímetro el respeto y admiración que nos tenemos, justamente por lo que somos. Si renegáramos o traicionáramos a ello, faltamos a la misma fuente y origen de nuestro amor. Esto es lo que alguna gente no entiende y yo no logré que se entendiera, comprendiera y amara por parte de la muchacha que conocí antes de ti. Por eso éramos y seguíamos siendo desconocidos. Esto no son dos cosas, sino una sola.

Nuestro amor no languidece sino que se renueva, crece y multiplica. Cada encuentro es uno nuevo. Discúlpame, que lo exprese con las palabras de Julius Fucik: ‘La lucha las continuas separaciones, han hecho de nosotros eternos amantes, que no una sino cien veces, viven los momentos fervientes de las primeras caricias, de los primeros conocimientos. Y sin embargo, nuestro corazón late siempre al unísono, no somos más que uno en las horas de dicha o de angustia, de excitación o de pena’.

Por eso es que también poseemos la esperanza y la alegría. No convivimos o cohabitamos como tantos, sino que efectivamente vivimos. Si hemos intentado, al menos empaparnos o prolongarnos más allá de la simple subsistencia y cada día, vivimos intensamente, con plenitud, cuán bella es nuestra vida. Por tristes que sean las horas actuales.

Por cierto, que por esto mismo es que amamos la vida, pero no tenemos un terror o pánico a la muerte. No somos fatalistas ni adoradores de la muerte, pero si efectivamente se ha vivido, amado y luchado, si ella se presenta no reaccionaremos con maldiciones a lo que hemos sido, sino que la enfrentaremos con tranquilidad y decisión, peleándola hasta el último.

Aspiro y me esfuerzo por estar en esos tiempos mejores que vendrán. Son tantas cosas que desearía en tal caso hacer. Pero la primera más querida, amén de los grandes objetivos sociales, es simplemente llevar una vida normal y tranquila.
Poder compartir más directamente cada instante contigo, amarte cuando se desee, acariciarte y conversar, discutir, ver, reír, hablar, emocionarnos y llorar. Ya podremos caminar, correr o pasear como antes. Mientras tanto sigamos haciendo lo que es posible por lograr el máximo de esto, dentro de la locura e irracionalidad imperante.

Y, por último, nuestro amor y su belleza. ¿Sabes que eres hermosa? Creo que sí lo sabes. Pero de todas formas te lo reitero: me gustas con todo lo que posees y expresas. Me gustas como mujer, bien mujer. Tus besos, palabras, caricias, tu aroma. Por si no te has dado cuenta, me gustas , te quiero, te amo.
¿Algo más? Sí. Nunca te sientas sola, aunque debes estar en casa sola. Sé que todo esto no te es fácil, para nadie lo es. Por eso quiero felicitarte por tu entereza y coraje. Por todo lo que me ayudas en cada instante.

Sin ti, para mi sería muy difícil hacer lo que, aunque no siempre sea mucho, realizo.
De nuestro amado hijo, bien sabes lo que significa para ambos, del orgullo que sentimos por él. Es parte de ambos, ojalá que sea mejor que ambos.
Nuevamente, te amo y si no te escribo más seguido, bueno tú lo sabes, pero siempre estoy y estaré contigo".

La vida en la lucha clandestina es dura, áspera, sacrificada. Como nunca se debe actuar con resolución v autonomía. Teniendo la orientación principal clara caminamos por senderos desconocidos. Cada aprendizaje cuesta, incluso vidas humanas. Si en el pasado la vorágine de la lucha y el amor nos consumió días y noches, dormíamos poco, circulábamos sin parar, ahora el reposo y el cuidado en la labor política era permanente.

Los encuentros con otros camaradas eran esporádicos y breves, por lo que había que tomar resoluciones, buscar métodos y formas adecuadas, organizar la existencia, muchas veces prácticamente solo.

Las noticias de detenciones y asesinatos nos golpeaban y herían, recordábamos a los compañeros con cariño y emoción. Muchas lágrimas derramadas en silencio, pero la exigencia de continuar combatiendo hacía más patético cada golpe. No era insensibilidad, sino endurecimiento. Así se mostraba la realidad brutal en que vivíamos. Antes cuando nos enterábamos de la detención o apaleo de alguien en la huelga o el desfile la conmoción era total, ahora la muerte rondaba y, siendo angustiosa, la esfumábamos con acción y rigurosidad en el trabajo. La pregunta siempre daba vueltas en nuestras cabezas, a mí cuando me tocará, qué me harán, viviré o se acabó no más. Afrontamos la posibilidad infinitas veces y estuvimos una y otra vez, prediciendo nuevas medidas para luchar sin ser detectado y detenido. Cuando en una ocasión supe que habían preguntado por mí a un preso me estremecí y sentí ese frió profundo, que después volvería ante cada riesgo extremo. Porque a pesar de las medidas de trabajo clandestino que uno pudiera tomar, también cometíamos errores, muchas veces graves y el riesgo era constante. Las ocasiones de tensión ponían a prueba los nervios y el ánimo...

Caminaba por Bellavista en dirección a Pío Nono. Serían las cuatro o cinco de la tarde. Bajo el brazo, al medio de un diario doblado, llevaba una reciente declaración del Partido. Doblé por Pío Nono hacia Alameda y me encontré frente a una patrulla militar que pedía identificación, revisaba papeles y bolsillos de los transeúntes. La garganta se me apretó, el corazón dio un brinco y las manos transpiraron. Si retrocedo o cruzo igual me pararán y llamo más su atención - pensé.

Con resolución avancé.

- “¡Alto!”-

El grito me hizo estremecer.

Me detuve.

- “Su identificación” -.
Cambié el diario de mano, apretándolo con fuerza. Saqué el carné y se lo extendí. Lo miró atentamente.
- “¿Dónde trabaja?” -.
- “En una escuela” -.

Me observó, dio vuelta el carné y vio la dirección, me la preguntó.
Dudé varios segundos, me costaba recordarla, finalmente lo hice y se la dije.

- “Separe los brazos” -.

Con el diario en la mano derecha levanté los brazos.

Torpemente sus manos iban chequeando el cuerpo.

Me angustiaba sólo pensar que me quitara el diario y lo abriera, cuando expresó, "Está bien, siga no más". Con paso presuroso, que trataba de ocultar el nerviosismo, me fui hacia la Alameda. Reprimí el deseo de correr hasta perderme de su vista.

Al salir de esa angustiosa situación, me dolía todo el cuerpo, el cansancio era enorme, como si hubiese hecho el mayor esfuerzo físico. Di varias vueltas, cambié de locomoción y me fui a casa, el agotamiento me dio sueño y echado en la cama pensé que me había salvado.

El peligro me rodeaba y solo la actividad cotidiana lo alejaba de la primera atención. El heroísmo de las mujeres, trabajadoras y jóvenes, empequeñecía cualquier sacrificio que uno tuviera que sobrellevar. Ante todo el acoso policial, las casas generosas del pueblo se abrían y en la humildad de los comedores y cocinas había sólo calor, fraternidad y camaradería. Daban refugio a pesar del claro peligro que encerraba para sus vidas guarecer a un perseguido político. En esos hogares proletarios aprendí cada día una nueva lección.

Las disculpas, innecesarias y que turbaban, surgían en cada ocasión en que no había pan, té o un plato de comida que ofrecer. Entre avergonzados y cohibidos decían: "Disculpe compañero, pero no tenemos que ofrecerle, la plata escasea y no hemos podido conseguir ni un peso".

El invierno duro y gélido atizaba las necesidades insatisfechas. La miseria se hacía más patética. En una casa de una población santiaguina hicimos una reunión y debimos llegar de madrugada. Dentro hacía tanto o más frió que a la intemperie. Arrebozada en una frazadas, la compañera nos estaba esperando. En un brasero de lata, viejo y destartalado, ardían algunas tablas de cajón de tomates, humeando el ambiente. La tetera hervía, expulsando un chorro de vapor por su pico curvo, cual cachimba de viejo marino, descubridor de alturas y tierras.

Como en otros lugares, silenciosa, dulce y sencilla, la compañera nos estrechó la mano con calor maternal y nos abrazó con sabor a añoranza de su hijo ausente, recordado con lágrimas y sonrisas, esperado con ansiedad, tantas veces infructuosamente porque a lo mejor no volvería más, lo atrapó la muerte o lo tragó la quina infernal de la represión. Nos ofreció asiento en una banca; ella se sentó en el borde de la cama. Miré la habitación, era sumamente pobre pero de gran limpieza.

- “¿Cómo va la cosa compañero, cuando nos sacudimos de estos canallas?” - consultó.
Empezamos a referirle los avances de la unidad de los antifascistas y relatamos simples hechos de oposición que graficaban la resistencia del pueblo. Le pareció buena la pelea que había que dar por la organización de la gente. Contó que en su Centro de Madres hacían artesanías y mantenían con otros organismos sociales un comedor infantil que daba comida a ochenta niños .

- “Yo participo en la comisión de recolección -dijo-, y los feriantes, incluso los boliches del barrio que son reapretados nos dan alimentos una vez por semana. Con la platita de las arpilleras nosotros también aportamos y los cabros del centro cultural han hecho bailes y malones para juntar más cosas. Entre todos tratamos de sostener al comedor, porque allí comen los niños, pero es harto difícil mantenerlo”.

- “Puchas que soy, compañeros; con el frío que hace no les he ofrecido algo calientito, aunque quiero que me disculpen porque no tengo té ni pan, así que solo les ofrezco una agüita de hierba”.

- “No hay por qué decir nada, compañera, nosotros estamos en las mismas”.
Hicimos asomo de ofrecerle algunos pesos, de los escasos que teníamos, pero rechazó molesta el ofrecimiento.

- “No faltaba más, vienen a mi casa y quieren darme plata. No, compañeros, guárdenla para sus necesidades que son mayores que las mías”.

Dicho esto sirvió el agua de hierba. Con el cal de la taza calentamos las manos. Afuera el polvillo blanquecino de la helada y la escarcha mostraba el frió reinante.
En esa casa de tablas, muchas veces, en distintos encuentros, se fue tejiendo parte de la actividad juvenil de resistencia y combate a la dictadura. El olor a menta de la taza de agua caliente, parecía que nos ligaba más a la tierra agraria. Allí había presencia del sur, de los bosques y lagos, de los valles y llanos precordilleranos.
Las bandas de hampones de la DINA, se desesperaban por encontrar el camino parar golpearnos. Deseaban borrar de la faz de Chile al Partido, a todos los comunistas y demócratas, pero nosotros estábamos enraizados en el pueblo, por eso habían manos que se extendían, hogares para los buscados, dineros, aunque siempre poco, para los volantes y periódicos.

Los pueblos se enorgullecen de sus mujeres. Nosotros hacemos otro tanto de las nuestras. En las labores más riesgosas siempre había una compañera dispuesta a enfrentar el peligro; y cuando la represión golpeaba deteniendo y secuestrando, las mujeres removían, escarbaban, exigían, buscaban a sus seres queridos. Soportaban humillaciones y vejámenes, pero mantenían su dignidad y altivez. Los sucios y cobardes eran los que las agredían.

A una compañera, joven, buenamoza, valiente, la arrestaron por organizar a la juventud en su sector. En su población las organizaciones juveniles se habían reconstituido y la actividad de los jóvenes se dirigía al impulso de la solidaridad con los presos y cesantes. Cada vez con más energía exigían solución a sus múltiples problemas. Esta muchacha era el candil y estandarte que lograba concitar la participación de todos los jóvenes.

Una madrugada, irrumpieron en su casa, destrozando la puerta. En camisa de dormir la sacaron, con golpes y groserías. Fue torturada implacablemente, exigiéndole el contacto con su organización. A cada golpe y pregunta respondió: “No sé nada”. La desnudaron. Tenía los ojos vendados y las manos amarradas. Cada torturador la golpeó, de preferencia en el estómago y los senos. Mantuvo la respuesta: “No sé nada”.. Quemaron su cuerpo con cigarrillos una y otra vez. Entre llanto y maldiciones, repetía la misma respuesta. La dejaron tirada en un calabozo y más tarde fue sacada a la rastra y otra vez la interrogaron, golpeándola cada vez más. Le arrancaron mechones de pelo con las manos. Quisieron quebrar su fuerza humillándola, por lo que cada guardia la manoseó. Después la violaron.

Estuvo meses en prisión y, no obstante todo lo vivido, mantuvo su orgullo de clase y el desprecio a los miserables. Los presos la distinguían con atenciones cariño. La trataban con respeto y todos la admiraban. En cuanto se repuso atendía a los recién llegados, propuso la organización de los presos, distribuía equitativamente las comidas y confeccionó una lista de fechas de cumpleaños de cada uno, para que en cada ocasión ser la primera en cantar y entregar una tarjeta o un regalo al festejado.

En las mazmorras floreció esta rosa juvenil para alegrar el espíritu, acerar las conciencias y alentar la lucha.

Un día recuperó la libertad, volvió a su población y organizó a sus compañeros y amigos para atender a los presos. Volvió a la misma prisión en que ella estuvo, ahora de visita, muchas veces llevando kilos de lana, monedas antiguas, cordones plásticos y otros materiales para que los presos acrecentaran su artesanía. A pesar de todo lo vivido asumió de por sí esta tarea y no temió visitar la cárcel, para llevarles el pan y la esperanza a sus camaradas.

Cada experiencia y hecho conocido mostraba el heroísmo del pueblo. También su generosidad, solidaridad, conciencia. El terror era superado por la lucha y el odio contra los causantes del dolor y la miseria.

En el tiempo ya se empezaban a ver los frutos del trabajo. Lo que al comienzo parecía distante y difícil, ya cuajaba. Eso se apreciaba en el propio ritmo de la actividad política que crecía, exigiendo más atención y tiempo.
La cuesta del aprendizaje iba siendo superada.

Funcionaba plenamente la organización juvenil comunista en la clandestinidad. La doble tarea que pesaba sobre los militantes era asimilada. Constituíamos una organización ilegal y de vida de cara y con las masas.

La madurez y conciencia política de los jóvenes se manifestaba en la comprensión de las tareas principales, el desarrollo de la organización, unidad y lucha de la juventud, impidiendo la manipulación fascista, que hacía esfuerzos por presentarse con rostro joven.

Los jóvenes comunistas no vivían para sí, se protegían para continuar presentes en la lucha de los jóvenes en defensa de sus derechos, que iban siendo arrasados uno a uno por los tiranos.

La creación permitía superar la carencia de medios y burlar la continua pesquisa de los agentes de la DINA. Con rollos de papel engomados se hacían estampillas que contenían consignas estampadas con timbres de corcho o tacos de goma. Los volantes aparecían en los más diversos lugares, sin que se supiera quien los hizo y cómo los lanzó.

Cada tarea era una prueba de valentía, donde la vida estaba en riesgo.

En Ahumada con Moneda, pleno corazón de Santiago, la lluvia de volantes cayó desde el cielo. Eran miles, dando la sensación que se recibía una personalidad ilustre o se realizaba un carnaval. Las gentes que raudas caminaban por esa arteria miraron con sorpresa esa imagen ya difusa en sus mentes. Pensaron: debe ser el lanzamiento de un nuevo producto al que hacen propaganda. Los volantes llevados por el viento se dispersaron por las calles cercanas. Algunas personas recogieron unos pocos, pero los soltaron de inmediato, como si les quemasen las manos, mirando con nerviosismo a todas partes. En las veredas y sobre los automóviles quedaron los panfletos que decían: ¡Viva Chile! ¡Muera la Junta! ¡Unidad Antifascista!.

A los pocos minutos vehículos policiales y civiles estruendosamente cercaron el sector. Decenas de personas fueron registradas y detenidas. Por las escaleras y ascensores de los edificios a la carrera los policías subían a los pisos superiores y terrazas, comunicándose entre sí con modernos equipos de radio portátiles. En un edificio muy alto lo que encontraron fue una tabla y un tarro vacío, que en el fondo tenía un pequeño orificio por donde se había escurrido el agua, permitiendo que el paquete de volantes cayera, cuando sus gestores se encontraban ya muy distantes y perdidos para ser encontrados.

En la Universidad Técnica otro tanto había ocurrido durante una visita de Pinochet, que protegido por decenas de matones fue a dictar una "clase magistral".
Pinochet paseaba por los pasillos y aulas, tomando un aire académico, cuando desde una pasarela, sobre su misma cabeza cayeron una gran cantidad de volantes. El dictador supuso que eran de recibimiento, para luego con indisimulada ira comprobar que decían: "¡Fuera el tirano de la Universidad! ¡Libertad para los Universitarios presos!".

La multiplicidad de expresiones de la lucha contra la dictadura era enorme.

Durante mil novecientos setenta y cuatro en las paredes de Santiago, habían manchas rojas, que parecían sangre. En diversos sitios estaba esa mancha, impresionante y sobrecogedora. Ella reflejaba el dolor, el sufrimiento, el derramamiento de sangre que la dictadura desencadenaba. Los jóvenes con pequeñas botellas y ampolletas llenas de pintura roja, en el silencio nocturno recorrían las calles y las lanzaban contra los muros blanqueados.

Para el aniversario de la traición, el 11 de septiembre, las mujeres vestían luto y en romerías concurrían a los cementerios donde cubrían con flores las tumbas de sus hijos y esposos, de todos los luchadores por la libertad.

En las poblaciones, ríos y caminos, en los lugares donde la metralla asesina sembró de angustia y dolor a las familias chilenas, aparecían flores hermosas cubiertas de rocío y lágrimas del pueblo. Siempre había tiempo para el recuerdo y homenaje. Muchos fueron los que en muda congoja hicieron un compromiso de no parar la lucha hasta que los verdugos fueran castigados.

En postes de alumbrado público y lugares visibles aparecían crespones negros y en todos los sitios se guardaban minutos de silencio por los caídos.

Más tarde conocí cómo en los campos de concentración, bajo la propia vigilancia de los fascistas, se hacía igual. En el campo de concentración de Tres Alámos, en Santiago, un 11 de septiembre, a la hora de almuerzo, un compañero se paró y dijo:
"Hoy, 11 de septiembre, es un día de dolor para nuestra tierra. Nosotros prisioneros políticos, que hemos vivido directamente la represión y la tortura, hacemos un alto para recordar a nuestros héroes y compañeros desaparecidos. Guardemos un momento de silencio y recogimiento para expresar que están con nosotros y que los recordamos con admiración. Tenemos pleno convencimiento que en un futuro próximo sus rostros presidirán los actos y fiestas del pueblo."

En Puchuncaví - el campo de concentración ubicado en la provincia de Valparaíso-, durante la formación matinal, un compañero, ante el estupor de los guardias dio un paso al frente, señalando:

"Guardemos un minuto de silencio por todos los hijos del pueblo que han caído en un día como hoy, los recordamos con emoción y admiración."

Supe después que ese compañero había recibido como castigo un traslado a otro campo de concentración.

Más tarde esas iniciativas devinieron en la popularización de una R encerrada en un círculo, que significaba RESISTENCIA, y que aparecía en buses, edificios, escuelas y fábricas. Ya no era sólo la denuncia, sino que se había incorporado la lucha por resistir, porque resistir era oponerse, manifestar rechazo y sobre todo combatir.
Durante largos meses viví de allegado en diversas casas. Sólo sabía de mi familia por llamados telefónicos indirectos. Los problemas económicos aumentaban. Con poca plata, pero mucha imaginación y paciencia los fuimos superando.

Saltar de una casa en otra, adaptarse con familias de diversos caracteres, quebrar la intimidad familiar de muchos hogares y la añoranza de la familia propia, eran escollos complejos.

En estos períodos tuve tiempo para leer, estudiar y meditar. Descubrí que en varios aspectos me faltaba mayor rigor, debía profundizar en el conocimiento de mi ideología, superar cualquier manifestación de superficialidad.

Durante esas horas solitarias en casa o en las extensas caminatas, escarbé en mi vida, busqué enriquecer mi existencia interior, no con un afán individualista, sino que como exigencia del desarrollo personal, en relación con los deberes colectivos. En el conocimiento de variadas personas comprobé que existían innumerables valores en otras personas que no siempre los descubrimos y que, a veces, nos guiamos por su caparazón sin ver su fuerza vital, su valor auténtico.

En este peregrinar de casa en casa encontramos gente magnífica que ponía en primer lugar sus deberes patrióticos y revolucionarios, y aunque, como era natural, tenían preocupación por la seguridad de sus familias y en especial de sus hijos pequeños, igual se ex ponían. En innumerables lugares nos daban refugio y comida, e incluso, no pocas veces, dinero para la micro y de todas formas repetían la pregunta:

- “¿Cuando me van a dar una peguita, compañero?”-.

Cerca del fin de año, en uno de estos hogares los dueños de casa nos invitaron a otro compañero y a mí, que la frecuentábamos, a visitarlos “de civil”, vale decir sin función política. Así lo hicimos. Llegamos a la vivienda alrededor de las veinte horas. Al traspasar el umbral de ese hogar lo encontramos transformado. Estaba condicionado para una fiesta. Nos miramos con el otro compañero con extrañeza, pensando en la violación de alguna norma del trabajo conspirativo. El dueño de casa con su esposa e hijos estaban muy elegantes, nos hicieron tomar asiento e hicieron aparecer regalos para cada uno. Sin solemnidad nos dijeron:

- “Esta fiesta es para ustedes compañeros, para sus familias y nuestra causa”.

Nos sentamos a cenar y nos regalaron todo su calor, apoyo y camaradería infinita. Brindamos por la lucha y la libertad, por nuestras familias ausentes, que ellos deseaban suplir aunque fuese con limitación. Permanecimos sólo algunas deliciosas horas con esta familia, pero salimos con un entusiasmo y emoción que se extendió por semanas.

En los encuentros esporádicos con mi compañera revivimos los primeros tiempos, y a hurtadillas, escondidos y en los lugares más inverosímiles, hallamos refugio para el amor y la ternura. En ocasiones se incorporaba nuestro hijo que no podía evitar el llanto en las separaciones.

Por períodos creamos condiciones para vivir los tres y juntos enfrentamos las pellejerías cotidianas. Como el sueldo de profesor era insuficiente, en las noches hasta la una o dos de la madrugada, muchas veces alumbrados por débiles velas, aumentábamos el ingreso familiar corrigiendo pruebas de imprenta de libros. Uno leía el original y el otro seguía atentamente la prueba, rectificando cada error. Por nuestras manos pasaron las más variadas y extrañas publicaciones, desde libros de química hasta uno que se trataba de la presencia del demonio en la vida de los hombres. Este trabajo duro y agotador nos incorporó más al mundo de los libros, las letras y la imprenta, que desde pequeño me apasionaba, cuando con mis hermanos concurríamos a una pequeña imprenta que mi padre adquirió y que servía para publicar un periódico llamado "La Nueva Comuna" en San Miguel, que nosotros mismos voceábamos por las calles polvorientas de esa populosa comuna santiaguina.

Con mi compañera no éramos, por cierto, los únicos que debíamos rebuscar en qué ganarnos la vida.

Un compañero muy serio y reposado, melómano y quitado de bulla, abstemio a morirse, debió trocar sus libros de pedagogía y la pluma de escribir que manejaba con destreza y calidad, por la venta de vino en una botillería. Allí se especializó en los vinos cabernet, seco, y en los populares medios patos y litriaos.

Entre oficios múltiples un joven abogado se dedicó a la venta de productos agrícolas al detalle. Con una camioneta recorría las poblaciones gritando:-"Lechugas, tomates y zapallos, a diez el corte". A las cuatro de la mañana llegaba a la Vega Central a pelear precios bajos en los remates y de ahí partía a las calles. Creo que sus mejores alegatos, los tuvo aquí y no en la Corte. Conversar con él era hacerlo con un feriante típico que se comunica más con dichos y gestos que con palabras.

Con un contador me pasó una cosa cómica y curiosa.
Como su trabajo escaseaba, decidió ser chofer de micro y así lo encontré una tarde de lluvia copiosa en que debía conversar con un camarada. Como todos los pasajeros pagué el pasaje y empecé a avanzar por el pasillo. No me había percatado del chofer. Me corrí hacia atrás y alguien me llamó, me hice el distraído, pero la voz insistió. Mi sorpresa fue grande al ver que el chofer era amigo mío.

Dijo:-“ Eh, compadre, siéntese aquí”.

Me indicó el piso que va al lado del chofer y que está reservado para los amigos. Para no hacer bulla, silenciosamente accedí. Lo saludé como si nada y me quedé tranquilo.

-“Y, compañero, ¡cómo vamos?”- preguntó.

- “Bien, por supuesto” - repliqué.

- “Pero......”,- dijo, moviendo las cejas.

Me miró, se sonrió y exclamó:

-“. . . . ¿ Cuándo?”-.

- “Luego será...” - respondí.

Volvió a mirarme, ya un poco más serio y agregó:

-“En serio, pu' compañero, ¡cuándo cree?”-.

Empecé a impacientarme, si el hombre no se ubicaba corríamos el riesgo que los demás pasajeros se " dieran cuenta de que hablábamos de la caída de la dictadura, ni más ni menos. Decidí cambiar de tema y le pregunté por el trabajo, cómo estaba, si aumentaban o disminuían los pasajeros, que tal andaba el motor, el embriague, los frenos, las luces y demases automovilísticos. Pero no había caso, volvía a la carga, y en nada de voz baja:

- “Bueno, pero cae o no cae” - insistía.

A todo esto el micro marchaba con una lentitud exasperante, porque la conversación entretenía al chofer.

Le dije:
-"Oye, apúrate un poquito porque voy atrasado"-.

Volvió a mirarme y socarronamente se sonrío diciendo:
- “Listo no más, si hay que llegar puntual lo hacemos” -. Tomó el letrero que indicaba el recorrido, lo invirtió, como se hace cuando va en panne el vehículo.
Preguntó –“¿Adónde va, cumpa?”.

Le dije más o menos donde era. Apretó el acelerador y corrió con una velocidad increíble, no recogió pasajeros durante el recorrido y me dejó donde le indiqué, no sin antes golpearme cariñosamente la espalda y exclamar:

- “Tire pa' arriba no más cumpa, el Colo Colo siempre gana –“.

Llegué puntualmente a la cita y entré nervioso, y sonriente saludé al compañero que me esperaba, que no se imaginó nunca lo que sufrí en ese recorrido de micro para verlo.

Manuel Guerrero Ceballos, escrito en el exilio, probablemente en Budapest, 1980.
[Sigue leyendo este testimonio en La sesión macabra continúa]

06 marzo 2006

MI PADRE RIE: Recuerdos de amor


El presente relato de papá lo difundo como un homenaje a la vida comprometida, un agradecimiento profundo a aquella juventud de los sesenta y principios de los setenta que se jugaron por entero por y con los más humildes, los trabajadores. En esa aventura fui concebido; mis raíces se nutren de aquellos sueños y realizaciones. Esas vidas adolescentes y jóvenes que se volcaron al campo y la industria para entregar lo mejor de sí, para aprender dando. ¡Qué generación más bella! Gracias a todos ustedes por haberme entregado a los maravillosos padres que sigo teniendo, la Vero y el Manuel.

Cariños, Manuel Guerrero Antequera.
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Recuerdos de amor

En medio de la tortura me refugié en el recuerdo.

¿Que sería de los hombres si no tuviéramos evocaciones y sueños de gratos momentos?
En estas ocasiones vivimos de pequeñas alegrías y nostalgias. En mi caso repasé innumerables veces la infancia, la época de estudios, los primeros romances, el inicio en la Jota. Recordé a mi compañera. ¿Dónde estaría, sería torturada, perdería la guagua que gestaba, soportaría la flagelación y no claudicaría con su declaración? Una profunda ternura me invadió.

¡Cuánto la amaba! Tenía confianza en ella. Habíamos hablado de la posibilidad de la detención y nos preparamos política y psicológicamente para esa ocasión. Comentamos libros y películas revolucionarias. Al Choño, Juan A. Chávez y Victor Jara los nombrábamos con respeto y admiración, no porque estuviesen muertos, sino por su conducta ejemplar ante los fascistas. La detención de José Weibel nos golpeó. Por ese entonces, me encontraba en el hospital operándome y ella en la visita no pudo ocultarlo: el Checho había caído. Costó sobreponernos a ese dolor. Deseé acariciarla, verla y decirle: tu compañero aguantará. Tú asegura tu parte.

Pensé: es importante tener como esposa, a una mujer que esté en las buenas y en las malas con uno. Pero no solo con lo que ese hombre gordo, feo o buenmozo, chico o grande es individualmente; sino lo que ambos son. El amor si no es integral corre el riesgo de ser efímero, intrascendente.

Conocí a Verónica en el local de la Jota de calle Marcoleta, hoy ocupado de guardia de la DINA. Un día vi a la lolita típica. Me llamó la atención; la encontré "güena."
Yo pololeaba hacía varios años con una muchacha profesora y meses más tarde tomé la determinación de finiquitar el cuasi noviazgo por falta de comunicación plena. No quería que fuera mi sombra, sino que tuviera su propia fisonomía, que la entendía en la ruta del aporte común a la causa del pueblo. La incompatibilidad surgió del conflicto que ella veía entre la participación en la lucha social y nuestro amor: “al hombre”, en repetidas ocasiones le señalé, “lo entiendo indivisible en lo que es su actitud ante la vida, y ello se proyecta en el amor, el hogar, los hijos, el Partido, la familia, el trabajo los estudios”. Se cree a menudo, que los deberes familiares y el propio amor limitan el accionar de un revolucionario. Pienso lo contrario: El revolucionario debe buscar ser un hombre integral.

Volvamos al romance. Después de terminar el prolongado pololeo con esta muchacha, trance difícil y dolido, la actividad política nos fue acercando con Verónica.
El 12 de Mayo de 1969, entre las banderas de los trabajadores y las consignas estudiantiles, marchando por la Alameda cruzamos las primeras miradas. Prosiguió la búsqueda del amor en medio del combate popular que se fortalecía abriéndose paso a la conquista del poder.

En breve tiempo hubo comprensión, entrega y confianza. Decidimos casarnos cuando nos necesitábamos y carecía de sentido seguir separados.

El amor fue encendido en pleno. En la precordillera santiaguina, el sonido de los riachuelos y el canto de los jilgueros fueron los testigos de la unión que nacía.
El espíritu de caminantes quedó grabado en nosotros y con frecuencia transitábamos kilómetros del colegio o de la Jota a su casa, de subida y bajada en el San Cristóbal.

Formamos el hogar con modestia en una población popular de la capital, la Quinta Bella, ubicada en la comuna de Conchalí, y como el tiempo escaseaba, dormimos varios días encima del colchón que estaba tirado en el suelo. De a poco fuimos armando la casa, adornándola, reparándola.

Eran tiempos febriles, por doquier se anudaban los conflictos sociales. La reacción desplegaba todos sus recursos. El paro nacional convocado por la Central Única de Trabajadores mostró la disposición de las masas, con la clase obrera a la cabeza: al pueblo no se le arrebataría su derecho de ser Gobierno. Las movilizaciones se multiplicaban: en las poblaciones, sectores industriales, liceos y universidades. Las tareas se diversificaban y eran el volante, el mitin, la lucha callejera y las huelgas los componentes de cada día.

En medio del fragor de la lucha la juventud chilena levantó las banderas de la solidaridad antiimperialista. Allí, en la marcha contra el imperialismo que se efectuó de Valparaíso a Santiago, sellamos nuestro amor. A pesar de los pies ampollados, juntos cubrimos el largo trecho. Cuando al atardecer la columna de jóvenes y muchachas con mochilas al hombro, agotada y hambrienta, marchaba por la carretera solitaria en pos de la próxima ciudad, uníamos nuestras voces a la de centenares de jóvenes y entonábamos los himnos revolucionarios. Allí comprobé que todas las ocasiones son propicias para el amor. Quizás una de las formas más peculiares de pololear fue aquella de estar echado de espaldas con los pies alzados, apoyados en la pared. Así descansábamos de los millares de metros recorridos y extenuados nos dábamos ánimos para arrullarnos. Los días de caminata sirvieron para ir entrelazando nuestras vidas.

La gestación del hijo fue entre manifestaciones, trabajos de propaganda, lucha estudiantil. En una de las concentraciones populares en la Avenida Bulnes, los provocadores derechistas lanzaron bombas lacrimógenas y pestilentes. Yo me encontraba cerca del escenario y un compañero fue a avisarme que la Vero se había desmayado. Atravesé corriendo la muchedumbre y la encontré rodeada de gentes que la atendían. No pasó nada grave y el niño nació dos meses antes de la elección en que Salvador Allende resultó elegido Presidente de Chile.

La lucha presidencial entraba en tierra derecha. Los partidos populares, conformados en Unidad Popular, ya tenían candidato único: Salvador Allende. La unidad alcanzada, el programa y el candidato común ya eran una importante conquista. A todas partes llegó la palabra de la UP y la juventud fue un vehículo magnífico, que con mística y arrojo, incorporó a importantes sectores jóvenes al combate. Del aporte juvenil nacieron himnos y la nueva canción chilena, las brigadas murales, cuya representante más alta fue la Brigada Ramona Parra, los jueves proletarios para el trabajo en las industrias, los domingos insurgentes para la labor propagandística y de educación política casa por casa en los barrios. Los caminos de Chile fueron cubiertos por los rayados de las Brigadas Venceremos. Los jóvenes luchaban por sus reivindicaciones en todas partes. Las salidas al campo para el trabajo con los campesinos e incluso a las playas con veraneantes, contaban con la presencia entusiasta de lolos y lolas de cortos años.

¡Cuantos jóvenes hicieron su escuela política en estas acciones!

Las juventudes comunistas crecían en número y madurez. Eran una organización conocida, admirada y querida por los jóvenes trabajadores, estudiantes, artistas y pobladores. Los colores amarantos de su camisa florecían y cada jota-jota, tronaba en las calles con sabor a futuro. A su presencia contribuyeron el aporte de tantos jóvenes, militantes y dirigentes, que llenaron todo un período político muy importante de la historia en Chile, Entre los que sobresale la figura, creatividad política y firmeza revolucionaria de Gladys Marín bajo cuya égida la Jota alcanzó dimensión de fuerza juvenil nacional. Tampoco en esa ocasión era fácil ser comunista.
El odio de clase de los reaccionarios se sentía a toda hora y se jugaban por frustrar los anhelos del pueblo. En la campaña varios compañeros fueron asesinados, golpeados y detenidos. Las bandas de los pijes agredían a mansalva a nuestros compañeros y la enérgica respuesta dada en cada oportunidad impidió que prosperara su intento de intimidarnos.

Los jóvenes chilenos que organizaron, lucharon y fortalecieron al unísono con los trabajadores, aprendían y asimilaban de su rica experiencia de combate. Por eso cada paso de la juventud tenía presencia del cobre, salitre o carbón. La consigna: la juventud junto a la clase obrera por la revolución expresó correctamente la realidad. Los obreros iban adelante arando con su férrea fortaleza el sendero de la victoria.

En todo el período anterior a la conformación de la Unidad Popular y a la conquista del Gobierno Popular la juventud fue protagonista de importantes luchas.

Si bien entre los jóvenes también se expresaban y se expresan las contradicciones de clases, y el mito de la lucha generacional como factor de las transformaciones sociales además de equivocado es falso, en Chile la mayoría de los jóvenes fue ganada para la idea de los de los cambios. La generosidad, el espíritu de rebelarse contra lo injusto, su desprendimiento y sus grandes potencialidades encontraron cabida y relación con los combates políticos impulsados por la clase obrera y otras fuerzas de avanzada. Al mismo tiempo de luchar por la solución de sus problemas la juventud se movilizó por los cambios en la sociedad.

Los sucesivos regímenes reaccionarios no resolvieron sus agudos y endémicos problemas, como el derecho a trabajo, vigencia del principio a igual trabajo igual salario, derecho a voto a los 18 arlos, democratización de la educación, desarrollo del deporte y la cultura popular.

Junto a las grandes movilizaciones obreras y de otros sectores del pueblo, en un período de aguda lucha de clases, los jóvenes reforzaron sus organizaciones representativas, a la vez que impulsaron crecientemente la solidaridad mutua y la coordinación de sus objetivos y entidades.

Un rol gravitante como centro aglutinador lo desempeñó el Departamento Juvenil de la Central Única de Trabajadores que realizó diversas conferencias nacionales de la juventud trabajadora que concitaron la presencia de centenares de delegados provenientes de los principales centros productivos del país. Como proposición unitaria levantó la "Carta de los Derechos de la Juventud" y estimuló variadas actividades conjuntas con el estudiantado universitario y medio, así como con los exponentes del movimiento cultural.

De igual manera, la lucha por la reforma universitaria estremeció las principales universidades y el país, desempeñando un papel de vanguardia el Pedagógico de la Universidad de Chile como el poderoso y múltiple movimiento generado por los estudiantes y académicos de la Universidad Técnica del Estado. Las manifestaciones de los estudiantes secundarios, industriales y normalistas por el aumento del presupuesto educacional, plan nacional de becas y supresión del bachillerato sumaron nuevas y potentes fuerzas a un movimiento juvenil en que logró aislar las expresiones de las posiciones reaccionarias y evasivas entre la juventud chilena.
Memorables fueron la participación juvenil en el paro nacional decretado por la Central Única de Trabajadores el 23 de noviembre de 1967, como las grandes jornadas por la nacionalización del cobre, la reforma agraria y en solidaridad con otros pueblos: Cuba, Uruguay, República Dominacana y Vietnam, que tuvieron un amplio carácter de masas.

A todo este ascenso de la lucha juvenil nuestra Jota hizo un vital aporte, al tiempo que otras fuerzas políticas juveniles, sobre todo de izquierda, hicieron lo propio.
Era un movimiento, una acción, un trabajo muy arduo que venía de lejos, que se encontraba amalgamado con las luchas juveniles habidas en la década del 20, en la conformación de la Alianza Libertadora de la Juventud en los años 30, que tuvo gran peso y trascendencia en las acciones de solidaridad con los combatientes de la España Republicana y después con los del Ejército Rojo y demás fuerzas antihitlerianas que combatían al nazismo, que enfrentó la represión de Gonzáles Videla y luchó por el saneamiento democrático, que sembró organización y conciencia en diversos sectores del pueblo.

Desenterré de mi memoria una de esas actividades en la que me cupo participar, en la sureña provincia de Osorno, durante la elección presidencial de 1964. A ese lugar, como a otros puntos del país, viajaron brigadas de jóvenes obreros y estudiantes durante las vacaciones a trabajar con los campesinos e indígenas...

Los preparativos nos consumían el tiempo, parecía que no lograríamos lo propuesto y a la hora de partir el detalle más imprevisto echaría por tierra el entusiasmo y la "organización puesta a prueba". Los días habían sido un incesante corretear de casa en casa para asegurar a los compañeros y pedir permiso para las cabras... “Ud. responde por ella camarada, entenderá que nosotros quedaremos preocupados, pero sabemos que Uds. son responsables”… “Claro, por supuesto, descuide Ud. ella no tendrá ningún inconveniente”…

Aparte de esto no había que olvidar las carpas, comestibles, sacos de dormir o frazadas para hacerse un “saco de domir proleta” doble la frazada y cósalas con hilo grueso o pitilla por los lados, dejándole sólo la boca descubierta, y quedará como niño envuelto pero no pasará frío... La propaganda: papel, tierra de color, un mimeógrafo de rodillo, cuadernos, silabarios, lápices, guitarras, bombo, panderos, botiquín teatro de títeres y la guía automovilística.

Las charlas sobre alfabetización, problemas agrarios, sindicalización campesina, historia del Partido y la Jota ocupaban otro importante espacio de preocupación.
La comisión transporte en honor a su nombre se desplazaba para buscar vías de solución al problema más camotudo, cómo llegar al destino. Algunos podrían hacerlo por tren, pero de dónde sacar plata para todos, además de que algo de dinero había que reservar para imprevistos. Las campañas de finanzas habían funcionado, pero siempre el debe era mayor que los haberes. Que este compañero no tiene ni cordones para los calamorros, bueno hay que soltar lo cocodrilos no más. El objetivo era asegurar transporte seguro y gratis para la muchachada. Se discutían con ardor si salir a los caminos y hacer dedo o no y en caso de no, cómo afrontar el problema que podía hacer fracasar el viaje.

Más que discutir resolvimos tentar suerte en ferrocarriles y con los camioneros, pero encontramos sucesivas negativas. Llevar 20 personas es pega para varios vehículos. Logramos una solución de caballeros, viajaríamos a dedo, pero a "dedo amarrado", es decir haríamos dedo en la carretera con previo acuerdo con los choferes que nos recogerían. El traslado debíamos pagarlo con trabajo de pionetas, así ganábamos nosotros y el chofer, que se embolsillaba su tonto billete que estaba destinado para contratar pionetas de pincho para la descarga y carga en cada lugar.
Guardaríamos como secreto de Estado la compañía femenina por temor a la negativa de los choferes y por su propio resguardo.

En una avenida de Santiago con los monos al hombro, cargados como burros pero contentos esperamos el vehículo, fondeamos a algunos para que no se asustara el chofer por el número. Al detenerse el camión apareció un grupo enorme que entre enojo y risa del chofer anonadado observó. Nos dijo que no podía llevar a tantos, pero que conseguiría otros camiones que nos llevaran. Así lo hizo.

Partimos al sur escondidos entre cajones de conservas y rieles tapados de lona, aguantamos la respiración en los controles policiales, que más de una vez escrutaron con linterna el cargamento. A mi me tocó dormir, por decirlo así, sobre dos rieles y otro debió viajar en cuclillas por lo que le dimos el apodo de "Toro sentado".
Al comienzo nadie reparaba en estas "menudencias", pero a poco andar se acalambraba el cuerpo, alguien se estiraba y pegaba con sus bototos patadas en la mandíbula al vecino. El buen genio iba siendo reemplazado por el cansancio y la irritabilidad. Las canciones y chistes mantenían el nivel anímico. En cada ciudad importante debimos descargar cajas, fierros, herramientas y a pesar de lo pesado del trabajo todo se hacía con gusto teniendo como único estímulo la posibilidad de estirarse más en la noche. El camión se detenía a cada instante y en las noches el chofer dormía en su cabina por lo que el vehículo se detenía a la vera del camino. El viaje hasta Osorno demoró tres días y tres noches y allí nos juntamos con los o tros grupos que vivieron odiseas semejantes.

Recorrimos con nuestro canto y mensaje político diversos poblados viviendo en la carpa que soportó calores y fuertes aguaceros.

El Partido nos rodeó de cariño y atenciones, los compañeros se peleaban por tenernos en sus hogares a pesar del peligro que significábamos para sus despensas.
En el sector de El Encanto, hacia la cordillera de Osorno acompañamos a Salvador Allende, futuro Presidente de Chile, seis o siete anos después, en su encuentro con los campesinos. Cabalgó con ellos y con gran convicción habló del triunfo del pueblo que surgiría de su unidad y lucha.

En todos los lugares los campesinos, obreros, jóvenes y dueñas de casa llegaban a nuestro campamento a dejarnos papas, choclos, pan amasado e incluso alguna gallinita.
Cantábamos todos, incluso los que no tenemos voz de terciopelo; las canciones revolucionarias las enseñaban unos a otros y después las cantábamos a coro. Los oradores para cada mitin eran diferentes y todos debían pasar la prueba. No pocas preocupaciones y lágrimas significó esta experiencia, pero al terminar el campamento todos estaban en condiciones de tirarse al agua.

Varios campesinos aprendieron a leer o mejorar su lectura y escritura con la ayuda de los Jotosos, que también constituyeron nuevas bases y reforzaron con su aporte el papel y la organización de los sindicatos campesinos.

Debimos afrontar la agresión y la amenaza de los patrones dueños de fundo que no veían con agrado la acción de los jóvenes comunistas. Al declinar el día diversos turnos velaban el sueño de sus compañeros.

En nuestro campamento estudiábamos colectivamente y a menudo ofrecíamos shows a las visitas que llegaban a convivir con nosotros. La lectura de novelas revolucionarias y libros elementales de marxismo era cotidiana. Por nuestras manos y ojos pasaron "La joven guardia", "Así se templó el acero", "Poema pedagógico", "La base", "Vida de un comunista", "El izquierdismo enfermedad infantil del comunismo"; Neruda, Lenin, Guillén, Recabarren. Cada libro y tema era debatido en grupos.
La actividad cultural era muy rica. Además del conjunto folklórico que interpretaba música chilena, teníamos solistas y dúos, contadores de chistes y declamadores de poemas. En las tardes después de comer, el canto de los grillos y el croar de las ranas eran acompañado por múltiples cantos, poemas y chistes de los grupos que ensayaban alrededor de una fogata.

La preparación de los alimentos, "el manye", era rotativo y muchos que en su vida habían cocinado debieron hacerlo por primera vez para un numeroso grupo.
Cerca de dos meses trabajamos en diferentes poblados, localidades y campos. Recorrimos cientos de kilómetros en nuestra misión de agitadores y propagan distas.
En cada lugar la despedida fue triste y sentida. Algo de nuestras vidas se quedaba enredada en las zarzamoras, yuyos, trigales, en las aguas de los lagos y en los faldeos cordilleranos, pero sobre todo en la amistad silenciosa, el abrazo fraternal, el apretón de manos de los mapuches y campesinos de esa zona.
Fuimos a enseñar y lo que hicimos más que nada fue aprender...

Así fue configurándose un movimiento juvenil organizado y unitario que asumía como rasgos cardinales su relación con el movimiento obrero, su carácter democrático, antioligárquico y antiimperialista.

Con este camino recorrido y experiencia acumulada los jóvenes vieron en la elección de Salvador Allende una perspectiva real de emancipación y de aporte al noble objetivo de conquistar nuevos días para Chile.

El triunfo de Salvador Allende en 1970 fue la coronación del esfuerzo y la lucha de largos anos de la clase obrera y del pueblo chileno.

Al conocerse el resultado, la juventud se volcó a las calles manifestando su voluntad de combate y disposición ante las nuevas tareas que surgían. Las Brigadas Ramona Parra así como escribieron el nombre de Allende en el mismo instante en que fue proclamado candidato único de la Unidad Popular, ahora rayaron la alegría del triunfo y los desafíos venideros.

Los mil días del Gobierno Popular fueron una apasionante odisea donde la juventud tuvo participación y presencia, heroísmo y sacrificio a toda prueba.

El pueblo desempolvó sus sueños. Irrumpió en los grandes bancos e industrias. La tierra era propiedad de los campesinos. El cobre tuvo forma de bandera chilena y se fueron los que lo explotaron. Los pobres tuvieron voz y presencia. Gobernaban. El entusiasmo era maravilloso. La participación popular crecía. En poco tiempo se logró avanzar una eternidad. Y estaba la juventud. Puso al servicio de Chile su vitalidad y trabajo.

Grandes tareas eran respaldadas por millares de muchachas y jóvenes. El trabajo voluntario fue una de las características de su participación. Estuvimos en la pampa del tamarugal rompiendo con chuzo la pétrea costra desértica para hacer vivir una diminuta planta que diera alimentación a ovejas y lograra que esa gigantesca porción de tierra, compuesta de arena y sal, sirviera al país. En la inmensidad de la pampa, bajo 40 grados de calor, con una insignificante hierba verde en las manos, buscábamos la primavera para Chile.

Las columnas de jóvenes, con sus mochilas al hombro, que cruzaban la extendida geografía chilena, participaban de la pujanza de un pueblo que era dueño de su destino.

La juventud construyó represas, canales, casas, escuelas y caminos. Plantó árboles y extrajo cobre desde la profundidad de la mina. Sacó muelas y curó enfermedades. Cantó hizo teatro, pintó y escribió poemas. Formó Brigadas de Vanguardia de la Producción. Creó Comités de Apoyo al Rendimiento Estudiantil, manejó tractores, camiones y cargó en sus hombros miles de toneladas. Aseguró el abastecimiento. Peleó contra los reaccionarios que saboteaban. Se educó y entregó su palabra de adhesión.
Eran miles los ejemplos de participación juvenil. Uno de ellos lo recordaba como si fuera hoy mismo…

Son las tres de la madrugada. En una modesta casa de la comuna de San Miguel, un joven de corta edad, casi un niño, se levanta con un viejo minero y en medio de la oscuridad reinante se dirige hacia la industria. Allí, junto a otros jóvenes, se entrega a una laboriosa actividad.

Levantan y trasladan jabas, toman tres o cuatro botellas y las van ordenando dentro de las cajas hasta completar la cantidad necesaria. Las botellas contienen leche que debe ser consumida por decenas de niños de Santiago.

Inclinados, cumpliendo su trabajo con esmero cuidado, los jóvenes van enhebrando una charla o una conversación que recorre el espacio del galpón y penetra en los oídos de los trabajadores. Hablan de fútbol, que si gana o pierde Chile, si Chamaco hará las jugadas magistrales de costumbre; intercambian palabras sobre las muchachas que el día anterior también le pusieron el hombro, sueñan con los viajes espaciales y entremedio, con naturalidad y rabia, se les escapan algunos garabatos contra los fascistas que pueden frustrar sus anhelos, o su fantasía, o el más elemental derecho del hombre: vivir.

En la misma medida que la mañana avanza, los muchachos van calentando sus músculos, mientras el trabajo continúa. Las jabas llenas de botellas con leche hay que cargarlas a los camiones. La exigencia es grande para el cuerpo y la fuerza, pero sin chistar, una a una las van dejando en el camión hasta completar la carga.
La claridad de la mañana aparece, cuando los jóvenes trepan a los camiones cargados. Ahora, no siolo hablan, sino que gritan como si fuera el premio que se han autootrgado por lo realizado.

En cada camión se ubican grupos que desde el tarareo pasan al canto y al himno, que el ruido del motor y la crujidera de los cajones silencian.

Así, con esta preciada carga, los Voluntarios de la Patria que trabajan en Soprole llegan a las poblaciones donde las mujeres y los niños corren presurosos a adquirir el alimento.

Parando en un lugar y otro, aquí y allá, en el almacén y en el boliche, van desocupando el camión donde ya sólo quedan botellas vacías, que suenan y se quejan. Alguien piensa qué lindo sería si un músico famoso compusiera una suerte de sinfonía lechera. Lo que pasa es que todos están alegres. Es tarde, ya pasa el mediodía, tienen hambre y sed, pero han cumplido. Ellos saben en lo más hondo de sus sentimientos que han cumplido. Es posible que no todos tengan exacta dimensión de con quién cumplieron pero así, a vuelo de pájaro, con la misma facilidad con que se respira, saben que es con el pueblo, con las mujeres y los cabros chicos que se apiñaban en torno al camión. Y eso les basta.

A las tres de la tarde, más o menos, el viejo camión vuelve a Soprole. Los muchachos descargan las jabas, sacuden sus ropas, se pasan la mano por el pelo y se despiden de los trabajadores con un hasta mañana.

Son las tres de la madrugada cuando en una casa modesta... y la historia se repite. Con variaciones, claro, como es la vida, a cada instante, pero la cosa es que todos los días, de este modo, los Voluntarios de la Patria, concurren a trabajar a Soprole, desde las 3 de la madrugada a las 3 de la tarde.

En cada lucha y conquista del pueblo estuvo la Escuela Santa María de Iquique, Ranquil, San Gregorio, la Plaza Búlnes y Tropezón. Por la boca de las mujeres, obreros, campesinos, artistas, profesionales y jóvenes, habló el dolor y la esperanza de todo un pueblo que era arquitecto de su existencia.

Los paros de los transportistas y el comercio, y sobre todo el intento golpista del 29 de junio de 1973, mostraron las acechanzas que se cernían contra el proceso. Fueron la demostración de lo que en las sombras se fraguaba. La felonía más grande de nuestra historia.

Estábamos luchando y trabajando por avanzar y consolidar el proceso cuando vino el golpe fascista.

El sol se escapó de nuestras manos. Las ternuras fueron trocadas por los estampidos y la risa superada por el llanto.

Una nueva etapa se abría en nuestras vidas, de la superficie nos sumergíamos bajo la tierra. No para subsistir, únicamente, sino que para luchar.

Cada uno asumió su tarea.

Manuel Guerrero Ceballos, Campo de Concentración de Tres Álamos, 1976.

[Sigue leyendo MI PADRE RESISTE: La vida subterránea]

05 marzo 2006

DE MI PADRE: Los chacales actúan


Herido, con la vista vendada, las manos esposadas a la espalda y la angustia dentro, me ordenaron bajar.

Después del camino de tierra, el vehículo ingresó a un lugar campestre, traspasando un gran portón de fierro, arrastrándome retrocedí. El roce del cuerpo por el piso ahondó el dolor. Dificultosamente me paré. Giraba todo alrededor. Sentí que estaba en medio de un remolino que me volteaba. Las piernas eran de plomo. Parado en ese lugar, a oscuras y maniatado, la soledad comenzó a hacerse patente.

-"Camina, huevón".

Avancé a ciegas y caí desvanecido. Recobré los sentidos. Me pararon y empujaron. Di algunos pasos, me sostenían por los brazos.

-"Entra".

Caminé y la cabeza se estrelló contra un muro. El dolor fue intenso.

-"Tenís que agacharte, tonto huevón".

Lo hice. Había olor a limpio. Captaba espacios amplios. Seguimos avanzando.

Trastabillaba, tropezaba, caía.

Cada golpe provocaba la hilaridad de los verdugos.

-"Baja".

Calculé una escala y el paso para un escalón. Estrepitosamente caí. El cemento de la escala golpeó mi cuerpo. Por fortuna era corta.

Entramos en una sala como gimnasio. Las voces retumbaban. Existía agitación, movimiento, varios hombres y mujeres hablaban.

Una radio sintonizada en frecuencia modulada tocaba fuerte. Era música de supermercados, como llamaba a esas melodías un amigo. Entre disco y disco, daba mensajes de la Junta invitando a incorporarse a la reconstrucción nacional.

Me sentí torpe y voluminoso.

Esperaba. Nadie decía nada. Parecía que se habían olvidado de mi, que no tenían interés en hablarme.

Pasaron los minutos; la debilidad aumentaba. La boca la sentía enorme y áspera.
Quería dejarme caer. No lo hice. Fueron momentos de duda, pensaba: si hago tal cosa puede resultar esto o aquello. La expectativa era dramática.

Como en diferentes ocasiones anhelé abrir los ojos y encontrarme en otro lugar.
Aguardé el golpe que podía venir de cualquier lugar.

- “Sáquenle la ropa”.

Abrieron las esposas, me sobé las muñecas. Me empezaron a sacar la ropa. Seguí con la vista vendada.

Fui empujado hasta el borde de una tarima, camastro liso o mesa.

-"Súbete”.

Con trabajo lo hice. Quedé tendido de espalda. Desnudo, con los ojos vendados, acostado sobre una cubierta fría y dura - como de latón o baldosas - terriblemente dolido, mi angustia se desbordó. A pesar de mi oposición, las lágrimas rodaban por las mejillas. El cuerpo brincaba, me estremecía.

Recordé el bolsón escolar de mi hijo. Debían estar examinándolo, abriendo sus forros y tapas. En la orfandad renació la ira. Balbuceo las primeras palabras después de la agresión:

-"Ahí tienen lo que buscan, los cuadernos de mi hijo les van a servir harto".

No respondieron. Quedé tirado. No decían nada.

A pesar de no desearlo y buscando controlarme, tiritaba con agitación. Sentía más frío que nunca. Lo dientes rechinaban.

Sentí fluir sangre de la herida.

Hubo silencio y otra vez pareció que nadie se interesaba en interrogarme, que cumplían labores más importantes. Sentía que me observaban, pero no sabía si había alguien al lado mío o más lejos.

Un golpe de puño, seco, recibí en la herida.

-"Cuenta ahora, concha de tu madre".

Grité de dolor.

Mordiendo las palabras contesté preguntando.

-" Qué quieren que les cuente?".

-"Todo pu's huevón".

-"No tengo nada que contar".Esperé otro golpe. Llegó y fue más violento. Del pelo a los pies me sobrecogió el dolor. La herida manaba más sangre.

-"Vos creí que somos aprendices hijo de puta, si te buscamos fue por algo. Si querí tirarte a choro te vai cortado. Por lo demás ya estai harto cagao".

Otra vez me dejaron. Algunos se alejaron y a otros los supuse al lado. Reían, bebían café, hablaban de la OEA mofándose de las discusiones sobre los derechos humanos.

-"Eso es puro hueveo, igual hacemos lo que queremos”.

La desnudez me hacía sentirme desamparado, más estando con los ojos vendados y amarrado al mesón. A esta indefensión absoluta se unía la duda lacerante de ignorar qué venía a continuación, de dónde venía y a donde iría el castigo siguiente.



 Manuel Guerrero Ceballos, 1976.
[Sigue leyendo la continuación de este testimonio Recuerdos de amor]

04 marzo 2006

MI PADRE ACUSA: La noche más negra


Un débil y tímido sol alumbraba la ciudad. La Florida, sector donde habitábamos, conservaba el sabor a campo. Eran cerca de las 10 de la mañana, del 14 de junio de 1976. Iba al trabajo y mi compañera iría a buscar al hijo que había estado sábado y domingo con los abuelos.

Caminábamos con despreocupación hacia el paradero del microbús. Cerca de la casa observamos un auto Fiat 600 que con decisión se introdujo en un pasaje sin salida. Comentamos “deben ser vecinos nuevos”.

Llevaba en la mano izquierda el bolsón escolar de mi hijo que orgulloso daba los primeros pasos en la lectura. Verónica, mi compañera, decía algo referente a la guagua que vendría o a la débil salud de nuestro hijo. Habíamos caminado cuatro cuadras y como íbamos en dirección al oriente miramos, como suelen hacerlo los santiaguinos, la imponente cordillera de Los Andes que lucía bella y alba con las recientes nevazones. Transitábamos por la vereda izquierda; ritualmente Verónica marchaba al rincón y yo hacia la calle.

Escuchamos a nuestras espaldas un vehículo que avanzaba a gran velocidad. Sin saber me estremecí y presentí el peligro. Era inusual que en ese sector pasaran vehículos con tanta premura.

El vehículo se detuvo al costado nuestro, bajaron dos individuos jóvenes a la carrera. Grite a mi mujer: ¡cuidado!. En fracción de segundos me imaginé el cuadro. Ya recibía golpes de pies y manos, era agredido. Por reflejo opuse resistencia al tiempo que gritaba: ¿Quiénes son, qué quieren?. Mi compañera irrumpió en gritos y fugazmente vi que blandía su cartera en el aire.

Los puntapiés y puños iban dirigidos al rostro y estómago. Uno de los sujetos descendió del vehículo con un arma de fuego en las manos. Fui golpeado con ella.
Todo era un torbellino. El escaso tiempo se extendía. De pronto se escuchó un estrépito y sentí un fuerte impacto en el pecho. Parecía que un caballo me hubiese dado una coz de lleno. Caí doblado y sentí que en vilo era arrojado dentro del vehículo. Mi cabeza se estrelló en la puerta lateral derecha violentamente. Un dolor desconocido horadaba mi estómago y tronco. Quemaba, consumía. Los oídos zumbaban y la cabeza se aprestaba a estallar.

Perdía la conciencia. Con desesperación me aferré a la lucidez, en la caída al precipicio mis dedos como tenazas se asían al borde que cedía. En la vorágine me pareció que las uñas se rompían y los dedos crispados sangraban. El fondo me succionaba.

Las ideas como sopa de letras se encontraban diseminadas. Estaba por alcanzar la claridad. Las piezas del rompecabezas iniciaban el ensamble, la coherencia, cuando recibí un duro golpe en el cráneo y un zapato me apretó la cara contra el suelo del auto. Los ojos que recibían ordenes confusas del cerebro estaban aún vacíos y buscaron registrar los sucesos. Con alegría vi el piso. La satisfacción quedó tronchada porque fui levemente alzado y una tela plástica, de las que se usan en medicina para curaciones, me fue puesta sobre los ojos cubriéndome parte de la nariz y las cejas. Un ojo quedó entreabierto bajo la cinta y por varias horas me dolió, lagrimeando copiosamente.

Las manos me las esposaron a la espalda.

En esa posición me hallaba cuando el vehículo inició la marcha.

Sentí el ronroneo del motor. Quise hacer un recuento de los hechos y no pude, la lucidez iba y regresaba. Recordé el vehículo que velozmente venía a nuestras espaldas, la advertencia a mi compañera, el intercambio de golpes, el dolor profundo.
La primera certeza de la situación la tuve al sonar, atrasadamente en mis oídos, el aullido angustiado de Verónica - "son de la DINA",- "se llevan a mi marido, son de la DINA",- "son los asesinos de la DINA".

- ¡Cagué!- pensé.

Nuevamente la oscuridad. Me desesperó carecer de claridad reflexiva. Tras cada pausa, las mismas dificultades ,iguales interrogantes. Quise abrir los ojos y a pesar del esfuerzo fue imposible. El cuerpo estaba echado entre el respaldo del asiento delantero y trasero. Las ideas no correspondían a ese fardo inerte. Mi voluntad se rebelaba pero no encontraba respuesta. Seguía tirado, adolorido, inmóvil. El cuerpo se retorcía. Me propuse asumir una actitud de espera, de búsqueda de salida, que me hiciera escapar del laberinto.

Oí una voz que dijo: -¡Lo cagaste!

-"Se nos fue en collera el concha e' su madre".

-"Deberías haberle pegado en la cabeza, por huevón”.
Las palabras sonaban distantes e impersonales, creí que hablaban de no sé quién. Estaba como dormido y estimé que con despertar, iba a escapar de la pesadilla. El dolor me dio la respuesta: -Se trata de mi, estoy herido, ¿será en la guata o en el pecho?. Desee escrutarme y palpar el tronco pero no pude, las esposas hirieron mis muñecas.

La misma voz anterior ordenó: “Ve si salió la bala, mírale la espalda".
Me zarandeaban y tocaban con dureza el estómago y el pecho: Exhalé una exclamación de dolor al golpear la mano en el centro del pecho.
-"Le entró por el costado"-.

Tiraban del vestón.

-"No se ve la salida. Está cagado este huevón, la bala la tiene adentro"-.
Sentí un líquido tibio y espeso desplazarse por el costado y la espalda.
El auto avanzaba velozmente, en las curvas mi cuerpo oscilaba. La comunicación radial dijo: "sí lo tenemos, vamos en camino".

Recordé a Verónica. La angustia sobrevino. ¿Qué le habrá pasado, se la llevaron, le pegaron, se dio cuenta del balazo?

La brasa ardía en pecho. El corazón galopaba desbocado. El silencio me envolvía.
Los ocupantes del vehículo no hablaban. Se detuvieron, y conversaron brevemente con alguien que esperaba.

Recién pensé en los maleantes. Eran jóvenes, vestían deportivamente con parkas y usaban gorros pasamontañas. Hablaban con groserías. El vehículo correspondía a una renoleta nueva, me pareció de color celeste. Era todo cuanto registré en los instantes iniciales.

La renoleta circulaba por avenidas espaciosas, sin mucho tráfico.

Las preguntas volvían: ¿Habrán detenido a algún compañero? ¿Alguien me denunció? ¿Cómo ubicaron mi hogar?.

Un convencimiento sordo fue adquiriendo la potencia del trueno: mi vida se extingue ahora o un poco más tarde. La posibilidad de la muerte surgió. Sentí temor, el dolor me sobrecogía, la pata del delincuente la sentí sobre la cabeza y el rostro seguía metido entre las gomas sucias del piso.

La posibilidad de morir despertó en mi la indignación, la rebeldía. Quise estar con las manos sueltas parado y arremeter contra la ignominia. Si morder hubiese podido lo habría hecho. Así, entre el miedo a la muerte y la rebeldía, desfiló la reminiscencia y añoranza de mis seres queridos, mi compañera y mi hijo, mis padres, los camaradas, el Partido, los jóvenes que en alguna ocasión me hicieron su dirigente, los compañeros que habían muerto y a los que alentábamos a la lucha. Viví el ingreso a la Jota, una lejana tarde cuando en una solemne y emocionante ceremonia juramos fidelidad a los principios y estar dispuestos a dar la vida, si fuese necesario. Esas ideas románticas y nobles cobraban vigencia. Recordé a mi padre que me preguntó si sabía qué era el internacionalismo proletario cuando le dije que ingresaba a la Juventud.

Me acordé de la emoción de hablar en el Instituto Smolni en Leningrado, ante la presencia de viejos bolcheviques de la época de la gloriosa Revolución de Octubre, en el lugar donde se proclamó la República de los Soviets.

Fueron recuerdos fugaces, no premeditados. Sirvieron para afirmar mi espíritu y a pesar de la situación despreciable en que me encontraba me sentí digno.
No quería morir, haría lo imposible por evitarlo, pero si iba a suceder, lo haría peleando.

Jadeaba y mi respiración se hacia más difícil. El pecho y la espalda lo sentía en una prensa que oprimía.

Entramos en un camino de tierra, ascendíamos.

Las últimas ideas fueron de muda despedida de la vida y de cómo encarar el interrogatorio. No debía perjudicar a nadie con mis respuestas. El precio de la vida no lo iba a pagar con la confesión o la traición. Pensé en mi hijo. Si vivía quería mirarlo de frente.

El viaje llegó a su fin.

Mentiría si no dijese que un miedo glacial me acompañaba. No cantaba ante la muerte, temblaba; pero estaba dispuesto a resistir.

Manuel Guerrero Ceballos, 1976.
[Sigue leyendo la continuación de este relato Los chacales actúan]